Las noches de fiesta en las películas

Llega el momento de salir y volver a esas noches alegres en las que pasaban demasiadas cosas y que siempre terminaban igual: con una larguísima vuelta a casa.
Una escena de 'Todas las noches sin dormir'
Una escena de 'Todas las noches sin dormir'
Cinemanía

“Si no puedo bailar, no es mi revolución”. La famosa frase de Emma Goldman, anarquista, feminista, agitadora y valiente mujer de principios de siglo es eterna porque ¿quién demonios querría vivir en un mundo en el que no se pueda bailar?

Bailar en espacios oscuros, o al aire libre, bailar muy borrachos y pensar qué bien lo estamos haciendo hasta que al día siguiente alguien te enseña un video donde, por supuesto, haces el ridículo. También se puede bailar bien, claro, entrenarse y darlo todo consciente de lo que molas. Hacerse un John Travolta en Fiebre Sábado Noche.

Montar hogueras en las playas y bañarse con poca ropa mientras algún proveedor del buen ambiente aterriza en esa orilla con unos amplificadores para bailar lo que sea que suene.

Beber en un bar y luego irse a otro para después irse a otro y terminar en el que sea hablando de tantas cosas que, sinceramente, acaba dando igual.

Enamorarse, por supuesto. Quedarse clavado mientras ves bailar a ese ser humano que te llevarías a tu cama sin dudarlo. Hablar con alguien que te mire como nadie te había mirado (o quizá solo está en tu cabeza pero qué más da si la narración de tu vida es tuya).

Conocer gente nueva, descubrimientos increíbles, diamantes de personas que quizá no veas más o de las que quizás te cuelgues unas cuantas noches o toda la vida, porque quién sabe.

Y por último la vuelta a casa, que puede ser dulce o hacerse eterna. Llena de obstáculos por la calle, cogiendo un par de líneas de metro, todo está borroso, quizá salga el sol un poco y te sientas desubicado o quizá ni siquiera recuerdes nunca ese camino de regreso.

La vida es hermosísima por sí sola y no le hace falta ninguna representación artística, pero el cine es nuestra religión y tenemos unas cuantas películas que quizá no conozcas sobre esta mandanga que es “salir, beber, el rollo de siempre”.

DE TRANQUIS

‘Los Ilusos’ de Jonás Trueba

Jonás Trueba es un amante de los reencuentros, sobre todo en Madrid -qué ciudad esta repleta de vida, de contradicciones, a la que odias y amas y cuyos mejores retratos actualmente son los de un director afrancesado, un Rohmer castizo-. La película de Los Ilusos es una búsqueda porque sus protagonistas buscan todo el tiempo cosas: el amor, la creatividad... Intentan encontrar dentro de ellos algo que les sirva para contar historias, son cineastas o escritores o actores, son artistas, se recorren Madrid cerrando los bares más viejos de la ciudad, tabernas con barras de madera antiguas, con las paredes llenas de espejos, amanecen en plazas concurridas por la mañana, se levantan con desconocidos pero sin demasiado drama.

Los Ilusos es la perfecta representación de esos días que sales de tranquis y te lías un poquito. Esas noches que se estiran y no son especialmente cañeras porque también hay que pasárselo normal, como dice Íñigo Errejón y no tenemos porqué terminar todas las historias de amor que comenzamos por las noches, puede ocurrir como en algunas de las obras maestras de Rohmer, que importe más lo que no pasa, que lo que pasa.

EL BAILE

‘Eden: Lost in music’ de Mia Hansen-Love

Esta película es un inmenso y maravilloso retrato generacional y está hecho de casualidad porque lo que quería Hansen-Love era contar la eclosión de la música electrónica en Paris. 20 años en los que Daft Punk fueron los que lideraron el movimiento french touch. 20 años en los que el DJ protagonista intenta triunfar en la industria persiguiendo sus sueños descubriendo lados no muy amables de la fama y quedándose pillado en el tiempo sin capacidad de avanzar o asumir la edad adulta.

