¿Qué fue la Ruta del Bakalao? La historia real de 'La Ruta', de Chimo Bayo a Pérez-Reverte

La serie de Atresplayer Premium aborda el polémico auge de la música de baile en la Valencia de los 80 y los 90. 
Àlex Monner en 'La Ruta'.
Àlex Monner en 'La Ruta'.
Atresplayer Premium
Àlex Monner en 'La Ruta'.
Tráiler de 'La ruta'
ATRESplayer PREMIUM

Así pasan las glorias del mundo: treinta años después de haber sido carne de titular sensacionalista y motivo para la angustia de padres y madres en toda España, las palabras "Ruta del Bakalao" han pasado a formar parte de nuestra arqueología pop. Hasta tal punto es así que los espectadores más jóvenes de La Ruta tendrán que documentarse (Google mediante) para saber de qué va la serie de Atresplayer Premium. 

Sin embargo, el show protagonizado por Àlex Monner aborda un tema que generó titulares sin descanso durante unos pocos años (entre 1992 y 1994, aproximadamente) y cuya larga gestación da para una historia apasionante, bochornosa y trágica a partes iguales. 

Porque, según revelan la bibliografía de rigor, las hemerotecas y los testimonios de quienes lo vivieron, el auge de la música electrónica en Valencia dibujó un arco en cuyo ascenso figuraron nombres tan importantes para la historia del pop como Soft Cell o New Order, cuyo cénit llegó al grito de "¡ju-já!" proferido por Chimo Bayo... y en cuya caída participó de forma destacada el escritor Arturo Pérez-Reverte. ¿Cómo pudo desarrollarse semejante historia? 

Como suele ocurrir tratándose de los movimientos de la cultura popular, responder a esa pregunta es peliagudo. Sin embargo, uno puede aventurarse a hacerlo armado con algunos libros (el más importante, ¡Bacalao!, la historia oral recogida por el periodista Luis Costa), unos cuantos vídeos en YouTube y bastantes temas altos en BPM.

De la fiesta al crimen

Lo primero que debemos tener en cuenta es que usar la expresión 'Ruta del Bakalao' para designar a todo este proceso es caer en la estrechez de miras. Así como los tópicos sobre la llamada 'Movida' ensombrecen la fértil realidad pop del Madrid de la Transición, a la escena valenciana se le hace un flaco favor reduciéndola a lugares comunes sobre noches sin dormir y mandíbulas desencajadas. 

En realidad, la capital del Turia llevaba desde principios de los 80 albergando uno de los panoramas musicales más activos de España. La cercanía de aquella Ibiza donde ya se gestaba la revolución del acid house, los horarios interminables de discotecas como Barraca o Espiral y la buena disposición de un público ávido de fiesta fueron algunos de los factores que convirtieron a ese ecosistema en el asombro del mundo, primero, y en carne de titular alarmista, después. 

Según recoge Luis Costa en su libro, Valencia era una de las capitales de la música en directo en España. Y los músicos extranjeros que se acercaban a ella solían quedarse pasmados al ver cómo en las discotecas del lugar se daba una peculiar fusión de postpunk y pop electrónico con la música de baile más contundente de Alemania y el Benelux. Pinchada, además, por DJs tan perfeccionistas e innovadores como Fran Lenaers, a quien puede verse en La Ruta haciendo un cameo tras los platos. 

Aun así, no nos engañemos: en aquel panorama las drogas circulaban que daba gusto, incluyendo productos tan míticos como esas enigmáticas cápsulas apodadas 'mescalinas' sobre cuyo origen y composición se especula todavía hoy. Los músicos de fuera también tomaban buena nota de esto, llevando en casos extremos (como el del concierto de los británicos Happy Mondays en 1990) a casos serios de desabastecimiento entre los dealers de la Albufera y alrededores.  

De esta manera, la escena valenciana podría haber ocupado un lugar tan destacado en la historia musical de Europa como la de Berlín o la de Manchester. Sin embargo, ya en los 90, le tocó sufrir un destino demasiado frecuente para las movidas periféricas que no saben, o no pueden, crear una infraestructura que las sostenga: morir de éxito. 

El origen de dicha defunción podría datarse en 1991. Aquel fue el año en el que el DJ Chimo Bayo lanzó Así me gusta a mí, un tema compuesto por el músico Germán Bou cuya letra (con aquel "¡esta sí, esta no!" que el público coreaba cantando las eses por equis) dejaba claro que había llegado el momento de prescindir de sutilezas. 

Mientras los artistas y fans veteranos se llevaban las manos a la cabeza, las noches de la ciudad y su periferia fueron reemplazando las aventuras musicales por los subidones de bombo y las ganas de experimentar por el mero deseo de ponerse hasta las trancas. Algo que, en sí, no debería haber sido grave, pero sobre lo que al año siguiente cayó la sombra de una tragedia: el llamado 'crimen de Alcasser'.

Aunque el asesinato de Míriam García, Antonia Gómez y Desirée Hernández en 1992 no estuviera relacionado directamente con la escena de baile valenciana, sí llevó a un incremento de la presión institucional sobre unas discotecas que, hasta entonces, habían dispuesto de una libertad pasmosa. Y, además, despertó la atención de los medios hacia aquella fiesta perpetua que bullía entre los arrozales. 

