Sal corriendo

«¿Dónde vas con eso? –le preguntó ella con una inquisidora mirada de reproche–, déjalo ahora mismo donde estaba». Seguí allí un rato más, haciendo como que buscaba algo. La chica, tan mona como agria, le llegó con un quintal de prendas. «Anda, ve probándote esto, que ahora voy para allá». Nada de «¿te gusta» o «¿qué te parece esto para ti?» El muchacho, cabizbajo y resignado, se giró hacia mí camino de los probadores y pude ver fugazmente que su camisa dejaba asomar el incipiente crecimiento de cortos pelos en el pecho fruto de una pretérita depilación.

Las exigencias del mercado nos pueden llevar a dolorosas prácticas tradicionalmente propias del sector femenino. Vale. Pero este pobre muchacho no era precisamente víctima de la moda, sino de la dominación de una niña bien que desprecia lo que su pareja hace de motu propio. ¿Se imagina alguien cómo será cuando se casen? Hijo mío, si estás leyendo esto, sal corriendo.