A un grupo de ellos propóngales el siguiente problema. Imagine que la temida gripe aviar ha saltado al ser humano. La OMS crea un grupo de evaluación –en el que usted se encuentra– para dos medicamentos servidos por sendas multinacionales, y usted tiene que decidir cuál debe usarse para combatir la pandemia. Los datos son los siguientes: de 600 personas, el tratamiento A salvará con certeza a 200. Del B hay una probabilidad de un tercio de que se salven las 600 y, por tanto, dos tercios de que no se salve ninguna. ¿Qué tratamiento escogerían? Cuando esta pregunta se hizo a un grupo de personas, el 72% escogió el programa A.
400 muertos, o dos tercios. Ahora plantee este problema, con otro enfoque, a otro grupo de amigos. Dígales que con el programa A morirán con toda certeza 400 personas y con el programa B no morirá ninguna con un tercio de posibilidades y morirán las 600 con dos tercios. De nuevo, si se cumple el promedio, el 78% de las personas a quienes se les hizo esta pregunta escogerán el programa B. ¿Cómo es posible que, siendo el problema idéntico, se opte por dos programas diferentes simplemente porque se ha presentado de manera distinta? Aún peor. A largo plazo, ambos programas tienen el mismo resultado: se salvan 200 y mueren 400, luego resulta indiferente la elección.