'La Ruta': crónica antiépica de la generación que se esnifó la vida

La serie que nos lleva a la Valencia de finales de los 80: mucha electrónica, mucha droga y muchos sueños rotos.
Imagen de 'La Ruta'
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En La Ruta, la serie de ficción recién estrenada por ATRESplayer Premium, hay muchas rayas, eso sí. Mucho moqueo, mucho turulo y mucha ojera. Mucho “tete” y mucho “nano”, mucho "chunda-chunda". Temazos como el Lady Shave de Fad Gadget mezclados con producciones modernas de Pional, Álex de Lucas, Raúl Santos y La Plata. Hay mucha pinchada de día, mucha conversación dislocada y mucho sueño por cumplir.

Después del revival de la España de la Transición, de la política y la canción protesta, ahora toca la ligereza estupefaciente de los 80 y 90, de ese movimiento periférico que acabó siendo la meca del Camino de Santiago de la electrónica, de las discotecas, de las fiestas de tres días, cuyo peregrinaje no venía de todas las esquinas de España, sino de la Europa ebemera. Front 242 estuvo ahí. Nitzer Ebb estuvo ahí. Flont Line Assembly estuvo ahí. Iconos de la electrónica oscura fueron habituales de Barraca y Chocolate, templos de la movida valenciana.

Frente a la movida madrileña, en la que siempre fueron niños bien disfrazados con cardados, la Ruta Destroy fue del pueblo. De los pueblos. Como cuenta el ensayo ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia (Contra, 2016), de Luis Costa, en su momento de mayor esplendor convocó hasta 50.000 parroquianos repartidos por todas las discotecas que, como cruceiros en la noche, marcaban el paso de los ruteros.

¿Cómo condensar un movimiento que duró casi quince años -entre 1980 y 1995, más o menos- que creció desbocado y anárquico, que en su momento se vio como una explosión de la juventud más hedonista y descerebrada, sin ningún fundamento que pudiese compararlo al activismo hippie o a la contestación punk?

Los creadores Borja Soler y Roberto Martín Maiztegui -junto a las guionistas Silvia Herreros de Tejada y Clara Botas- han preferido centrar su ruta en cinco personajes, un grupo de amigos unidos por las ganas de fiesta y de esnifarse la vida a lo largo de ocho episodios que empiezan en 1993.

¿1993? Sí, porque la serie comienza desde las consecuencias y retrocede en el tiempo hasta las causas, hasta aquella noche de 1981 en la que los protagonistas entraron por primera vez a la discoteca Barraca. La Ruta es una serie que comienza en los estragos y en los sueños cumplidos -¿o rotos?- para descubrir cómo empezó todo.

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Las fiestas siempre empiezan en el aparcamiento. Y esta noche de 1993 será la última en la que el famoso Dj Marc Ribó pinchará por última vez en Valencia antes de irse de residente a Amnesia, en Ibiza. Junto a él, su panda de amigos de El Perelló: su novia Toni (Claudia Salas), que durante la semana trabaja de ‘kelly’ en un hotel y, durante los fines de semana, es icono de la noche; su uña y carne Sento (Ricardo Gómez), exitoso empresario de la noche, y Nuria (Elisabeth Casanovas), la más introvertida, la mente artística que imagina la iconografía y el diseño de la pandilla.

Aunque suene paradójico, La Ruta pone la lupa no en el escenario, no en las pinchadas, sino en todo lo que sucede alrededor de ellas. Es una serie de conversación, centrada en todo lo que la ruta arrasó, lo que dejó atrás. Marc es la cara visible de quien consiguió el éxito -y aun así es una cara demacrada, fantasmagórica, apática después de aguantar noches y días hasta arriba de química-. Lucas (Guillem Barbosa), su hermano, es el reverso de aquellos que se quedaron en el camino.

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Cuenta el personaje de Álex Monner en el primer capítulo, que en el siglo XIII, unos doscientos vecinos de Mosa, en Alemania, empezaron a bailar sobre un puente. Bailaban convulsionando, desacompasados, sin música. Bailaron más allá de la extenuación, con dolor, hasta que el puente sobre el que bailaban se vino abajo.

Ahogándose en el río, seguían bailando. Lo llamaron el baile de San Vito. Y una de las teorías apunta a un brote psicótico masivo producido por un hongo, el cornezuelo, “que era básicamente como el LSD”. Cuando el descontrol se vuelve en pesadilla, como les ocurrió a muchos durante aquella década.

La Ruta es todas aquellas conversaciones de botellón sobre el todo que se quedan en nada al amanecer. Son esas promesas que se disuelven al primer café. Es el grupo de amigos conduciendo por la carretera a oscuras, metiéndose loncha tras loncha, y no llegando a entrar a la sesión. Son esas madres que esperan en duermevela, tumbadas en el sillón. Es ese sentimiento de pertenencia que se firma en los cuartos de baño.

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En ese sentido, la serie de Soler y Martín es naturalista, antiépica, en la que todo pasa cuando no pasa nada. No se toma casi tiempo ni en presentaciones: va al meollo. Y eso, al principio, resulta desconcertante. También hay un tempo y estado de ánimo bajo, como para contrarrestar el relato espídico de mandíbula desencajada.

Hay un perpetuo regusto triste, como de fin de fiesta. Como de esa entrada a la madurez en la que el juego acaba. El gran acierto de la serie es esa mirada atrás, la única forma de la que se puede identificar en qué momento cambió todo. Aquella juventud hedonista que, recién salida de la Dictadura, decidió bailar y bailar y bailar hasta que se le quebraron los pies.

En el segundo capítulo, un grupo de gallegos llegan a la ruta. Uno de ellos, Chus (Gonzalo Caps), es lanzador de disco y en breve competirá en los juegos de Barcelona. Ha venido para desfogarse. Para sentirse libre. Para hablar con una chica. Para sentir el amor que te da una pastilla de éxtasis. Y Toni y él se hermanan en un vínculo eterno, indisoluble en la noche y el alcohol.

Pero, con el sol, llega la hostia de realidad, que es la de que él tiene un futuro por delante y tú estás encerrada en un loop. En un loop que lleva siendo el mismo desde hace mucho. Como el de un muerto que no puede salir del sitio donde lo mataron. Y esa languidez de La Ruta la convierten en una serie con mucho más fondo de lo que cabría presuponer. Es una serie extraña, átona, a veces ligeramente encorsetada. Y, quizás en ello esté lo que la hace más derivativa, fuera de las convenciones, más especial.

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