Lo que hemos aprendido de Isabel II gracias a 'The Crown': reina, madre, mujer

La personalidad de una mujer que ha sido dueña de parte del mundo durante 70 años, en una serie inolvidable.
The Crown
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Cinemanía

Interior noche. Un pintor de brocha gorda en paro con cuatro hijos llamado Michael Fagan ha eludido la seguridad del palacio de Buckingham, se ha introducido en la mansión en plena noche y ha llegado hasta la habitación de la reina. Cuando la monarca se despierta tras descorrer aquél las cortinas, ya con la luz de la madrugada, y pese a la angustia inicial, le sobreviene una calma pasmosa, habla con el individuo sobre el estado del país, las políticas de Margaret Thatcher y le acaba deseando suerte en la vida. 

El hombre, que se había cortado en una mano con un cristal al atravesar una de las ventanas, llega a manchar las sábanas de su alteza. La audiencia con la reina, sin aviso previo ni invitación y en su mismísima habitación, se salda con un saludo cortés, un ligero apretón de manos, una tibia sonrisa de preocupación de ambos, y un suspiro de alivio con lágrimas nerviosas aflorando en el rostro de ella.

Interior noche. El príncipe Carlos llama a la puerta de la habitación de su madre, ella le dice que pase con voz entre desdeñosa y soberbia, y le mira desde el espejo en el que se desmaquilla y se da crema, al fondo de la habitación. No se da ni la vuelta para ver a su hijo directamente. Él le recrimina su frialdad y su dureza. 

Charles ha pasado tres meses en la tierra que le da nombre a su título de príncipe, como medida de acercamiento a un territorio con ínfulas independentistas. Se siente utilizado: por la reina y por su madre, y no se siente querido por ninguna de las dos. “¿Se me escucha en la familia? ¿Tengo voz?”, interroga él. Ella, ya de pie, y mirándolo fijamente, zanja: “Para mi gusto, demasiada”.

Las dos secuencias, del quinto episodio de la cuarta temporada y del sexto de la tercera, respectivamente, muestran las dos caras de una mujer. No ya de una reina, que también, sino de un ser humano, de una madre. Las contradicciones de Isabel II del Reino Unido, fallecida hoy a los 96 años tras 70 de reinado, mostradas por una serie de televisión formidable: The Crown.

El origen

Peter Morgan, su creador y escritor en solitario de la inmensa mayoría de los capítulos, ya había compuesto en el año 2006 un primer acercamiento a su figura en una magnífica película dirigida por Stephen Frears. La reina, candidata a seis Oscar y ganadora del premio a la mejor actriz para Helen Mirren, no era un biopic al uso y se centraba en un periodo corto de tiempo: el que seguía a la muerte de Lady Di, y las conversaciones con el entonces primer ministro, Tony Blair, ante la compleja situación. 

Con esa esencia en mente, Morgan, reputado dramaturgo, escritor de una pieza teatral de 2013 titulada The Audience, también sobre el personaje, planeó una serie que analizara la figura de la monarca y transcurriera desde 1947, con su matrimonio con Felipe de Edimburgo, y hasta que la audiencia de la serie y los productores quisieran. 

Y ahí sigue, cuatro temporadas después, y a la espera de una inminente quinta, con la excepcional mediación de dos actrices portentosas, Claire Foy y Olivia Colman, a las que está a punto de sumarse Imelda Staunton. El retrato humanizado, y esquinado, de una mujer poderosa con múltiples aristas.

Claire Foy, Olivia Colman e Imelda Staunton en 'The Crown'
Claire Foy, Olivia Colman e Imelda Staunton en 'The Crown'
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La grandeza 

Lo mejor de The Crown es que es una serie articulada a base de capítulos que se abren y se cierran como grandes minipelículas de una hora de duración, con una estructura cerrada propia dentro de una serie abierta, cada uno de ellos con un acontecimiento de histórica importancia hacia el exterior del país o hacia el interior de la familia. Piezas de orfebrería creadas por Morgan, dialogadas con una enorme carga de profundidad política y humana, y filmadas con elegancia por diversos cineastas, y una directora revelación llamada Jessica Hobbs. 

Historias en las que siempre han tenido mucho que aportar los distintos primeros ministros a cargo del país, con Winston Churchill a la cabeza. Y con episodios particularmente inspirados: Fuerza mayor, en la primera temporada; Vergangenheit, en la segunda; Tywysog Cymru, en la tercera; y Bastón de oro, Fagan y Monarquía hereditaria, en la cuarta.

La serie ni siquiera ha necesitado que sus tres actrices principales se parecieran demasiado al personaje al que interpretaban, o incluso que se asemejaran entre ellas. No se trataba de emular, sino de construir una narración sólida en todos los aspectos, que acabara emocionando por sus gestos, sus palabras y sus acontecimientos. 

A veces, extraordinarios por su importancia histórica; otras, aún mejores, desde la tenue luz que ilumina unas casas que en este caso son castillos y palacios, pero que no dejan de ser las cuatro paredes entre las que se desarrollan las privilegiadas pero complicadas vidas de unas gentes con inmenso poder, que no dejaban de ser personas con dudas, miedos y a veces pocas certezas respecto de su presente y su futuro.

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La despedida 

Isabel II ha muerto en el castillo de Balmoral, en esa Escocia que en parte nunca ha dejado de querer apartarse del Reino Unido, donde precisamente se sitúa otro de los mejores episodios de la serie. En el lugar en que examinaron minuciosamente a Diana Spencer, y de la manera más cruda: su idoneidad para ser esposa del entonces futuro rey, monarca desde hoy mismo (“la reina ha muerto, ¡viva el rey!”). 

Allí, entre la fría brisa y la niebla escocesa, la reina, con su inconfundible pañuelo en la cabeza y en su Land Rover, se las había arreglado para indagar sobre su posible nuera y para humillar a una Thatcher con taconazos y traje de chaqueta en el lugar menos indicado. 

La personalidad de una mujer que ha sido dueña de parte del mundo durante 70 años, y protagonista de una serie inolvidable.

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