Mateo Gil y Eduardo Noriega: 15 años después

'Blackthorn' les volvió a unir para rodar un 'western' en el Altiplano boliviano. CINEMANÍA les junta para ver cuánto han cambiado desde que se conocieron haciendo cortos. Por IRENE CRESPO
Mateo Gil y Eduardo Noriega: 15 años después
Mateo Gil y Eduardo Noriega: 15 años después

–¿Cuáles son tus planes, Butch? –Bolivia. –¿Y qué es eso? –No seas ignorante, Sundance, Bolivia es un país. Un país en el que acabaron Butch Cassidy y Sundance Kid. El listo y el rápido. Líderes de la Banda del desfiladero, a finales del siglo XIX huyeron de la ley norteamericana hasta el desconocido país en busca de sus minas y allí, se cree, murieron tiroteados por el ejército boliviano en 1908. Al menos, así lo cuenta la Historia y así lo contó George Roy Hill en Dos hombres y un destino (1969), aunque la imagen se congelara antes de ver desangrados a Paul Newman (Butch) y Robert Redford (Sundance). “Blackthorn juega con esta idea de que los dos amigos supuestamente murieron allí, pero hay muchas dudas: no se encontraron los cadáveres, hay gente que vio a Cassidy años después…”, nos explicó Mateo Gil (Las Palmas, 1972) el año pasado recién vuelto del rodaje en el Altiplano boliviano donde se había pasado a más de tres mil metros de altitud casi ocho meses.

Aprovechando estas incertidumbres, “Blackthorn arranca 20 años después de la presunta muerte de Butch Cassidy, cuando él, que pasó todo este tiempo criando caballos en un ranchito escondido en Bolivia bajo el nombre de James Blackthorn, decide volver a casa”. Sam Shepard (“Un señor cowboy”) interpreta al ex bandolero que se encuentra con un ingeniero español que acaba de robar una mina. Obligados a huir juntos, emprenden “una especie de road movie a caballo”, como la define Mateo Gil. Eduardo Noriega es el aprendiz de bandido y fue el primero en entrar en el reparto. “Obviamente, porque el personaje le iba muy bien y trabajamos muy a gusto”, dice Mateo Gil de su amigo, con quien 15 años después de su primera película juntos, Tesis, también emprendió un viaje hasta Bolivia… algo más cómodos que Butch y Sundance. Esta es nuestra entrevista, que puedes encontrar en el número de julio de CINEMANÍA.

Vamos a empezar desde el principio del viaje, ¿cómo y cuándo os conocisteis?

Eduardo Noriega: Nos conocimos por azar, porque nos encantaba este trabajo y coincidimos en un corto completamente amateur hecho por un grupo de estudiantes de Imagen y sonido entre los que estaban Amenábar, Mateo Gil, Carlos Montero… y yo fui uno de los actores que participé en sus cortos desde el comienzo. Eso fue en 1993, a principios.

Mateo Gil: Hemos encontrado una foto de aquel primer corto juntos, En casa de Diego, estamos los cuatro en un cuarto de baño. Se nos ve totalmente críos.

EN: Ni me acuerdo del corto. Yo me presenté por un anuncio, que aún debo de tener por casa, en el que ponía: “Cásting para corto en Hi8 sin remunerar”.

MG: Yo hice la iluminación y la percha… porque lo he visto en la foto, tampoco me acuerdo [risas]. Alejandro estaba en la cámara y controlaba el sonido. Fue el primer corto que hicimos con la cámara que luego llevas tú como Bosco en Tesis: la V5000 de Sony.

EN: ¿Pero la que yo llevo es la XT500?

MG: Le pusimos ese nombre, pero era la cámara que se compró Alejandro y usamos en todos los cortos.

EN: Recuerdo que para aquel cásting tuve que leer un texto de Hannah y sus hermanas, y hacer una pequeña improvisación a partir de él. Por culpa de Alejandro, Carlos [hoy guionista de TV] no me dio el protagonista en aquel corto. Pero ya rodándolo, Alejandro me habló del guión de su siguiente corto, Luna.

¿Con Luna empezasteis a ser conocidos?

MG: No, con Luna Alejandro ganó un premio para rehacerlo en 35 mm. Pero el más exitoso de todos los cortos fue Himenóptero. Carlos Montero hizo dos. Yo hice otros dos como director. Y Alejandro, tres. En el primero de Alejandro, La cabeza, sí que éramos dos, él y yo, con un sistema aún más casero: el VHS.

EN: Bueno, en ése erais Alejandro y tú, y luego en los siguientes éramos siete…

MG: En Luna, de hecho, éramos cinco. Carlitos echando un cable con la luz, que era un flexo.

EN: Me acuerdo perfectamente de él en Paracuellos, se quedaba dormido sujetando la luz. Y la madre de Alejandro nos hacía los bocatas.

¿Y ese mismo año pasasteis a un equipo profesional en Tesis?

EN: Sí, la rodamos en el 95. El año anterior Alejandro había movido su guión, en cuyo argumento colaboró Mateo, por diferentes productoras hasta que le llegó a Cuerda y en dos días aceptó. Alejandro había pensado en mí desde el principio, pero no sabíamos lo que nos impondría la productora. Por suerte coló. Mateo estuvo de asistente del director, codo con codo con Alejandro en la planificación y el making.

MG: Como había hecho la fotografía de los cortos, me encargaron el vídeo, que era el operador, imagínate qué responsabilidad… Trabajamos con pesos pesados y nosotros éramos muy jóvenes.

EN: Pero fue un rodaje plácido, cinco semanas para un primer montaje, sacábamos 20 planos cada día, todo el mundo se ponía a las órdenes de Amenábar. Yo después de ese rodaje tan bueno, tuve alguno en el que me di con la realidad.

