¿Quién teme al VOD feroz?

Los Weinstein quieren estrenar una película en cines e internet, y los exhibidores de EE UU les declaran la guerra. ¿Acabará este conflicto alguna vez?
¿Quién teme al VOD feroz?
¿Quién teme al VOD feroz?

En mayo de 2014, el estreno en España de Rompenieves estuvo a punto de descarrilar. O, mejor dicho, de sufrir las consecuencias de un choque entre dos conceptos opuestos de exhibición cinematográfica: la película del coreano Bong Joon-ho, que se había lanzado en Francia y en Italia con más de un centenar de copias, quedó relegada en la cartelera española a unas exiguas 16 salas. ¿Por qué? Pues por la decisión de Good Films, su distribuidora, de ofrecer un preestreno televisivo del filme para los abonados de Canal +. Según explicaron a CINEMANÍA fuentes de Good Films en aquella ocasión, la idea de lanzar Rompenieves simultáneamente en la pantalla grande y en la pequeña cayó peor que mal entre varias empresas exhibidoras, las cuales respondieron con un boicot. Medida ésta que se probó poco eficaz, como señalamos en su momento, puesto que la cinta obtuvo unos resultados por encima de la media gracias al 'boca oreja'.

El hecho de que la industria española reaccionase así es, aunque no justificable, sí comprensible: los exhibidores españoles siempre han defendido con uñas y dientes la política de ventanas de exhibición, con sus estrenos escalonados según formato, y se niegan a ceder su primacía ante la televisión, el vídeo doméstico o internet. Más aún, como ellos mismos recuerdan siempre, en un país donde la piratería supone un mal endémico. Pero resulta que ahora nos llega una noticia muy similar procedente, no de un país comparativamente 'periférico' como el nuestro, sino del mismísimo corazón del Imperio: según informa Variety (vía Slashfilm), cuatro de las cadenas de cines más importantes de EE UU (mas una canadiense y otra europea) se disponen a boicotear a una película cuyo estreno tendrá lugar simultáneamente en salas de cine y en vídeo bajo demanda (VOD).

La película en cuestión es Crouching Tiger, Hidden Dragon 2: The Hidden Legend. Es decir, la secuela más o menos oficial de Tigre y Dragón, el filme de artes marciales dirigido por Ang Lee que ganó cuatro Oscar en 2001 (incluyendo Mejor Película de Habla No Inglesa). Y la distribuidora que ha optado por tan arriesgada forma de estreno, sufriendo las consiguientes represalias, no es otra que la Weinstein Company: el emporio fundado por los magnates Harvey y Bob Weinstein anunció esta semana que Tigre y Dragón 2 llegaría el 28 de octubre tanto a salas IMAX como a la plataforma de cine digital Netflix. En el bando opuesto encontramos a Regal, Carmike y AMC, las tres mayores compañías del ramo en EE UU, cuya oposición le costará al filme un veto en cerca de 170.000 pantallas. Mediante esta medida, los Weinstein también se han ganado la enemistad de la canadiense Cineplex (1.635 pantallas) y la británica Cineworld, la mayor exhibidora en formato IMAX de Europa.

Los comunicados de estas empresas, según los recoge Variety, oscilan entre lo irónico (AMC, propiedad del emporio chino Wanda, se pregunta si Tigre y Dragón 2 "se exhibirá sólo en [las pantallas IMAX de] museos y acuarios" después de recibir su veto) y lo indignado, alegando (como es el caso de Regal) que su rechazo al plan de la Weinstein Company responde al deseo de asegurar "una experiencia magnífica para los clientes", salvando al cine de acabar confinado "en la pantalla de un smartphone". Ahora bien: tratándose de una película cuya existencia habría pasado desapercibida para la mayor parte del público de no haber sido por esta noticia, ¿no resulta extraña una reacción tan airada? No estamos hablando de Interstellar o de la nueva entrega de Los juegos del hambre, precisamente, sino de un trabajo cuyo atractivo de masas es discutible, salvo para los adictos al cine de artes marciales. Y que, para colmo, se estrena en esa temporada baja que precede al subidón de la carrera hacia los Oscar y la campaña de Navidad. ¿De qué les vale a los exhibidores, pues, ponerse en pie de guerra?

