Epitafio marinero

Si vuelves a entrar en Cádiz por el istmo verás a un lado el océano Atlántico y al otro las aguas de la bahía. Verás en el lado manso, en el de abrigo, a los pescadores buscando busanas con el fango hasta las rodillas.

Y, al fondo, El Puerto de Santa María, y montañas de sal, y astilleros, y esteros como surcos de gigante. En el lado atlántico verás las olas batir la arena y a unos niños aventurar una cometa en el levante. Si antes de entrar en Cádiz giras hacia la derecha, cruzarás el puente Carranza, que acerca las dos orillas de la bahía; la de los duros antiguos, la que mecía la flota antes de Trafalgar.

Hoy la miras desde arriba, a ojo de gaviota, todo azul, espejo, sus barquitos, su alegría, y su vapor. Igual paras el coche porque han izado el puente para que un sobresaliente velamen cruce camino del mar abierto.

Sólo aquí; donde bebes el aire y tu espíritu se expande. Sólo aquí; ante el horizonte redondo, donde el agua baila tanguillos y echaste a volar mi ceniza al poniente… Sólo aquí: recuérdame.