Esperar milagros

He intentado ser indulgente con la serie Yo soy Bea, pero al final he sucumbido ante la evidencia: es un chapucero, mediocre e insulso remedo de aquel monumento surrealista que fue Betty, la fea. Se dice que las copias sólo tienen sentido cuando superan al original. No es éste el caso.

El argumento es un calco del colombiano y por eso es de las pocas cosas que se salvan. El resto naufraga estrepitosamente. Los actores o balbucean o tienen una irritante tendencia a superar el récord del mundo de levantamiento de cejas. Además, el responsable del casting debía de tener cataratas cuando pergeñó el elenco.

¿Me vas a comparar, darling, al inefable Hermes Pinzón, al pánfilo Nicolás Mora o a la turgente Aura María con sus homónimos españoles? Los personajes, pues, pululan por la pantalla desvaídos y sin fuerza, desprovistos del carácter de sus antepasados. Y lo último, darling, es la producción. No se puede ahorrar tanto y esperar milagros.