San Sebastián

Hay una figura que despierta la simpatía de manera natural en todos nosotros.

Es el que se mete en una misión imposible: David contra Goliat o, por decirlo en términos futboleros, el Numancia ganando al Barça. San Sebastián se apeó de su cómodo despacho en la Moncloa y se ha lanzado a un combate muy difícil con SuperGallardón enfrente, que no para de inaugurar metros y túneles y otras cosas.

¿Qué puede hacer él, sin una mala cinta que llevarse a la tijera? No es fácil explicar de forma clara a la gente todo lo que se podía haber hecho con la pasta gansa de esa obra que nos ha dejado endeudados: guarderías, hospitales, colegios, policías en la calle… Si esa obra se pagara como las de cualquier comunidad de vecinos, mediante rigurosa derrama, otro gallo electoral cantaría.

Pero tirar de dineros públicos de cara a la gente no tiene coste, es la pólvora del rey. A San Sebastián le han dicho que tiene que demostrar su ingenio y le toca hacer cajitas simpáticas que manda a Gallardón –jijiji– algo que tiene un poquito de aire de fiesta de la oficina y de regalito con indirectas al jefe. Pero qué va a hacer el pobre. En fin: que San Sebastián se ha lanzado al ruedo y, qué coño, eso merece como mínimo un ooooolé tus menudillos (y, de paso, ascender al santoral).