‘Gambito de dama’ demuestra del modo más retorcido por qué las ficciones deportivas nos entusiasman

El nuevo fenómeno de Netflix cuenta con Anya Taylor-Joy y un gran diseño de producción para clavar su apertura.
Anya Taylor-Joy en 'Gambito de dama'
Anya Taylor-Joy en 'Gambito de dama'

En la ceremonia de entrega de los Oscar de 1976, Rocky le arrebató a Taxi Driver el premio a Mejor película. Es habitual toparse desde entonces con voces que califican esta decisión como una de las grandes ignominias en la historia de unos galardones que nunca han ido  falta de ellas, pero el poder simbólico de esta dupla no conoce fin. Frente al deprimente film de Martin Scorsese, frente a las afiladísimas Todos los hombres del presidente y Network, la industria premiaba al éxito comercial de Sylvester Stallone. Una obra que compartía las preocupaciones sociales de sus competidoras, pero prefería abordarlas desde el optimismo y la creencia de que las cosas siempre podían mejorar.

Las ficciones deportivas donde se encuadran religiosamente todas las películas de la saga Rocky (por más que la primera y oscarizada entrega trastocara algunos de sus ingredientes) son un incombustible lugar feliz para sus espectadores. Sin importar el interés que estos puedan tener en el deporte en sí, verlo representado en pantalla (convenientemente rodeado por elementos como trabajo en equipo, afán de superación y relecturas cosméticas del sueño americano) es sumamente satisfactorio. La evidencia de esto es tal que ni siquiera los años 70 del cine estadounidense, significados como la etapa más cínica a nivel sociocultural de su historia, pudieron resistirse a premiar a Rocky por encima de otras obras en absoluto complacientes.

Las ficciones deportivas son infalibles. Son inspiradoras, efectivas, y capaces de proveer al público de una serie de estímulos que, muchas veces, parecen confundirse con la capacidad quintaesencial del cine para seducirnos y trascendernos. Por eso no hay que extrañarse de que Gambito de dama posea actualmente un 100% de reseñas positivas en Rotten Tomatoes y sea una de las series más vistas de Netflix desde su estreno el pasado 23 de octubre.

Porque el ajedrez es un deporte, y uno tan capaz de emocionarnos en pantalla como el que más. Por muy compleja que quiera ser Gambito de dama, por mucho que se esfuerce en distanciar al público de su enigmática protagonista, es conveniente recordar que, como decía Avon Barksdale en The Wire, “el juego es el juego”.

Glamour y punteos de guitarra

Ya ha pasado cerca de un mes desde que Netflix estrenara Gambito de dama y lo hiciera casi por la puerta de atrás, estando en manos enteramente de los espectadores descubrirla y convertirla en uno de los fenómenos seriéfilos de 2020. ¿A qué vino este desinterés de la plataforma por promocionar esta serie, contando como contaba con Anya Taylor-Joy en calidad de reclamo? Probablemente, la sensación de que se trataba de un proyecto difícil, cuya larga gestación se remontaba a los años 80 y a un Heath Ledger queriendo debutar a la dirección antes de morir.

Se basa en una novela de Walter Tevis publicada en 1983, y por más complicado que haya sido lograr que se estrene este año, el nombre de sus impulsores debería haber sido suficiente aval. Scott Frank dirige y escribe todos sus episodios; en su currículum como realizador solo encontramos aquella Caminando entre las tumbas de Liam Neeson, pero en calidad de guionista ha trabajado en Cómo conquistar Hollywood, Un romance muy peligroso, Minority Report o Logan.

Parece mentira que Netflix no confiara en el éxito de la serie
Parece mentira que Netflix no confiara en el éxito de la serie

La trayectoria del segundo al mando, Allan Scott, no es menos amedrentadora. Este guionista escocés es conocido sobre todo por haber trabajado con el cineasta Nicholas Roeg en dos películas icónicas: Amenaza en la sombra (1974) y La maldición de las brujas (1990). También coescribió la adaptación musical de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, de forma que las escasas expectativas de Netflix solo podrían emanar del aparentemente antipático sujeto de estudio: el ajedrez. Deporte que, sin embargo, pocas veces ha parecido tan seductor como en las imágenes de Gambito de dama.

