El tributo de la carretera

Ciento cinco muertos en las carreteras en Semana Santa. El equivalente a un accidente de avión, pero la conmoción no es la misma. Entre ocho millones de desplazamientos en coche, supone un porcentaje insignificante... mientras no te toque. El caso es que después de una campaña publicitaria hiperrealista, como ya es habitual, y después de diseminar patrullas camufladas por todas las carreteras (esas que al encender sus sirenas provocarían la exclamación escatológica del conductor cazado) el Director de Tráfico, Pere Navarro, se ha encontrado con la misma cifra de muertos que en años anteriores.

Las asociaciones de víctimas se quejan de lo barato que sale a los culpables provocar una muerte en carretera. Paradójicamente, se refieren a una legislación preocupada sobre todo por las indemnizaciones económicas, pero que no establece penas elevadas para los imprudentes. De hecho, cuando la imprudencia no causa daños personales, sólo hay sanción administrativa (única excepción: conducir bebido). Esa cifra de muertos es el tributo que se paga por vivir en la sociedad del automóvil. No es el único: también está la contaminación, que se cobra vidas a más largo plazo. Las campañas de la DGT parecen más destinadas a hacernos a todos culpables de esta situación (No podemos conducir por ti) que a terminar con ella. Hay temas que parecen intocables en esas campañas. La estadística de accidentes por cada marca de vehículo existe, pero es impublicable por considerarse publicidad negativa. La posibilidad de insertar avisos de peligro en la publicidad de los coches, como los que figuran en la del tabaco (ejemplo: La velocidad mata) es una vieja iniciativa que tropieza siempre contra los poderosos intereses económicos. Total, supongo que el Lunes de Pascua por la noche, el director de Tráfico, mirándose al espejo se diría: «Pere, la has vuelto a cagar».