Volver al Cinema Ritrovato (desde casa)

Nos acercamos a la ventana ‘online’ de la 34ª edición del festival italiano dedicado al cine clásico y al patrimonio cinematográfico, que debuta como consecuencia de la pandemia.
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Este 2020, en vez de anunciar la llegada del verano, Il Cinema Ritrovato está despidiéndose de la época estival desplegando el mejor cine clásico y las mejores obras cinematográficas menos obvias en la hermosa Piazza Maggiore de Bolonia.

Como no pocos encuentros y festivales del séptimo arte, el Ritrovato también ha visto alterado su funcionamiento habitual y las fechas de su 34ª edición han cambiado este año para ocupar los días entre el 25 y el 31 de agosto. También su formato, ya que, como consecuencia de la pandemia de COVID-19, estrena una ventana online para quienes no hayan podido acercarse a la capital de la Emilia Romana y quieran disfrutar del Ritrovato en cualquier lugar del mundo.

Es cierto que el salón de casa, ya sea en Madrid, Barcelona, Totana o Albacete, no tiene el mismo lustre que Bolonia y sus soportales, pero la selección online de Il Ritrovato, a pesar de que no supone ni un 20% del amplísimo programa de la muestra comandada por Gian Luca Farinelli, director de Cineteca di Bologna, posee la capacidad de trasladarnos a lugares remotos, lejos del pavor de la realidad de este año crítico.

También es cierto que el salto online podría verse como una pequeña traición del Ritrovato a su propia esencia, incluso para los devotos que están haciendo uso de la plataforma de streaming puesta en funcionamiento ex profeso para el festival. Los ‘peros’, sin embargo, se disipan cuando en pantalla aparece la sonrisa de Cary Grant, el rictus abismal de Henry Fonda o disfrutas, en la intimidad de tu casa, de la primera obra de Fellini en una restauración espectacular.

Esto es lo que hemos visto en el primer tramo del Ritrovato ‘online’ 2020.

Todos los hombres de Henry Fonda

“Su rostro es el retrato de los contrarios en conflicto”, llegó a decir de Henry Fonda el escritor John Steinbeck y el Ritrovato 2020 celebra el aspecto “mercurial” de uno de los grandes actores del Hollywood clásico. El festival italiano se vuelca en su filmografía con una potente revisión de obras protagonizadas por Fonda menos obvias que Doce hombre sin piedad (1957, Sidney Lumet).

Aparte de películas de John Brahm (Let us Live, 1939) o Fritz Lang (Solo se vive una vez, 1937), en el programa Henry Fonda for President sobresalen (y además están incluidas en la muestra ‘online’) dos obras maestras ‘fordianas’, de las muchas que realizó el cineasta: Las uvas de la ira (1940), adaptación de la novela homónima de Steinbeck, y El joven Lincoln (1939).

Las palabras más elogiosas sobre El joven Lincoln las escribió Serguéi Eisenstein en su célebre artículo en Cahiers du Cinéma sobre la película de Ford. En las páginas de la canónica revista de crítica, a la pregunta de si había alguna película americana que le gustaría haber filmado, Eisenstein respondía: “No solamente no dudaría en aceptar la oferta, sino que nombraría inmediatamente la película que desearía haber hecho. Sería El joven Lincoln".

La elegancia con la que John Ford va relatando en El joven Lincoln los años formativos de Abraham Lincoln no cabe en una sola frase, y el carisma, silencioso a la par que firme, de Fonda como el futuro 16º presidente de los Estados Unidos forja una película a la altura del mito. Ni Ford ni Fonda quisieron en su momento hacerla, pero el filme, planteado desde Hollywood para recordar los orígenes y la importancia de la democracia, entonces en un momento delicado con la irrupción de la guerra en Europa, se convertiría en uno de los favoritos del director de Centauros del desierto (1956).

En España, por cierto, La Aventura Audiovisual editó en 2016 una espléndida edición en Blu-Ray, limitada y numerada, de El joven Lincoln. Joya de coleccionista para una película mayúscula.

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Teléfonos y amoríos 

Henry Fonda también forma parte del reparto de Daisy Kenyon (1947), junto a Dana Andrews y Joan Crawford, quien interpreta a la señorita Kenyon del título de esta obra firmada por Otto Preminger. En España, la película se tradujo con el intenso Entre el amor y el pecado y, de hecho, atinaron bastante, porque este ‘ménage à trois’ melodramático teñido de atmósferas noir no estaba pensando para el público pacato de la época. En su estreno, tuvo que vérselas con la Legión de la Decencia y la cinta, por otra parte, no acabó de cuajar entre el público.

Entre el amor y el pecado nos habla del dilema de la protagonista cuando, tras casarse con Peter Lapham (Fonda), un oficial de la armada recién llegado de la contienda, ha de enfrentarse al regreso de su amante, el descarado y vivaracho abogado Dan O’Mara, interpretado por Andrews. Como sucede en muchas películas estadounidenses de la época, hay un embrollo judicial por en medio, aunque hay otros aspectos de la película de Preminger aún más llamativos.

El primero, el revés de Daisy Kenyon a Lapham en su primera cita, cuando le pregunta “¿Qué os pasa a los hombres, que no volvéis con vuestras mujeres cuando regresáis de la guerra?”, en un interrogante que revela la errática conducta de una sociedad demasiado marcada por la contienda. Otro aspecto a subrayar de Entre el amor y el pecado tiene que ver con la sensación de control y angustia que sufren los personajes en relación a algo tan simple, pero no inocente, como una llamada telefónica.

