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Por qué ‘Succession’ pasará a la historia

Aprovechamos el fulminante final de la tercera temporada para analizar por qué la ficción de HBO Max merece estar en el pódium de las mejores series de televisión
Succession
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HBO Max

ALERTA SPOILER: Si no has visto las tres temporadas de Succession te recomendamos que no sigas leyendo.

“Ver a tu familia derrumbarse es uno de las actividades más profundamente satisfactorias en el planeta Tierra”. Lo dice un personaje secundario de Succession pero sin duda nos representa como espectadores. La autoconsciencia de esta serie de HBO Max que ya se cuenta entre las mejores de todos los tiempos es tal que no es raro encontrarse este tipo de guiños a los espectadores a lo largo de sus capítulos. Efectivamente, ver a los Roy destruirse, boicotearse, destrozarse, insultarse y humillarse se ha convertido en los últimos años en una de nuestras aficiones preferidas. Intentemos desgranar a lo largo de este artículo por qué.

Los Roy hacen buenos a los Lear

En el reciente y polémico perfil de Jeremy Strong publicado por el New Yorker el intérprete contaba que cuando Adam McKay le ofreció el papel de Kendall Roy se refirió a Successión como El rey Lear de los medios de comunicación. Pero, sinceramente, Succession y sus protagonistas hacen buenos al rey Lear, a sus tres hijas y a los maridos de estas.

Inspirados en la familia Murdoch –dueños de Fox News; ATN en la serie–, los Roy despliegan sus luchas de poder a lo largo de tres temporadas, cada una mejor que la anterior. Capítulo a capítulo Logan Roy, el patriarca de la familia, juega con las ambiciones de sus tres hijos, Kendall, Roman y Shivon, por ocupar su lugar en la empresa, Waystar Royco. Así empieza la serie, cuando Logan, a pesar de su debilidad física, le quita el puesto prometido a su hijo mayor, Kendall –con el perdón de Connor–. Esa traición shakesperiana es el punto de partida de un inteligentísimo baile de las sillas musicales entre los miembros de la familia.

La relación de Kendall y Roy tiene un peso especial a lo largo de las tres temporadas de Succession. Con tintes psicoanalíticos, su trama podría resumirse en tres palabras: “Matar al padre”. Los personajes verbalizan este concepto tanto en su variante de tragedia griega como en la freudiana, e incluso en la de la cultura Inca (“los incas sacrificaban a sus hijos para que volviese a salir el sol”, dice Logan en un momento dado), pero quizás el momento más significativo sea cuando el magnate le dice a su hijo que no es un asesino (“You are not a killer”). Es evidente que se refiere a que carece de instinto asesino para los negocios (considera que ha sido demasiado débil en la compra de Vaulter, el VICE que los Roy se compran y destrozan de un día para otro), pero a nadie se le escapa el sentido alegórico freudiano: si no mata al padre, Ken se puede olvidar de ascender.

No ascender en la familia Roy y no madurar son casi la misma cosa. De ahí, que Kendall sea un niño en muchos aspectos. Un niño que se mueve por capricho. Que hoy compra unas zapatillas de marca Lanvin de 1500 dólares para impresionar a las dueñas de una empresa que quiere comprar y mañana compra un medio digital. Pero también un niño que hace lo que le dice su padre, como le explica al dueño de Vaulter después de despedir a toda la plantilla. Un niño al que su padre salva de sus muchas y monumentales cagadas –la más grande, obviamente, la del final de la primera temporada–.

Pero Logan no solo manipula a Kendall. A pesar de ser menos débiles que su hermano mayor, y más sibilinos, Roman (Kieran Culkin) y Shivon (Sarah Snook) caen constantemente en la falsa promesa de que ellos serán los herederos del imperio mediático construido por su padre. Shivon, además, ha de vérselas con el machismo imperante en las altas esferas. En el séptimo episodio de la tercera temporada Roman se lo deja claro: “Los hombres nos hemos reunido en el club de caballeros y hemos decidido que no te necesitamos, que podemos ocuparnos nosotros, cariño”. Las alianzas entre los hermanos, por tanto, son escurridizas e incluso imposibles a lo largo de las tres temporadas de Succession. Un símbolo impecable es el Caballo de Troya y los donuts que Kendall recibe en su casa en el segundo capítulo de la tercera temporada, cuando sus hermanos se reúnen con él después de la gran traición. Cortesía de Logan, claro.

