Melocotón global

Lo que más me gusta de la Nochebuena es levantarme pronto el día de Navidad y ver la ciudad en coma.

Me encanta ese pedo global que se agarra la gente y, sobre todo, las caras de resaca con las que salen los madrileños a la calle. De modo que ayer fue mi día. Me senté en un bordillo y estuve observando el hormigueo de mi barrio.

Llevo ahí 15 años y no cambia. A media mañana comenzó el ruido tradicional de las persianas y los padres y abuelos sacaron a sus hijos en triciclo y compraron el pan. Las madres se quedaron recogiendo las botellas y fregando el suelo pegajoso del inútil que tiró la copa. A mediodía huyeron las visitas: cañitas para el síndrome y comida con la familia contraria. Luego, un silencio espantoso.

Todos se quedaron viendo la insufrible película de sobremesa. Y sólo al anochecer aparecieron los crápulas y los sufridos basureros.  Madrid es especial en las jornadas de melocotón. La ciudad se vuelve bella y generosa.