La esposa de O’Mara descubre la infidelidad de su marido mientras le escucha, a hurtadillas, una llamada de teléfono con Kenyon; mientras que la imagen del teléfono expresa de manera hiperbólica, ya en el clímax del filme, la compleja decisión que ha de tomar la protagonista.

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El teléfono también forma parte del lío romántico en Atención señoras (1934), un título menos jugoso que su original Ladies Should Listen, de Frank Tuttle y unas de esas películas que te enamoran desde el minuto uno. Filmada en la época más esplendorosa de los ‘talkies’, Tuttle recuperó a Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, a quien le dio su primera oportunidad en Hollywood en la ‘lubitschiana’ Esta es lanoche (1932), para una ‘screwball’ que, como en la anterior, juega con maestría al follón de  puertas que se abren y cierran, a los amores y desamores  de la clase pudiente y al gag de carcajada por escena.

En Atención señoras, Grant es Julian de Lussac, un parisino (ejem) que regresa de Chile tras un negocio fallido del que espera recuperarse conquistando a alguna rica heredera. Ofertas no le faltarán, aunque el corazón de Grant en realidad palpita desorbitadamente cuando conoce a Anna (Frances Drake), la humilde telefonista del inmueble donde vive y que espía al galán tanto o más que la NSA de George Bush y Barack Obama a su ciudadanía.

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El teléfono está asimismo presente en los juegos de seducción de Mae West en No soy ningún ángel (1933), de Wesley Ruggles y una de las últimas obras pre código Hays que sigue tan divertida y deslenguada como siempre. Una doble sesión de Cary Grant siempre es bienvenida, máxime si coincide con esta delicia que, según el mito, supuso la plataforma del británico en Hollywood.

“Si sabe hablar, me lo quedo”, soltó Mae West al ver entrar a Grant por la Paramount, y si de algo hace gala esta ‘screwball’ al servicio de la sex symbol es de la verbigracia de su protagonista. Nadie se resiste a verla en la película susurrarle como una gata a Grant aquello de que cuando es buena, es muy buena, pero cuando es mala, es mejor.

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El mayor espectáculo del mundo 

El mundo del circo y las variedades ha encontrado en el Ritrovato 2020 una pequeña ventana con la que recordarnos que hubo un día en que el cine se alimentaba del primero y creaba películas tan melancólicas y esperanzadoras como Luces del Varieté (1950), de Federico Fellini y Alberto Lattuada.

Quienes pudieron disfrutar del ciclo dedicado al romano en la Filmoteca Española con motivo del centenario tuvieron la oportunidad de ver en el histórico Cine Doré la primera de las obras de Fellini como director, pero la versión que presenta Ritrovato 2020 es la nueva restauración en 4K realizada por la Cineteca di Bologna, el Museo del Cinema de Turín y otras instituciones italianas, y que tenía que haberse presentado en el Festival de Cannes 2020, en la sección Cannes Classics.

Sirva esta retahíla de referencias y sellos de calidad solo para subrayar la viveza de una restauración en la que lucen como nunca las tribulaciones de Checco Dal Monte (Peppino De Filippo) cuando en Luces del Varieté se enamora de Liliana (Carla Del Poggio), la nueva vedette de la compañía itinerante que dirige, y deja plantada a su esposa, Melina Amour, a quien pone rostro y dignidad Giulietta Masina.

De los números más modestos a los espectaculares shows a los que escala la ambiciosa Liliana, todo destella en esta obra seminal que da cuenta de algunas señas de identidad del eterno Fellini.

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En la programación ‘online’ del Ritrovato 2020 se han incluido los Fuori Sala que la Cineteca di Bologna fue presentando durante los meses de confinamiento desde su canal en la plataforma YouTube. Entre ellos, y dentro del ámbito temático del circo, se ha recuperado el maravilloso cortometraje documental Osidire (1966), de Marcello Baldi y sobre el forzudo Osidire Pevarello, cuya larguísima carrera en el cine como extra incluye títulos de péplum como Ben-Hur (William Wyler, 1959), spaghetti-westerns o filmes de Tinto Brass.

El documental de Baldi es un retrato de personaje que nos abre las puertas a la vida en del actor con su familia, en una caravana apostada en un descampado de la periferia de Roma. Osidire cuenta su vida mirando fijamente a la cámara, enseña fotos de sus padres y de sus hitos en el mundo del espectáculo, hace trucos de magia y, ya hacia la conclusión de la pieza, suplica por una casa y así poder echar por fin raíces en un hogar.

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El desarraigo es otro de los aspectos que aparece en el cortometraje Piccola Arena Casartelli (1960), de Aglauco Casadio, que sigue a un pequeño circo familiar cuando se asienta en una zona de la campiña de Bolonia, tratando de olvidar la tragedia de haber visto morir a tres de sus hijos en un incendio.

Casadio se detiene en Piccola Arena Casartelli en el día a día de la familia de acróbatas, acercando la cámara todo lo posible a sus gestos, sus entrenamientos, la función del día. Mientras, les cede la narración de esas imágenes y así escuchamos como Erminia está ya cansada de despertar cada día en un lugar distinto. A pesar de la melancolía, los Casartelli siguen levantado, jornada a jornada, el telón de su circo:  proletarios del espectáculo en una de esas miniaturas increíbles e invisibles de la historia del cine.

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