Una buena ficción deportiva ha de destacar en la visualización de sus competiciones, y en este sentido la serie protagonizada por Anya Taylor-Joy es un portento. Frank se las apaña para que cada partida obtenga un tratamiento específico y unos recursos diversos, desde lo más minimalista y sobrio (embates que son representados en pantalla con un simple y suave zoom al centro del tablero donde se cruzan las fichas) hasta lo más elaborado: el torneo que sostienen Beth Harmon y su colega Benny (Thomas Brodie-Sangster) ambientado con el Classical Gas de Mason Williams pasa por ser de las secuencias más disfrutonas que nos ha dado el audiovisual de este año.

A Benny le gusta compaginar el ajedrez con la caza furtiva de cocodrilos
A Benny le gusta compaginar el ajedrez con la caza furtiva de cocodrilos

En Gambito de dama el ajedrez es espectacular, y gracias a combinar documentación exhaustiva con puesta en escena que parece compartir el entusiasmo de sus protagonistas invita al público a conocer sus reglas y rituales. De un modo efervescente que remite a lo logrado por George Roy Hill o Martin Campbell en relación al póker (véase El golpe y Casino Royale), Scott Frank defiende que no hay nada más cinematográfico que el ajedrez, y convierte estas set pièces en la punta de lanza de todos los elementos estimulantes de Gambito de dama. Que no son pocos.

El diseño de producción de la serie de Netflix es exquisito y, aunque esporádicamente un croma chiflado eche a perder la limpieza formal, lo obrado con el vestuario da para múltiples disertaciones y videoensayos sobre cómo este puede beneficiar la narrativa si se le dispensa la atención apropiada. Solo hay una cosa en el mundo que le interese más a Beth Harmon que el ajedrez, y esta es la ropa con la que asistir a los torneos, de modo que la labor de Gabriele Binder en este apartado es imprescindible y no está siendo aplaudida lo suficiente.

El vestuario define la personalidad de Harmon tanto como sus estrategias de juego, y evoluciona en consonancia a ella a través de la moda de los años 60 y de cambios que, en ocasiones, ayudan más que la interpretación de Taylor-Joy a comprender qué se le pasa por la cabeza a la protagonista de Gambito de dama. Y es que, por mucho que la estructura de la serie respete la narrativa de las ficciones deportivas, Beth Harmon es un personaje mucho más ambiguo que el entrañable Rocky Balboa.

El diseño de vestuario es espectacular
El diseño de vestuario es espectacular

Beth se merece todo lo bueno que le pase, ¿verdad?

Gambito de dama es una serie extraña. Su desarrollo sigue punto por punto lo que cabría esperar de cualquier narración cuyos clímax estén articulados en función a competiciones, contando también con elementos de biopics en torno a leyendas deportivas que dan pie a flashbacks, montajes ilustrando sucesiones de triunfos y abundantes secuencias que asocian logros profesionales con hitos vitales. Pero algo no cuadra. Algo le otorga una identidad distintiva, sumiendo la trama en el equívoco y en un inestable terreno psicológico. Y eso es, claro está, la fascinante protagonista que interpreta Anya Taylor-Joy.

Su lucha contra la adicción a los tranquilizantes pasa por ser el clásico hándicap que ha de enfrentar el atleta de turno porque no todo va a venirle rodado, pero solo es el rasgo más llamativo de un elaborado paisaje mental siempre al borde del colapso. Frank es un narrador lo suficientemente listo como para permitir que las partidas de ajedrez se impregnen de esta violencia (Beth no respeta casi nunca las “convenciones de caballerosidad” de su mundillo, siendo una jugadora agresiva y pendenciera), pero también ha de jugar con el contraste y sumergirse en la vida privada de su criatura; desde ahí, cada logro ajedrecístico tendrá  resonancias más fuertes, y el espectador vivirá con mayor entusiasmo sus progresos.

Si como perdedora es mala, cuando gana es aún peor
Si como perdedora es mala, cuando gana es aún peor

El problema es el que dejábamos intuir: que Beth es sumamente desagradable. El personaje de Taylor-Joy tiene más que ver con las protagonistas de series como Fleabag o Undone que con héroes bondadosos siempre dispuestos a jugar limpio; de hecho, y por tender un puente con la ceremonia de los Oscar que abría el artículo, es más el Jake LaMotta retratado por Scorsese en Toro salvaje que Rocky. Y eso es una buena noticia al entrar en el espinoso terreno de los discursos de género que, inevitablemente, se le iban a ir endosando a Gambito de dama: la serie de Netflix no es feminista por contar con una mujer que consigue todo lo que se propone siendo alguien luminoso y perfecto. Es feminista, en realidad, por contar con una mujer que consigue todo lo que se propone siendo todo lo contrario.

