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José Sacristán, merecido Premio Nacional a un actor que recorre la historia del cine español

Repasamos la carrera del actor de 'La colmena' o 'El viaje a ninguna parte', que recibirá el Premio Nacional de Cinematografía durante el próximo Festival de San Sebastián
José Sacristán
José Sacristán
GTRES

Venancio estaría orgulloso hoy. La cosecha de ajos, medida con la que el padre de José Sacristán (Chinchón, 1937) calculaba la bonanza del año, es inmejorable. El Premio Nacional de Cinematografía que se le entregará el próximo septiembre durante el Festival de San Sebastián es el trofeo que aglutina 56 años de dedicación intachable al cine entre los que se encuentran papeles emblemáticos y verdaderas obras maestras.

Lejos quedan los años en los que el actor se paseaba por la madrileña calle Gran Vía mirando en los cines los carteles de las películas y soñando con ser como aquellos actores pintados, estrellas que coleccionaba en álbums de cromos que aún conserva. Pero entonces trabajaba en un taller mecánico en la calle Ponciano y no olvidaba el hambre que había pasado en su infancia en Chinchón, de donde desterraron a su padre después de encerrarlo en la cárcel por republicano.

Quizás fueron esos años de carestía los que lo convirtieron en uno de nuestros actores más prolíficos. Junto a Fernando Fernán Gómez, que también recordaba el hambre de la Guerra Civil y la posguerra, cualquiera podría estudiar la historia del cine español siguiendo los títulos en los que ambos intérpretes actuaron. Sacristán solía decir al respecto que “estaba en Primero de Fernán Gómez”, que era un aprendiz del maestro. Hoy podemos asegurar que esa asignatura la tiene aprobada.

Sus comienzos fueron en el teatro, medio que nunca abandonó y en el que ha hecho de todo: desde el musical El hombre de la Mancha hasta Shakespeare (La muerte de un viajante, 2000-2001) y Mamet (Muñeca de porcelana, 2016). Su debut en el cine fue en 1965, en La familia y uno más (Fernando Palacios, 1965), enlazando después algunas de las películas más taquilleras de finales de los 60 y principios de los 70: Sor Citroën (Pedro Lazaga, 1967), Cómo está el servicio (Mariano Ozores, 1968), Las secretarias (Pedro Lazaga, 1969), La tonta del bote (Juan de Orduña, 1970), ¡Vente a Alemania, Pepe! (Pedro Lazaga, 1971) o Lo verde empieza en Los Pirineos (Vicente Escrivá, 1973).

Fue el cine de la Tercera Vía el que le permitió demostrar su talento interpretando a personajes más complejos. Concretamente, la olvidada pero muy interesante Vida conyugal sana, en la que interpreta a un hombre de negocios obsesionado con los anuncios. Esta crítica de la sociedad de consumo que se abría paso en la España franquista dirigida por Roberto Bodegas y producida por José Luis Dibildos, encontró en José Sacristán al protagonista que necesitaba. De hecho, el productor en alguna ocasión comentó que Sacristán era “el españolito medio en los 70: no era demasiado galán y ofrecía el aspecto vulnerable e inseguro de los que vivimos en los 70”. Unos años más tarde, de nuevo con Bodegas, haría Los nuevos españoles.

En el 76 le llegaría un papel que era un auténtico caramelo, en la magnífica Las largas vacaciones del 36, dirigida por Jaime Camino, una de las mejores películas que se han hecho en este país sobre la Guerra Civil. Antes de terminar los 70, Sacristán protagonizaría tres títulos muy significativos en su filmografía. Uno de ellos sería Asignatura pendiente, de José Luis Garci, en la que, junto a Fiorella Faltoyano, cristalizó los aires cambiantes de la Transición y arrastró al público en masa a las salas de cine. Los otros dos fueron Un hombre llamado Flor de Otoño, de Pedro Olea, cuyo papel como transformista en un cabaret le valió la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Solos en la madrugada, en la que repetiría con Garci.

Poco después encadenaría un papel bajo las órdenes de Berlanga (La vaquilla, 1985) y dos obras maestras del cine español, La colmena (Mario Camus, 1982) o El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez, 1986), en una década en la que además dio el salto a la dirección, en Soldados de plomo (1983) y Cara de acelga (1987).

Tras unos años dedicados a la televisión y al teatro reenganchó con una nueva generación de cineastas como Javier Rebollo (El muerto y ser feliz le valió su primer premio Goya), David Trueba (Madrid, 1987) o Carlos Vermut (Magical Girl), títulos que garantizaron su permanencia en el cine español hasta hoy. Venancio estaría orgulloso, sin lugar a dudas.

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