¡Qué vienen los rusos!

Por ejemplo, la palurdez. El paleto que todos llevamos dentro -y muchos fuera, a qué engañarnos- sale de viaje y de pronto se vuelve culto y curioso.

Nadie pasa por París sin visitar el Louvre, ni va a Londres sin entrar en el Museo Británico. Pero ese mismo viajero que se arrastra agotado por museos extranjeros, no camina tres manzanas para ir al de su ciudad. Sólo entramos a nuestros museos cuando vienen amigos de fuera.

Por eso yo os propongo lo siguiente: imaginad que recibís a un amigo extranjero y aprovechando esa excusa, id al Guggenheim a ver la exposición ¡Rusia! Es un paseo impresionante por el arte y la historia: trescientas obras del arte ruso, desde el siglo XII hasta la actualidad; es decir, iconos, colecciones reales, obras maestras de artistas modernos...

Es una exposición extraordinaria, está ahí mismo y no hay que verla con los pies destrozados, como en los viajes.