¿Quiere libertad el mundo?

Se comenta estos días que el cine español pierde espectadores, y que los pequeños comercios de Alicante exigen que se reduzcan las aperturas en festivos. Dos polémicas tan aparentemente distintas y, sin embargo, tan parecidas en el fondo. Para cineastas y comerciantes, la libertad de elegir película o tienda, es algo indeseable, sólo aceptable si el público ve las películas que debe, no las que quiere. Si la gente entrara voluntariamente en sus comercios sería estupendo, pero no lo hace.

Me viene a la memoria lo que me dijo un cura: «Dios da el libre albedrío, pero sólo para hacer lo que está mandado». Al escuchar a los actores hablar de identidad cultural autóctona, de invasión USA o de calidad, y a los comerciantes de atención personalizada, del corazón de la ciudad o de la soledad existencial del ser humano cuando pisa unos grandes almacenes, es fácil ver la huella de un pensamiento que en su intimidad considera la libertad una bella palabra, pero no apta para el espectador/consumidor, un niño que no sabe lo que hace ni lo que le conviene, y que es  fácilmente manipulable. Esta es su receta: libertinaje, no, despotismo ilustrado, sí.