Babel en la Naturaleza

Muchos cantos de las aves cuentan historias diferentes y suenan distinto según quien las oiga

Y siempre me viene a la memoria la fábula que tantas veces me contó mi tío Nemesio:

Un día una zorra atrapó a un alcaraván. Ya se lo iba a comer cuando el pájaro le dijo: «Enhorabuena, señora raposa. Es usted la primera que consigue cazar un animal como nosotros, algo muy difícil, pues tenemos el plumaje del color de las piedras y unas largas patas que nos permiten escapar sin ser vistos. Por eso debería gritar bien alto «¡alcaraván comí!», para que todo el mundo conozca su hazaña». Orgullosa, la zorra hinchó los pulmones y gritó: «¡Alcaraván comí!», momento en que la inteligente ave aprovechó para escapar de entre sus fauces mientras pregonaba aún más alto: «¡A otro, que no a mí!».

La historia recrea el supuesto diálogo onomatopéyico de estos bellos pájaros de nuestras estepas. Aunque cada uno lo interpreta en España a su manera. Porque para los canarios lo que dice es «Pedro Luis», y así le llaman. En catalán es «torlit», «sebel.lí» en Baleares y «francolín» en Vizcaya. Lo mismo nos ocurre con otras aves. Las codornices, ahora tan cantarinas en los verdes trigales, repiten sin parar «aquí hay pan», y también «buen pan hay», que de las dos maneras lo he escuchado. Mientras, desde lo alto del chopo el carbonero canta sus preferencias alimenticias: «Chicha y pan, chicha y pan».

En esto de transcribir sonidos nunca nos pondremos de acuerdo, y mientras para nosotros un perro dice «guau» y un gallo «quiquiriquí», para los ingleses el perro hace «woof» y el gallo nada menos que «cock-a-doodle-doo»; «coquelicó» en francés y «rukerikú» en Luxemburgo. Está claro que en la torre de Babel también se despertaban con su canto.

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