¿Qué fue de la generación Sundance? Linklater, Tarantino, Soderbergh y los directores indie que cambiaron el cine

Durante los 90, el festival creado por Robert Redford fue la plataforma de una generación de cineastas que acabaría tomando Hollywood por asalto. 
Imágenes de 'Sexo, mentiras y cintas de vídeo', 'Slacker' y 'Reservoir Dogs'.
Imágenes de 'Sexo, mentiras y cintas de vídeo', 'Slacker' y 'Reservoir Dogs'.
Cinemanía
Imágenes de 'Sexo, mentiras y cintas de vídeo', 'Slacker' y 'Reservoir Dogs'.

La escena resulta inolvidable, desde luego. En un plano de cuatro minutos, animado por unos pocos movimientos de cámara, una joven escuchimizada (Teresa ‘Nervosa’ Taylor, baterista de los Butthole Surfers) desata un huracán de verborrea destinada a venderles a dos incautos cierto frasquito que, afirma, contiene una auténtica citología de Madonna, con vello púbico incluido. 

Hay formas más raras de llegar al Olimpo del séptimo arte, pero la de Slacker (1990), segundo largo de Richard Linklater, sigue siendo una de las más notorias. Por lo pronto, le granjeó al texano las atenciones del jurado en Sundance, cuando el festival era una ventana abierta a aquello llamado “cine independiente”: el opuesto a las rutinas de un Hollywood que, frente al anquilosamiento de sus modelos ochenteros, contraatacaba aquel mismo año con la sacarina de Pretty Woman.

De festival menor a imán para la industria

Fundado bajo los auspicios de Robert Redford, cuyo personaje en Dos hombres y un destino le prestó su nombre, Sundance no había llamado la atención durante su primer lustro: si le hacemos caso a Peter Biskind, cuyo Sexo, mentiras y Hollywood pone a caldo al certamen y sus directores estrella, la programación que este llevaba a Park City (Utah) se componía de olvidables dramas sociales, salvo excepciones como la victoria de los Coen en 1985 con Sangre fácil (aquel mismo año, Jarmusch presentaba Extraños en el paraíso).

Con el cambio de década, sin embargo, llegaron una puesta al día de las reglas, caras nuevas en el comité de selección y, lo más importante, cineastas empeñados en apartarse tanto del los rigores del arte y ensayo como de las majors y su formulismo. Aquel afán acabó desvaneciéndose como lágrimas en la lluvia... pero qué bien nos lo pasamos mientras duró.

La primera campanada, eso sí, no la dio Linklater, sino Steven Soderbergh: enfrentada en 1989 a otras cintas notables (Amor verdadero, premio gordo, y la mismísima Escuela de jóvenes asesinos), Sexo, mentiras y cintas de vídeo abandonó Sundance con un trofeo del público... y acabó llevándose la Palma de Oro en Cannes, así como recaudando 36 veces su presupuesto.

Aquel éxito y el de Slacker avisaron de que con el cine indie se podía hacer negocio, y entre los primeros en percatarse estuvieron esos Harvey y Bob Weinstein a quienes piadosamente (para las películas) apartamos del relato. 

Asimismo, 1990 trajo una ganadora sin mucha trascendencia histórica (Chameleon Street), pero también un futuro fenómeno de taquilla en EE UU (House Party) y los debuts de dos autores cuya sintonía con los tiempos daba hasta rabia: La increíble verdad, de aquel Hal Hartley que fue lo más durante unos años, y Metropolitan, del estiloso Whit Stillman.

En cuanto a 1991, no fue solo el año de Linklater: los triunfos de Paris is Burning (Jennie Livingston, ex aequo con American Dream) en documental y de Todd Haynes con la escandalosa Poison, en ficción, pusieron en el mapa a ese New Queer Cinema cuya furia contrastaba a lo grande con los dramas sobre el VIH presentados en años anteriores.

Fruto de años de sida y homofobia institucional, las obras de Haynes, Gregg Araki y Tom Kalin, entre otros, venían muy al caso, pero no todo el mundo les veía la gracia. “¿Que [en Sundance] no les gustan las películas con pistolas? Me lo creería si no programaran tanto cine gay”, espetó alguien al respecto: tienes tres intentos para identificar al autor de la cita, y los dos primeros no cuentan.

La irrupción del genio bocazas

Pues sí: aquel era Quentin Tarantino. No hizo falta que Reservoir Dogs se llevase premios en 1992 para que su repercusión eclipsara a la ganadora del año (En la sopa, de Alexandre Rockwell) y a la sensibilidad de Allison Anders (futura novia del enfant terrible, para colmo) en Área de servicio.

Paseándose por la gélida Park City en manga corta, cargando contra “la mierda de Merchant-Ivory” y celebrando su derrota con un versallesco “¡Que os den por culo a todos!”, el futuro ganador en Cannes con Pulp Fiction se convirtió a la vez en el niño bonito del festival y en el elefante de su cacharrería. 

Aunque algunos (entre ellos, Alexandre Rockwell) aseguran que aquellas burradas escondían un corazón de oro, la tarantinitis no tuvo vuelta atrás: un encuentro antaño minoritario acabó sirviendo de ring para productoras y distribuidoras ansiosas por beneficiarse del nuevo mercado, encabezadas por una Miramax propiedad de Disney desde 1993.

Asimismo, mientras Soderbergh se estampaba con cada nuevo estreno (¿alguien recuerda Kafka, la verdad oculta, El rey de la colina o Gray’s Anatomy), entre las nuevas concurrentes a Sundance se encontraban títulos como El mariachi (de Robert Rodriguez, Premio del público en 1993) y la inefable Clerks de Kevin Smith (ganadora del mismo trofeo al año siguiente) donde los presupuestos anémicos convivían con las ganas de tentar a esa ‘generación X’ afín a los tacos, el humorismo pop y la violencia más o menos irónica.

Según Biskind, la venta de la sáfica Go Fish (Rose Troche, 1994) a The Samuel Goldwyn Company fue el primer paso hacia la transformación de Sundance en film market de posibles taquillazos indie, lo cual no implica que las siguientes ediciones carecieran de títulos dignos de verse. Los hermanos McMullen (Edward Burns) y el documental Crumb (Terry Zwigoff) se llevaron las categorías reinas en 1995, mientras que el 96 fue el año de Tod Solondz con Bienvenido a la casa de muñecas.

Nombres como Wes Anderson con Bottlerocket, James Mangold (Heavy), Alexander Payne (Ruth, una chica sorprendente) y Mary Harron (Yo disparé a Andy Warhol), sin olvidar a otro Anderson, Paul Thomas de nombre, cuyo corto Cigarettes and Coffee se había proyectado en 1993, también pisaron un Sundance cuyo aura iba desvaneciéndose poco a poco: llegado 2001, cuando Christopher Nolan causaba sensación en el certamen con su Memento, los modos y las aspiraciones del indie noventero eran ya cosa de arqueología.

En cuanto a Teresa Taylor, la chica que había dejado picueto al público en aquella escena de Slacker, falleció en 2023 a los 60 años. Su último mensaje en Facebook, publicado dos años antes, terminaba: “Me lo he pasado genial. ¡Chao!”. Y la verdad es que, como epitafio para una época, la frase no está nada mal.

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Yago García
Redactor 'Cinemanía'

Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Sus textos se publican en la revista Cinemanía desde 2005. Ha sido miembro fundador de Canino, web dedicada a la cultura popular, y redactor en el diario ADN, además de colaborador en medios como Mondo Sonoro, Neo2 y On Madrid-El País.

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