Succession
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Lo más fascinante de la manera en la que Logan ha educado a sus hijos es la incapacidad de separar los negocios de la vida, la ambición profesional del amor, el cariño de la estrategia financiera. "Es un buen chico y puede que algún día sea él, lo lleva en la sangre”, le dice en la última temporada Logan a uno de sus accionistas, Josh Aaronson, interpretado por un desaprovechado Adrien Brody. Son las únicas buenas palabras que Logan le dedica a Ken a lo largo de la serie y no tenemos duda, él sobre todo, de que no son sinceras. Sin embargo, Ken, en su caída a los abismos, va perdiéndole el respeto a decir lo que piensa sobre su padre: “No quiero ser como tú, papá. Tú eres corrupto y el mundo es corrupto, por eso te ha ido bien. Tú ganas”, le dice en la última temporada.

Cualquier viaje o reunión familiar lleva implícito trabajo y decisiones empresariales, da igual que sea la luna de miel de Shiv y Tom o el fin de semana en la casa de Los Hamptons. En ese sentido, es paradigmático Austerlitz, el capítulo de la primera temporada en el que la familia se reúne en el rancho de Connor para una terapia familiar que es una tapadera para que suban las acciones. Por supuesto, no resuelven absolutamente nada (al revés, salen todos los problemas a flote: las adicciones de Ken, la disparidad ideológica de Shiv, las raras filias sexuales de Rom...) y además consiguen que el terapeuta (Griffin Dunne, sobrino de Joan Didion) se deje los dientes en la piscina. Para redondear la apuesta, Logan se jacta de que todo lo que ha hecho en la vida lo ha hecho por sus hijos.

Los personajes están tan bien escritos que me leería la biblia de 'Succession' como un libro.

Uno de los lugares comunes que sobrevuela el éxito de Succession es el espectador que abandona el visionado después del primer capítulo porque los personajes son demasiado desagradables. Probablemente, solo haya un personaje con código en una de las historias más corales de la televisión y este es Ewan Roy, abuelo de Greg que odia foribundamente a su hermano Logan. Todos, absolutamente todos los personajes de Succession son amorales, desde la madre de Shiv, Roman y Ken (“la malvada bruja del este”, la llaman sus propios hijos), interpretada por Harriet Walter, hasta el supuestamente impecable político demócrata para el que trabaja Shiv en la segunda temporada (Eric Bogosian).

Pasado el shock inicial, resulta francamente difícil retirar la mirada de estos personajes. Empezando por Logan, que concita la siguiente frase de uno de los mejores personajes esporádicos de la serie, Rhea Jarrell (Holly Hunter): “No veo lo que hay en el fondo de la piscina. No creo que haya nada que te importe de verdad y eso me asusta”. Con sus temibles “fuck off” siempre en la punta de la lengua y todas las gamas de la ira con que lo interpreta Bryan Cox, los guionistas de Succession ni siquiera necesitan indagar en su pasado (más allá de ese premio que recoge en Escocia, donde recuerda que en su infancia eran pobres como ratas) para dibujar un personaje a la altura de Tony Soprano o Walter White.

Succession
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Cinemanía

Pero admitamos en ese selecto club de hombres de ficción a Kendall Roy, todas sus capas, interpretadas magistralmente por Jeremy Strong. Ken está tan bien escrito que todavía no he podido ponerme de acuerdo con mis amigos en si merece nuestro odio o nuestra pena. Desde luego, es más fácil empatizar con él que con su padre. ¿Y si todo lo que hemos visto de él en las tres temporadas fuese una enorme crisis de los cuarenta cocainómana y egocéntrica? Fan del rap, de Bojack Horseman, del stand up comed y del juego “Good Tweet, Bad Tweet”, es imposible no cogerle cariño. Aunque una de las primeras cosas que sepamos de él, cuando la pérfida Rava (Natalie Gold) nos lo presenta, sea que esnifó cocaína en los iPads de sus hijos pequeños.

En el apartado de las relaciones tóxicas merecen un apartado especial Shivon y Tom, cuya decadencia marital con un inesperado fin último aparece diligentemente sembrada a lo largo de las dos últimas temporadas. El acuerdo prenupcial sin cláusula de infidelidad, una conversación sobre tener descendencia que es como una película de terror y frases como “Tom, puede que no te quiera pero te quiero” son algunos de los hitos de la convivencia conyugal. Hasta esa escena en la que él, soberbiamente interpretado por Mathew MacFayden, le dice: “Me pregunto si estando sin ti estaría tan triste como estando contigo”. 

Uno de los grandes misterios de la serie, que se explicita en las preguntas de varios personajes, es qué hace Shivon con Tom, un marido que aparentemente es poca cosa para ella. Pues aquí va una teoría: Shivon no lo quiere como a una pareja sentimental sino como un analista que trabaja para ella y con ella para hacerse con el poder de la empresa. De hecho, en el capítulo tercero de la segunda temporada, cuando Shivon liga con un actor y este le pregunta si Tom es un novio celoso ella contesta: “No, es un tío que trabaja para mí”.

