Material sensible

Un rostro es la mejor seña de identidad; manifiesta si estamos tristes, alegres, contrariados, perplejos, enfermos o sanos.

Es la persona, con su mapa de caracteres. La topografía de un rostro, por parecidos que podamos encontrarle, es absolutamente irrepetible, porque hasta el mismo rostro es diferente una décima de segundo antes y otra después. Pero la suma de muchos rostros no expresan absolutamente nada.

Nadie se fija en un individuo entre un millón, ni tiene en cuenta los motivos que le han llevado a sacrificar su personalidad por ese sucedáneo ambiguo, impreciso e inconsistente que es el sentimiento colectivo. Sencillamente, no existe.

No así, por el contrario, quien tiene la capacidad –generalmente usando material sensible– de persuadir y convocar. La unión hace la fuerza, pero el poder hace la unión. Y el poder tiene rostro y nombre. Y fuerza para, en nombre de los sin nombre, mover voluntades. Y hasta montañas.