Beth Harmon encapsula todas las virtudes de Gambito de dama en tanto a serie: tanto la flamante artificiosidad de su conjunto (esos bailes ambientados con temazos sesenteros) como la demoledora personalidad que abandera. Y no obstante, también encierra el que puede ser su gran defecto: cómo lo extremo de su personalidad, cómo el juego establecido entre guion y actriz para hacer de la protagonista un ser distante y esquivo, llega en ocasiones a echar a perder la formidable ficción deportiva que apunta a ser la producción de Netflix.

Beth Harmon es más Jake LaMotta que Rocky Balboa
Beth Harmon es más Jake LaMotta que Rocky Balboa

Gambito de dama se mueve constantemente en la ambigüedad y nos presenta relaciones cuyos términos nunca se nos dejan atisbar del todo. Las principales que vehiculan la serie, como supondrían la de Beth con su madre adoptiva (interpretada por la cineasta Marielle Heller) o la de Beth con su antiguo rival Harry Beltik (Harry Melling distanciado del todo de su Dudley Dursley), se desarrollan en complejos entramados de intereses y sentimientos nunca aclarados, confundiéndose en el militante egocentrismo que parece suscribir la protagonista en todo momento.

Es algo, sin duda, que le da a Gambito de dama una sofisticación nada desdeñable, pero no parece ser la mejor idea para conseguir que el espectador se emocione cuando la protagonista alcance el triunfo.

"Juguemos"

El episodio final de Gambito de dama ha de rendir cuentas a todos los puntos de fuga que dejaba entrever el personaje de Taylor-Joy. La ficción ha de alcanzar el máximo punto de satisfacción y bañarse en la épica, por lo que opta por hacer check en los recursos más socorridos: reaparición de viejos amigos (la Jolene interpretada por Moses Ingram), subidón de volumen para la música (Carlos Rafael Rivera enloqueciendo del todo) y escenas diseñadas para entusiasmar al espectador apelando a sus impulsos de hincha futbolero.

Por tener que abrazar toda esta parafernalia, los malabares tonales que siempre había hecho Gambito de dama alcanzan un punto de no retorno, de forma que una escena clave como Beth descubriendo que tendrá a todo un grupo de antiguos rivales asesorándole para su desafío final en la Unión Soviética da la sensación de pertenecer a una serie distinta. Es cierto que capítulos anteriores han dejado claras las graves carencias emocionales de la protagonista y cómo le aterroriza la soledad, pero la escena de turno parece ajustarse más a un ocurrente comentario sobre las identidades estadounidenses y soviéticas (individualismo frente a colectivismo) que a un auténtico punto de inflexión en el personaje.

La última partida
La última partida

Aún así, funciona. El torneo subsiguiente está impecablemente rodado, envuelto en la caricaturesca atmósfera rusófoba a la que nos tiene acostumbrados el mainstream norteamericano, y Gambito de dama sube la apuesta con una escena concebida como aquélla de Rocky subiendo las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia al ritmo de Gonna Fly Now. El momento de Beth acaparando el cariño de sus admiradores y entablando combate con un ciudadano anónimo oficia de celebración del deporte, del ajedrez y de la competición, y lo hace a expensas del turbio retrato psicológico que nos habían trazado. O quizá no, ya que este gesto también puede entenderse como la arrogancia definitiva.

Gambito de dama es tan ridículamente entretenida que las disonancias en cuanto a tono y discurso son sepultadas por la autoconsciencia de una serie encantada de haberse conocido, y de haberte hecho disfrutar con absoluta y frívola intensidad durante siete capítulos. Y es, al fin y al cabo, la clave de todo.  Transmitir emoción, espíritu de superación, y ánimos para acometer tú mismo futuras hazañas deportivas. La cantidad de tableros de ajedrez desempolvados gracias a Gambito de dama es, finalmente, la única victoria que necesita.

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