No hay nada más frío que el fuerte abrazo del capitalismo. Succession es un asiento de primera fila al ocaso de un imperio mediático. Su medio de transporte favorito son los helicópteros privados por cielos nublados, tan nublados como el futuro del sistema financiero. Y, seamos honestos, todo lo que pasa en Nueva York tiene aires de otoño. Este drama inspirado en Rupert Murdoch y con aires de Arrested Development (pero con más mala leche) tiene luchas corporativas, ambición, poder y política. ¿Alguien da más?, , Temporadas 1 y 2 en HBO.
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En una familia que no sabe separar los intereses del afecto, ninguna de las parejas de Succession representa un ejemplo a seguir, como refleja este gracioso artículo que podría haberse publicado en Vaulter. Ni Connor (Alan Ruck) y Willa (Justine Lupe), ni Logan con Marcia (Hiam Abbass), ni Roman con sus sucesivas novias, tan castas, ni por supuesto con Gerri (J. Smith-Cameron), con quien da rienda suelta a sus fantasías sexuales y a sus fotopenes. Quizás el romance más puro de Succession es el de Greg y Tom. Al fin y al cabo, ya sabemos que no puedes hacer una “Tomlette without breaking a few Gregs”.

Ese tono irrepetible entre la tragedia y la comedia, entre lo dramático y lo ridículo

Una de las mayores virtudes de Succession es su tono. Un tono que inventó su creador Jesse Armstrong pero que probablemente le deba mucho al productor ejecutivo de la serie junto a Will Ferrell, Adam McKay. McKay se ganó nuestra admiración eterna con comedias absurdas como El reportero: La leyenda de Ron Burgundy o Hermanos por pelotas. Ahora acaba de estrenar No mires arriba, protagonizada por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, y despliega en ella ese mismo tono que conjuga lo dramático y lo cómico como nadie más sabe hacerlo en el cine o la televisión.

La línea que separa lo cómico de lo trágico en Succession muchas veces es indistinguible. Podemos ser testigos de las burradas más grandes de la familia Roy pero siempre con la distancia suficiente para reírnos de ellas. Como le dice Tom a Greg cuando los recolocan en ATN y este último manifiesta sus reparos morales: “Esto no es una historia de Charles Dickens”.

'Succession'
'Succession'
Cinemanía

Pero quizás las mejores muestras de este tono tragicómico estén en el último capítulo de la tercera temporada, cuando un Kendall devastado se confiesa ante sus hermanos como un asesino (pero no como su padre hubiese querido) y Roman, en su roll de lacayo gracioso, consigue que pase de las lágrimas a la risa tirando de humor negro. 

Es un tono además, el de Succession, de una intensidad sin precedentes en la televisión. La serie está siempre tan arriba, en parte por su soberbia banda sonora, que el espectador tiene la falsa sensación de que están pasando muchas cosas importantes constantemente, pareciendo muchos capítulos el final de temporada. Sin embargo, si analizamos capítulo a capítulo los hitos de la trama no son tantos como parecen.

Mucho de ese tono estaba ya en el guion, pero también en los finísimos trabajos interpretativos de los actores (tengamos en cuenta que en Succession muchas veces lo que no se dice, el subtexto, es más importante que lo que se dice, de ahí que los gestos y silencios de los personajes sean tan importantes) y en el estilo visual de la serie: esa cámara en mano que evoca a Celebration, una de las referencias de Jesse Armstrong, que nos obliga a observar a los personajes como si estuviésemos allí con ellos, reaccionando cuando hablan con zooms rápidos y reencuadres dentro del plano.

Una descripción hiperrealista de lo que significa ser millonario

“Mira, hay algo que está claro de ser rico: es una jodida maravilla”, dice Tom Wambsgans en algún momento de la serie. Pero, por mucho yate, penthouse de lujo y casa en Los Hamptons que apele a esa jodida maravilla, la riqueza de los Roy no resulta nada apetecible. No solo porque sepamos cómo Logan Roy ha amasado su fortuna –dando pábulo al infotainment irresponsable en sus medios de comunicación– sino porque las muestras de su riqueza están huecas. A veces incluso parecen miserables, tanto como tumbar un pacto millonario que va a salvar la empresa familiar porque no quieres desprenderte de tus jets privados.

Brian Cox como Logan Roy en 'Succession'.
Brian Cox como Logan Roy en 'Succession'.
Cinemanía

Pongamos un ejemplo. En Too Much Birthday, la egomanía hecha fiesta de cumpleaños, descubrimos que Kendall vive en Hudson Yards, una localización que no puede haber sido elegida sin intención. Hudson Yards es un reciente complejo urbanístico, el más caro en la historia de EEUU, cuya construcción levantó más de una ampolla entre los ciudadanos de la Gran Manzana, sobre todo desde que Kriston Capps publicase que el proyecto se financió de forma dudosa: con un programa que otorgaba visados para para inmigrantes que invirtiesen en barrios desfavorecidos. Hudson Yards está entre Bryant Park, Chelsea y Times Square, así que de desfavorecido nada. El edificio estrella de este complejo, Vessel, de Thomas Heatherwick, es una horterada de dimensiones gigantescas. Además, permanece indefinidamente cerrado desde que un chico de 14 años se arrojó desde lo alto. Era el cuarto suicidio desde su apertura.