¿Cómo vivisteis aquellos primeros Goya?

EN: El éxito de Tesis, de hecho, vino después de los Goya. Hoy me siguen recordando Tesis donde vaya.

MG: Yo no fui a los Goya, los vi en la tele.

EN: Mateo quiere ser Terrence Malick, pero nada, ya todo el mundo tiene tu cara.

MG: [risas] Pero querría serlo a todos los niveles, no sólo por no salir en público…

EN: Bueno, tú no fuiste a la ceremonia, pero luego fuiste a la fiesta de celebración en el Pepe Botella [un bar de Madrid].

¿Enganchasteis el éxito con Abre los ojos?

EN: Sí, fue muy rápido: nos aceptaron el guión en el 96, empezábamos a rodar en mayo de 1997, pero para la escena de la Gran Vía tuvimos que rodar aquel verano porque sólo se podía cortar el 15 de agosto de 1996… Y lo hicimos con un guión no definitivo, que coescribió Mateo con Amenábar.

MG: Sí, la idea surgió en una conversación tonta sobre la inmortalidad… Pero lo escribimos muy rápido y éramos muy jóvenes. Los dos nos quedamos con ganas de madurarlo más, aunque la idea estaba.

EN: Obviamente erais jóvenes y era un proyecto muy ambicioso, porque para éstos dos no había techo, y por eso tuvieron tanto éxito.

¿Ése ha sido el secreto de vuestro éxito: los riesgos, no tener miedo a nada?

MG: Dicho así en frío…

EN: Yo creo que la osadía de los 23 no se repite a lo largo de la vida, afortunadamente. Pero sí es cierto que Ágora, por las dimensiones, es arriesgada.

MG: Mar adentro también era muy arriesgada…

EN: Y el western que ha hecho este hombre… irnos a Bolivia con un actor gringo, allí a ver qué pasa y rodar en inglés… Eso es tener unos huevos.

MG: Blackthorn me ha salido precisamente porque los proyectos en los estaba eran demasiado arriesgados.

EN: Como Pedro Páramo, que ya querías hacer desde aquella época de 1995, era tu libro de cabecera.

MG: No sólo se puso en marcha, íbamos a rodar…

EN: Esta industria es muy complicada… Bienvenido sea ahora que se haya caído Pedro Páramo: hemos sido capaces de hacer esta historia. Cuando estábamos allí aún no creíamos lo que estábamos haciendo.

MG: Está muy difícil, yo creo que hemos llegado al límite-límite para poder hacerla y por los pelos.

¿Por qué?

MG: La peli tiene una especie de vocación clásica que también es arriesgada… Remite a muchos westerns de los años 60 incluso, un estilo, en parte, que se fue decidiendo durante el rodaje, porque la mayoría de las cosas que yo tenía pensadas eran imposibles.

EN: Mateo quería rodar en scope y al llegar a Bolivia nos dimos cuenta de que destacaba la verticalidad.

MG: Rodamos en 85, pero luego en postproducción reencuadramos a scope… Misterios de la fotografía.

Volvemos atrás, a Nadie conoce a nadie, vuestra anterior peli juntos.

EN: Antes hicimos un corto, Allanamiento de morada, que también dio la vuelta ganando premios y partió de una experiencia personal de Mateo…

MG: Antes de trabajar en el Pepe Botella, mientras estudiaba, vendí enciclopedias. Antes de Nadie conoce a nadie, colaboré en La lengua de las mariposas, la razón por la que me perdí el guión de Los otros.

EN: Nadie… fue pegadito al estreno de Abre los ojos…

MG: Sí, me encargaron la adaptación de la novela para otro director y al final me tocó. Fue otro proyecto arriesgado en otro sentido. Era la peli fuerte del año de Sogecine: con un presupuesto y unas expectativas comerciales muy altos para una ópera prima. Fue un paso complicado para los dos.

EN: Pero funcionó muy bien en taquilla, como Abre los ojos. Yo creo que si piensas ahora en aquella época era como para creerse invencible.

MG: No, nunca me lo tomé así. De hecho, llegué a pensar si hacerla porque no era el tipo de cine que quería hacer, pero, claro, te ofrecen la posibilidad de pasar a la dirección… y nos lanzamos.

¿Y después se te quitaron las ganas de dirigir?

MG: Durante un tiempo, sí, porque fue una experiencia heavy para mí. Además quería volver al guión, hice una tv-movie, un par de guiones con Alejandro (Mar adentro y Ágora), otro corto (Dime que yo), Pedro Páramo que fueron tres años de trabajo…

¿En Pedro Páramo no estaba Eduardo?

EN: No, por eso no salió… pero por fin se ha dado cuenta de que sin mí… [risas].

¿Pero en Blackthorn sí que estabas?

EN: Leí el guión hace mucho, y ya entonces me apeteció. He dejado de hacer pelis por Blackthorn. Es un sueño para cualquier actor, y más para un actor español, rodar un western. Estoy muy orgulloso de esta peli.

¿Pensasteis alguna vez que haríais un western?

MG: De forma abstracta, supongo, para todo director de cierta edad es como una pequeña fantasía.

EN: Los sábados ponían siempre un western, es parte de nuestra infancia, sin ser conscientes de que nos gustara el cine ni saber lo que era el género, lo que nos gustaba de niños eran las películas de vaqueros.

MG: El buen cine era el western.

FOTO: Juan Lafita

VÍDEO: Mateo Gil y Eduardo Noriega eligen en 'Rebobine, por favor' sus westerns favoritos.

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