Pérez-Reverte y Francino: rematar la faena

Sobre el origen de la expresión 'Ruta del Bakalao' hay versiones para todos los gustos, pero solo una cosa está clara: ninguno de los originalmente implicados en aquella escena usó jamás esa expresión, ni mucho menos la de 'Ruta Destroy'. La explicación más verosímil es aquella según la cual "bacalao" (con "c") era el término usado por algunos DJs valencianos para referirse a los discos de más calidad o más difíciles de conseguir que compraban para sus sesiones. 

En declaraciones a Luis Costa, el DJ Luis Bonías asegura que las palabras malditas aparecieron a instancias del PP valenciano y su líder Eduardo Zaplana, deseoso de crear una alarma social que le ayudase a llegar a la Generalitat. "Para derribar al PSOE, tenían que encontrar un punto flaco, y el punto flaco lo encontraron en las discotecas", declara, apuntando más adelante que fueron el diario Las Provincias y su entonces directora, Maria Consuelo Reyna, quienes apuntalaron esta estrategia.

"Las Provincias fue el primer periódico que sacó lo de la Ruta del Bakalao en grande y con el nombre 'Bakalao' –recuerda Bonías–. Ellos lo exportaron y de aquí, en el año 92, pasó a los telediarios nacionales". Y no solo a los telediarios, como demuestra Hasta que el cuerpo aguante, un documental firmado por Carles Francino y emitido por Canal+ en 1993. 

El tono de Hasta que el cuerpo aguante oscila entre lo sensacionalista (cebándose en el obvio estado de intoxicación de muchos de sus protagonistas, así como en episodios de conducción temeraria) y lo desdeñoso. Como prueba de esto último, además de su voz en off tan sentenciosa como desinformada, puede citarse el tono de superioridad con el que una periodista se dirige al productor y DJ Kike Jaén tras observarle trabajando en su estudio casero. 

"¿Quién sabe más de música: vosotros, o el ordenador?", le espeta la reportera a Jaén y sus acompañantes tras verles secuenciar un tema con un Atari ST (trabajo que, dejando aparte la calidad del tema, requería muchas horas de esfuerzo ante el monitor). "El ordenador solo sabe lo que le decimos nosotros", responde el productor de forma tajante mientras esboza una sonrisa de circunstancias. 

Ahora bien: por muy objetable que resulte, el tono de Hasta que el cuerpo aguante parece digno de un Pulitzer si se lo compara con el aplicado aquel mismo año por Arturo Pérez-Reverte en Código Uno, el programa de true crime que por entonces presentaba en Televisión Española. 

Desde aquel espacio (el mismo que le regaló a España el caso del gallego José Tojeiro y su "droja en el colacao"), el futuro académico de la Lengua no se cortó un pelo en presentar a la Ruta como una amenaza ante la cual los padres de familia debían estar prevenidos. "Fíjese atentamente en este reportaje, porque a lo mejor sale su Maripili o su Manolito", señalaba el creador del capitán Alatriste antes de dar paso a otra acumulación de desfases valencianos en vídeo. 

Al menos, Pérez-Reverte y su equipo tuvieron el buen gusto de incluir en el programa (titulado Danzad, danzad malditos) una entrevista del presentador a tres jóvenes, presuntos asiduos de las discotecas de la Ruta. Los cuales lucían ataviados como para quemar la madrugada en ACTV, Spook Factory u otros locales míticos, más que para enfrentarse a las preguntas del insigne cartagenero. 

Los programas de Francino y Pérez Reverte, así como otros de cariz similar, fueron la puntilla para un fenómeno ya herido de muerte. "La música se empezó a deteriorar –recuerda Kike Jaén en ¡Bacalao!– y las drogas eran cada vez más flojas, más baratas, más malas. Luego ya todo el mundo se apuntó al carro, cualquier discoteca que abría quería ser de la Ruta. Y llega un momento en el que se jode el invento". 

Así, de lo que había sido una de las escenas más vitales de España solo quedaron expresiones que ya huelen a naftalina, como "mákina" (usada, muchas veces peyorativamente, para referirse a la música electrónica de baile) o el estereotipo clasista del "bakala", aquel joven obrero vestido con chándal cuya vida giraba en torno a la ingesta de tóxicos en la discoteca (el llamado 'pelo de cenicero' no era obligatorio, pero sí habitual).

En cierta medida, la escena valenciana llevaba en sí las semillas de su propia destrucción: más allá de la iconografía asociada a las noches de fiesta y de algunos temas notables de producción propia, su legado cultural fue limitado y pecó muchas veces de autocomplacencia. Aun así, reivindicar sus logros es justo y necesario, y tal vez La Ruta ayude a que estos sean valorados como corresponde. 

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Yago García
Redactor 'Cinemanía'

Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Sus textos se publican en la revista Cinemanía desde 2005. Ha sido miembro fundador de Canino, web dedicada a la cultura popular, y redactor en el diario ADN, además de colaborador en medios como Mondo Sonoro, Neo2 y On Madrid-El País.

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