Terracismo salvaje

Creo que fue Fraga el que dijo aquello de «la calle es mía». Se equivocó el dinosaurio, se equivocaba. La calle es de las terrazas. Les he fotografiado ésta de la plaza de Oriente porque es una pionera. Tiemblen. Antes la normativa municipal de terrazas trataba de que este negociete privado no molestara a los ciudadanos.

Ahora se trata de que los ciudadanos no molesten al negociete, y van a permitir a los hosteleros que pongan tabiques fijos de separación con el vulgo, o sea, con ustedes y conmigo, aparatos de aire acondicionado (y, por tanto, compresores). En fin. Yo tuve una terraza bajo mi casa.

No es difícil. En nuestra ciudad se extienden como hongos, hay unas 2.500, y en algunos sitios, como la calle Toledo, hay que ir literalmente tropezando con las sillas que taponan la vía pública.

El caso es que varias veces tuve que bajar a suplicar que bajaran el ruido. Antes de que me multen por ese descaro mío, pido perdón desde aquí a aquellos honrados hosteleros, perdón a los señores turistas y clientes en general que se lo pasaban pipa entre risotadas, música y copas, hasta que llegaba yo a aguarles la fiesta por culpa del sueño de mis niños. («No haberlos tenido», como me dijo en una de ésas, una señora un tanto piripi). Pues eso.