[San Sebastián 2018] 'Tiempo después', todos somos contingentes pero Cuerda necesario

Dicen que pasa en el 9177 (milenio arriba milenio abajo), pero es una feroz crítica a la España actual (sección izquierda).
[San Sebastián 2018] 'Tiempo después', todos somos contingentes pero Cuerda necesario
[San Sebastián 2018] 'Tiempo después', todos somos contingentes pero Cuerda necesario

Los últimos años del director, escritor, tuitero, guionista, enólogo y vinatero José Luis Cuerda parecen sacados de uno de sus surrealistas guiones: al tiempo que los cómicos lo reconocían como maestro del absurdo, se convertía en septuagenaria y chispeante tuitstar para buena parte de la joven izquierda. Tiempo después, adaptación de la novela homónima que publicara en Pepitas de calabaza en 2015, es coherente con esta doble actividad: es la culminación de una tetralogía surrururalista (Cuerda dixit), formada por la siempre reivindicable Total, la mítica Amanece, que no es poco y la ferozmente anticlerical Así en el cielo como en la tierra. De las cuatro, sin embargo, es la más claramente política. Y esa es la principal diferencia con sus predecesoras.

El célebre chiste sobre Faulkner y la devoción por lo americano del mundo manchego se traduce aquí en un extraño escenario: solo sobrevive una mezcla del rascacielos Torres Blancas de Sáenz de Oiza, encajado en otro edificio mítico como es la Corona de espinas de Higueras y Miró… y con el Monument Valley de John Ford como fondo. Dentro del edificio y fuera de él, Cuerda, maestro de la comedia, se permite autohomenajearse repitiendo chistes… ¡pero es que le funcionan tan bien! En un universo devastado por el paro, los personajes solo son capaces de comunicarse en alambicadas formas sacadas de la retórica política o religiosa más hueca. Hay guardias civiles, y curas, y monjas, y hombres pájaro, y barberos rapsodas lorquianos… La pléyade de cómicos que se declaran fans del director, y que tanto han hecho para que esta película pueda levantarse, lo gozan, claro. Muy especialmente Roberto Álamo, que demuestra una sorprendente vis cómica y unos “chanantes” que, por eso de ser paisanos, se han empapado más que nadie del “cuerdismo” en su carrera profesional.

A medida que avanza la historia, sin embargo, Cuerda parece olvidarse de la comedia y se adentra en territorios mucho más políticos y pesimistas. Los chistes empiezan a ser de sonrisa torcida. La guerra, estúpida como todas las guerra, estalla. El resumen de su mensaje podría ser este: somos unos cenutrios y no tenemos remedio. Para Cuerda ya no queda ni la esperanza: toda utopía, toda revolución, está destinada al fracaso. Porque Tiempo después es salvajemente cruel con los poderes fácticos encarnados por el rey Gabino Diego, el almirante Martín Caparrós y el cura pistolero Antonio de la Torre, pero lo es todavía más con una izquierda desnortada y aborregada.

Quizás quien mejor lo exprese sea el grupo de jóvenes liderados por Miguel Herrán: a ellos les otorga el mejor diálogo del filme (junto al de las cuestiones mamarias de las ovejas y las adolescentes), una obra de arte orteguiana que nada tiene que envidiar a Faulkner. Pero también es sobre ellos sobre los que se muestra más inclemente: su pasotismo es la prueba de que no hay solución, no hay salida. Cuerda, memoria viva de los desmanes de un país trágicamente cómico, parece profundamente desencantado con la mínima posibilidad de cambio: con el que vendían los socialistas en 80, pero también en el más reciente del movimiento 15M. Desde esta lectura, Tiempo después es el particular epitafio de José Luis Cuerda para una izquierda española que, durante la Democracia, ha sido incapaz de dar respuesta a los problemas de la sociedad.

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