Pues, parece ser, a que las cadenas de cines siguen sin estar dispuestas a ceder un ápice de su privilegio para estrenar antes que nadie, y sin ningún tipo de competencia. Algo que ya cuenta con precedentes: en 2011, Un golpe de altura (otra película de gancho cuestionable y estrenada en fechas poco aparentes) fue objeto de un experimento similar por parte de la distribuidora Universal, la cual anunció que su lanzamiento en cines iría acompañado de un tentativo estreno en VOD. La reacción contra esta medida fue menos multitudinaria que la sufrida por los Weinstein y Tigre y Dragón 2, pero, por lo demás, fue la misma: después de que varias cadenas de cines expresaran su hostilidad, Universal optó por renunciar a sus planes y estrenó Un golpe de altura por cauces convencionales. En lo que toca a España, recordemos cómo Paco León renunció a un estreno multiplataforma para Carmina y amén esta primavera, debido a razones de índole similar: "Hay exhibidores dispuestos a que cambien las cosas. Pero, a la vez, hay una resistencia fuerte, por no utilizar la palabra boicot activo", comentó en aquel momento el sevillano en un artículo para Fotogramas.

León, que probó las bondades del multiplataforma en 2012 con Carmina o revienta, se refería en ese mismo texto a amenazas y presiones mucho más duras que un simple boicot. Pero, sordideces y marrullerías aparte, algunas conclusiones parecen irse imponiendo. La primera, que las pantallas de los ordenadores (y, sí, también las de los smartphones) son cada vez más vistas por los espectadores, sobre todo por los más jóvenes, como una forma legítima de acceder a las películas de su elección. Por ello, si una distribuidora considera que el VOD y el multiplataforma le permitirán rentabilizar un estreno que no tendría salida comercial de otro modo, está en su pleno derecho.

En cuanto a la actitud de los exhibidores, requiere de una valoración más precisa. Si bien puede alegarse que el sector merece protección ante la nueva coyuntura, y que también está en su derecho de defender su cuota de mercado, es a su vez cierto que uno no puede aspirar a todas las ventajas del capitalismo sin regulaciones para después 'llamarse a sagrado' e invocar privilegios especiales. Máxime en países que se enorgullecen de su culto al laissez faire cuando se trata de la economía. En el libre comercio, ya se sabe, o juega todo el mundo, o se rompe la baraja, y si eso no gusta, pues tal vez no convenga que ese comercio sea así de libre. Pero esto es teórico...

Y la práctica, por desgracia, es que estas batallas entre sectores empresariales no tienen para nada en cuenta a los dos agentes que deberían importar más en lo relacionado con el cine: los autores, y el público. Respecto de los primeros, recordemos tanto la oposición fulminante de cineastas como James Cameron, Quentin Tarantino Guillermo Del Toro a los estrenos en internet, como la actitud cautelosamente favorable que algunos cineastas españoles (Montxo Armendáriz, Juan Carlos Fresnadillo...) mostraron cuando nuestra web les preguntó al respecto en 2011. Respecto al público, ese ente sin forma ni voz del que todos formamos parte... pues ahí están las estadísticas. No sólo las que hablan de una asistencia a salas que cae en picado (esta vez, cosa rara, más en Estados Unidos que aquí), sino también las que muestran un descenso de los ingresos y el nivel de vida. Relacionar entre sí todos estos factores necesitaría, más que de uno o varios plumillas hilvanando datos, de un equipo de economistas y sociólogos dispuestos a entresacar un todo coherente. Así pues, nosotros sólo podemos aconsejar a cada uno que saque su propia conclusión.

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