Reyes del disfraz Comienza la puesta del camaleón andaluz en sus únicas poblaciones europeas

Impresionantes animales que cambian de color con la facilidad de un político y cuyo comportamiento no difiere mucho de algunos de nosotros.

Con los calores del estío, los machos adoptan sus libreas más llamativas al acercarse a las hembras, que en justa reciprocidad muestran su aceptación con uniformes tonos verdes, y su estado de gravidez con manchas de «no estoy para fiestas». El cortejo es también en verano, entre pinos y jaguarzos, donde la llamada del amor se distribuye con desigualdad. Algunas hembras no son fecundadas por ningún macho y otras, seguramente más atractivas, sufren auténtico acoso sexual que su celoso acompañante intenta mitigar con peleas y la exhibición de colores agresivos. Para la cópula, estos maestros del camuflaje mantienen inmóvil a su compañera gracias a un delicado mordisco en el dorso o en el vientre. Y aunque no suele durar más de dos minutos, la repiten varias veces al día para asegurase una nutrida prole, a la que, como la mayoría de los reptiles, nunca conocerán ni cuidarán. Los huevos tardan en eclosionar casi un año, pero sólo una cuarta parte de las crías sobrevivirá al invierno. Sus progenitores no lo tienen mejor, pues en un porcentaje semejante mueren tras desovar, lo que explica que menos del 1% de los camaleones supere los tres años de edad.

Tan fabulosos animales también sufren el problema de la vivienda. Y no por las hipotecas, sino porque sus poblaciones están desapareciendo bajo faraónicos proyectos de urbanizaciones y campos de golf. Pobrecillos. Sus ojos pueden mirar al mismo tiempo hacia adelante y hacia atrás, pero no pueden ver lo que se les viene encima.

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