Pero en este recorrido Mia Hansen-Love nos deja enormes fiestas bañadas de electrónica, de esos ritmos repetitivos que electrizan nuestros órganos, que nos hacen vibrar, que nos llevan de una sala a otra durante toda la noche. En este sentido es la noche parisina de fiestas en barcos en el Sena, de casas repletas de gente con las manos arriba y también polígonos enteros llenos de cuerpos que danzan con una extraña sintonía durante 48 horas seguidas.

Y al final del periplo Mia Hansen-Love acaba su película de una manera brillante, como tantas noches que hemos pasado que se acaban contigo aburrido en mitad de una sala con música que ya has escuchado y con gente que ya te has cansado de ver y te preguntas qué haces allí, la directora le da a su protagonista un despertar más cercano a ese sentimiento de apatía, porque a veces los sueños no se rompen de manera abrupta, claro, a veces tienen un soporífero final.

‘Climax’ de Gaspar Noé

La película de Gaspar Noé es una crisis psicodélica colectiva. Jóvenes bailarines toman LSD mezclado con sangría, lo toman accidentalmente así que los efectos les son ajenos.

Si el espectador no ha tomado nunca ninguna droga psicotrópica no le va a hacer falta para saber qué se siente, porque Gaspar Noé alcanza los límites de la consciencia con esta orgía de baile, de música electrónica, de deseo, de pesadillas, de texturas, y tremendamente confusa que es Clímax.

Una película indescriptible y tremendamente hipnótica.

‘Todas esas noches sin dormir’ de Michal Marczak

En el verano en Varsovia dos amigos quieren experimentar la vida al límite. Las noches se suceden unas a otras y las fiestas no terminan nunca. Un festival de hedonismo donde no cabe preguntarse por ese futuro que parece que no llegará nunca.

Michal Marczak usa material real para hacer este recorrido documental y crudo de fiesta en fiesta, bailes eternos en mitad del bosque o en la playa, raves donde ocurre todo y nada, mientras reflexionamos sobre una generación obsesionada con la diversión, el sexo, el baile, el alcohol y el disfrute más puro.

“Diez mil cigarrillos. Tantas respiraciones y tan pronunciadas de diez mil cigarrillos”. 

LA NOCHE SE COMPLICA

¡Jo, qué noche! de Martin Scorsese

Una de las películas más importantes, y también desconocidas, de Martin Scorsese es ¡Jo, qué noche!. Un tipo de Nueva York llamado Paul Hackett regresa aburrido a su apartamento después del trabajo y decide salir a cenar, en el restaurante habla con una misteriosa mujer con la que se intercambia el número, al salir decide llamarla y aunque es tarde se va en taxi a su loft del SoHo, en el taxi pierde el único dinero que tiene, 20 dólares, y de aquí de mal en peor.

La cita se vuelve rarísima y se marcha, pero sin dinero para volver merodeo por los distintos barrios de Nueva York poblados por los seres de la noche, un barman muy chungo, una dominatrix y su novio vestido de cuero, una psicópata que conduce un camión de helados, ladrones, y cuando todo parece mejorar un nuevo giro le deja en una situación hasta que acaba clamando al cielo como el santo Job.

¿Y a quién no se le ha complicado una noche nunca? Todos hemos sido Paul Hackett alguna vez. Porque las pesadillas también se hacen realidad. 

‘Victoria’ de Sebastian Schipper

Victoria es un poderoso ejercicio de puesta en escena, hipnótico y frenético, en el que el director Sebastian Schipper rueda toda la película en un único plano secuencia con el también único escenario del barrio de Berlín llamado Kreuzberg.

La cámara sigue a una joven española afincada en Berlín durante dos horas de su vida que van desde las cuatro de la mañana hasta las seis. Victoria conoce a cuatro jóvenes que comienzan la noche y la arrastran a ella hacía un momento vital que la cambiará para siempre repleto de adrenalina, huidas, bailes, besos de alivio y también llenos de fuego, arrepentimiento y sangre.

En los planos secuencia de nuestras noches no ocurren tantas cosas en dos horas, eso es cierto, pero Victoria es lo más cerca de vivir desde el sofá la madrugada más extraña y violenta posible. Cuidado, eso sí, de los extraños a los que decides colgarte en esas noches alegres. No siempre solo te pedirán bailar. 