Es un entorno perfecto para los Roy. Hiper lujo vacío. Riqueza edificada sobre una mentira. O muchas. Una se para a pensar en todos los escenarios que ha visto a lo largo de la serie, los áticos de usar y tirar de Kendall (“es la semana de la moda, todos los áticos buenos estaban cogidos”, dice en un momento dado desde un pisazo espectacular), el yate, los jets, los helicópteros, el rancho de Connor, el castillo de Caroline, la casa de los Hamptons... Todos estos espacios tienen algo en común: el vacío. Son no lugares, arquitecturas lujosas pero sin historia. Es difícil imaginar en ellos a los Roy compartiendo momentos del pasado. La demostración definitiva es el regalo de cumpleaños que Shivon le hace a su padre en la segunda temporada, un álbum de fotografías familiares de todas las casas que poseen y él ni siquiera las reconoce como suyas. Es tan incuestionable que poseen un valor económico altísimo como que carecen de valor sentimental.

El reparto de 'Succession' (HBO).
El reparto de 'Succession' (HBO).
Cinemanía

Pero quizás la escena que mejor refleje el escaso valor de la riqueza para los miembros de la familia Roy sea la del partido de beisbol al final del primer capítulo, cuando Roman le ofrece un millón de dólares a un niño que pasaba por allí si completa un home run. El niño no lo consigue pero a cambio del millón Logan Roy le regala el carísimo reloj que Tom Wambsgans le ha regalado por su cumpleaños, un Patek Philippe. “A mi padre no le gustan los regalos materiales”, le había advertido Shiv en una línea de diálogo aparentemente trivial y, sin embargo, cargada de significado.

Un retrato descarnado de cómo funcionan las cosas al más alto nivel

Hay muchos momentos en Succession en los que se nos explica cómo funcionan las cosas entre las altas esferas pero mi favorito puede ver en la tercera temporada, en el capítulo en el que Gerri llama a la Casa Blanca para que el Ministro de Justicia tape el escándalo sexual que acecha a la división de cruceros de Waystar Royco. 

Unos capítulos después, Logan vuelve a insistirle a la segunda del presidente con el mismo tema, esta vez con amenazas. Lo siguiente que sabemos es que el presidente de EE UU ha dimitido y, de hecho, Succession dedica un capítulo entero de su tercera temporada a contarnos cómo los Roy tienen asiento preferencial para elegir al nuevo candidato republicano (ojo al que cita a Franco que seguro que reaparece en la cuarta temporada). 

Logan le dice a Shivon: “Las leyes son personas y las personas son política y yo sé manejarme con las personas”. Y ella aprende rápido, cuando le toca censurar a uno de los periodistas de ATN y este amenaza con hacerlo público: “Lo que pasa con mi familia es que nada nos avergüenza”.

El degradado panorama mediático que encantó a los periodistas

Si hay quien está comparando Succession con Juego de Tronos bien podríamos sustituir el lema “Winter is coming” por “Tech is coming”. Las tecnológicas como amenaza al imperio de grandes grupos mediáticos es el telón de fondo de las siempre aparatosas operaciones de Waystar Royco. El pobre Alexander Skarsgård, que siempre tiene que hacer de tipo amoral, representa aquí a los gurús tecnológicos que han venido a zamparse la tarta publicitaria que una vez perteneció a los medios de comunicación.

Sarah Snook ('Succession') protagonizará una nueva adaptación de Jane Austen
Sarah Snook ('Succession') 
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Pero además de esa tensión que se describe tangencialmente y que sin embargo amenaza con acabar con el poderoso Logan Roy y en la última temporada a sus retoños, Succession se adentra también en las tripas de ATM. Al ascenso de Tom le debemos esa maravillosa conversación con Cyd Peach, la directora de informativos interpretada por Jeannie Berlin, que llama a Tom “idiota que bebe café latte y lleva un corte de pelo carísimo mientras que trata de forma condescendiente a sus espectadores”.

Por otro lado, la llegada de Roman y Ken a Vaulter nos adentra el periodismo clickbaitero estilo VICE y sus algoritmos que cambian despiadadamente. Mientras los hermanos desarman esta suerte de VICE sin comité de empresa, en una de las pantallas de fondo podemos leer el titular “Cinco razones por las que beber leche en el retrete te cambiará la vida”, probablemente el mejor retrato de los medios de comunicación en la actualidad que ha hecho la televisión.

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