‘Se nos fue de las manos’ de Philippe Lacheau y Nicolas Benamou

Esta película casi desconocida en nuestro país, y disponible en HBO, tiene una mezcla inverosímil de varios géneros: bien de comedia, muchísima y alocada fiesta y metraje encontrado.

Un hombre al que le falla la babysitter le deja su hijo a su empleado Franck, un joven a punto de cumplir los 30 años y al que sus amigos le están preparando una fiesta. Cuando el padre llega a casa no hay nadie, han desaparecido, pero afortunadamente hay unas imágenes grabadas con las que comprueba que nunca jamás debió haber confiado su hijo a un tipo como Franck.

Por si no existía El Quijote de las comedias familiares aquí tenemos un cinta irreverente, llena de mala leche que te lleva de la mano de una cámara inestable por una noche épica y muy difícil de olvidar. 

EL ALCOHOL, EL SEXO, LAS DROGAS

‘El valle de los placeres’ de Russ Meyer

Ya que nos metemos en faena, metámonos de lleno con Russ Meyer.

Esta película que es a la vez “una sátira, un melodrama serio, un musical rock, una comedia, una cinta de explotación violenta, una porno y una exposición moralista de lo que se llamó ‘el muchas veces mundo de pesadillas del mundo del espectáculo” -todo esto dicho por el propio Meyer- es el puro hedonismo para dejarse llevar por cualquier placer carnal que traigan las largas fiestas de cualquier índole.

Cuatro jóvenes alcanzan la fama y deciden sumergirse en el depravado mundo de alcohol, drogas y sexo hasta que descubren lo caro que pude llegar a ser tocar el cielo.

En esta película tremendamente exagerada el director se ríe de las costumbres, los géneros, las fórmulas de éxito y los personajes (algunos reales) de Hollywood. Además utiliza una fuerte violencia para impactar sobre los críticos -Sharon Tate acababa de morir en su trágico homicidio- y aparentemente, no pocos dudaron sobre si la película era una comedia consciente. 

LA VUELTA A CASA

‘L’âge atomique’ de Héléna Klotz

Esta película en la que dos adolescentes pasan la noche saliendo juntos por París es también un periplo de la vuelta a casa que el crítico de cine Daniel de Partearroyo afinó hasta considerar que “se siente muy real para la gente de la periferia”.

Efectivamente la vuelta a casa de estos dos es larga y complicada después de que uno de ellos no consigue besar a una chica mientras el otro no para de demostrar un tremendo deseo hacia su amigo, y una pelea en la puerta del garito con un imbécil del instituto, y el tren que no llega nunca y la chica desconocida de la estación y una inacabable vuelta de regreso andando en la que por supuesto se hace de día.

Fascinante jornada particular llena de poesía. 

LA RESACA

‘A Esmorga’ de Ignacio Vilar

Noches alegres, mañanas tristes. Un hombre se levanta con una terrible resaca en una aldea incierta de Galicia en un momento también incierto. Llueve o chispea, el tiempo está detenido pero la humedad se te mete hasta los huesos. De camino al trabajo este hombre se encuentra con los amigos con los que ayer tomó demasiado. Y estos todavía embriagados y de juerga le convencen para dejarse llevar durante 24 horas más donde van dejando un reguero de destrucción buscando el final último de las cosas.

Eduardo Blanco Amor es autor de la obra clásica que recomiendan en los colegios gallegos para aprender la lengua y de paso los estragos del alcohol y el exceso de los placeres llevados al brutalismo. Ignacio Villar realiza una adaptación sublime, sucia, fortísima y certera que te provocará el mismo dolor de cabeza intenso y agudo que ese con el que te levantas un domingo a deshora deseando no haber nacido.

Aunque, por supuesto, el sábado siguiente -o quizá antes- volverás a salir, volverás a beber, y a comer -porque en nuestro país una cosa no se entiende sin la otra-, a hablar de tu vida y escuchar la de los demás, a bailar y olvidarte también de vivir como decía Julio Iglesias en su canción

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