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40 años de la muerte de John Belushi, el actor que vivió demasiado

Ayudó a crear el mito de 'Saturday Night Live', Spielberg lo admiraba y debió haber sido el protagonista de 'Los cazafantasmas', pero su carácter torrencial acabó llevándole a la tumba.
John Belushi en 'Desmadre a la americana'.
John Belushi en 'Desmadre a la americana'.
Cinemanía

John Belushi, recordado como uno de los cómicos más influyentes de la historia, tenía apenas treinta y tres años cuando fue hallado muerto debido a una sobredosis de cocaína y heroína. Su fallecimiento, ocurrido en marzo de 1982, es el arranque de una indagación que condujo al periodista de investigación Bob Woodward hasta las aromáticas vísceras del show business norteamericano donde convergen la televisión, el rock & roll y el cine.

En 1984, los hallazgos de Woodward aparecieron en Como una moto. La vida galopante de John Belushi, un libro que traza un retrato conmovedor y descarnado del malogrado humorista (y que estos días se reedita en España de la mano de Libros del Kultrum).

Soltarlo todo y marcharse

Hijo de una camarera y un inmigrante albanés, Belushi creció en los años cincuenta en los suburbios de Chicago. "Escuchaba los discos un millón de veces, hasta el hartazgo", contó su hermana Marian en el documental Belushi (en Movistar+). "De [comediantes como] Jonathan Winters, Bob Newhart... Les imitaba frente al espejo. Luego, escribía pequeñas parodias de eso y las interpretaba. Y después, una vez que empezó a hacerlo, dijo que sentía que podía llegar a algún lado con aquello".

John Belushi sacaba buenas notas, era un chaval popular (llegó a ser rey del baile de promoción), tocaba la batería en una banda de rock y participaba en  espectáculos estudiantiles de variedades (su futura esposa, Judy, se fijó en él tras verle interpretando uno de esos shows). También era atlético e iba para entrenador deportivo (llegó a ser investido capitán del equipo universitario de fútbol americano), pero un profesor de teatro le animó a que estudiara para convertirse en un actor profesional.

Después de graduarse con la promoción de 1967 (fue votado ‘el más gracioso’), Belushi se dejó crecer el pelo, empezó a estudiar en la Universidad de Wisconsin, en Whitewater, y se aficionó a la marihuana. Luego se trasladaría al College of DuPage, donde en junio de 1970 se graduó con una diplomatura en Artes.

El actor de Illinois hizo sus pinitos en el mundo del show business de la mano de grupos de teatro cómico como el Second City de Chicago, la ciudad donde su carrera empezó a fraguarse. Pero, en 1972, su entonces novia y él pusieron rumbo a Nueva York, donde al comediante le surgió la oportunidad de empezar a colaborar en los espectáculos de teatro y radio de la revista satírica National Lampoon (la misma que contó con colaboradores como John Hughes y llegó a vender un millón de ejemplares).

Unirse al reparto de Lemmings, una obra off-Broadway que parodiaba el Festival de  Woodstock, y que llenó durante casi diez meses, ayudó a lanzar la carrera de Belushi, aunque su vida dio un giro radical el día de 1975 en el que superó una audición para Saturday Night Live, un nuevo programa de humor de la NBC. Belushi logró llevar el humor salvaje de la calle a la tele, y tanto su carisma como su fresca forma de interpretar los sketches llevó a que público y crítica se rindieran a sus pies.

“Había algo en John Belushi, en esa prisa por soltarlo todo y marcharse, en esa energía casi radioactiva que llenaba todas sus actuaciones, que conectaba con cualquier hijo de vecino que haya soñado alguna vez con ser la mejor versión de sí mismo, con comerse el mundo. Leslie Nielsen decía ‘cuando les hago reír se olvidan de que quieren pegarme’. Belushi era capaz de arreglar cualquier anomalía existencial arqueando una ceja”, señala Toni García Ramón en el prólogo de Como una moto.

Fiebre del sábado noche

Personas allegadas al actor hablan de él como un tipo frágil, generoso (cuando empezó a ganar dinero, le compró a su padre un rancho a las afueras de San Diego) y profundamente leal (se desvivía por ayudar a los amigos). Pero también recuerdan las peleas con sus compañeros de SNL (donde a veces faltaba o llegaba tarde), y el hecho de que fue durante su primera temporada cuando se enganchó a la cocaína, una droga cuyo consumo era frecuente entre el personal de un programa con un ritmo de producción agotador.

“La fama repentina”, explica Woodward en su libro, “había significado el fin de una afanosa existencia. Suponía más dinero y más drogas. Entregar o vender drogas a John era una suerte de juego, como arrojar palomitas a las focas del zoo: si le das algo, actuará, hará su papel de chalado abominable; si le das algo más, le tendrás toda la noche en vela, bailando compulsivamente, dejando a todos atrás”.

A finales de los setenta, Belushi era ya un ídolo nacional. Por un lado, seguía siendo la estrella de Saturday Night Live, el programa más aclamado de la televisión nocturna (su audiencia superaba los veinte millones de espectadores). Por el otro, el primer álbum del grupo musical que inventó para el programa con su socio y amigo Dan Aykroyd (los Blues Brothers) se colocó entre los más vendidos del país.

Por si todo eso fuera poco, tras debutar en el cine con Camino del Sur (1978) —un western cómico protagonizado y dirigido por Jack Nicholson—, Belushi recibió la llamada de John Landis, que le ofreció aparecer en Desmadre a la americana (1978), una comedia destrozona donde el actor daría vida a Bluto Blutarski, el tunante por antonomasia de una hermandad universitaria de sinvergüenzas. Su personaje fue la sensación de la película, que se acabó convirtiendo en la comedia más taquillera del año.

No en vano, en octubre de aquel año, su rostro apareció en todos los quioscos del país mirando desafiante y confiado desde la portada de Newsweek con el titular ‘Regresa el humor universitario’. 

En el artículo que le dedicaban se aseguraba que “Belushi es una excepción entre sus coetáneos humoristas. Lo que ven en el escenario es lo que se ve fuera de él. Es un amasijo de emociones encontradas. Sí, desea el éxito, dinero, el estrellato, pero el depravado adolescente que habita en él se precipita por las simas de la autodestrucción ante semejante perspectiva. Con todo, Belushi disfruta yendo a toda mecha, asomándose al abismo, y sabe muy bien que su estilo maníaco le ha ayudado a llegar donde está”.

Mi rollo es el blues

En septiembre de 1979, Aykroyd y él anunciaron que abandonaban Saturday Night Live para dedicarse al cine. Ese mismo año, la pareja protagonizó 1941, una comedia sobre la II Guerra Mundial dirigida por Steven Spielberg, que les dio a conocer en Europa. Ya en 1980, los dos actores encabezaron el reparto de Granujas a todo ritmo, una de las comedias más alabadas de aquella década.

Para entonces, Belushi había perdido el control y era un completo adicto a las drogas. Según reconoció Aykroid en una entrevista con Vanity Fair, “todo el mundo” tomó cocaína durante el rodaje de la cinta de John Landis, incluido él. “A John le encantaba su efecto. Le hacía sentir vivo, le hacía sentir que tenía un superpoder para ponerse a hablar y solucionar los problemas del mundo”. 

En realidad, Belushi le daba a todo en esa época. Lo mismo fumaba hierba (o tres paquetes de cigarrillos al día), como tomaba Quaaludes (decía que este sedante hipnótico era perfecto para contrarrestar el subidón de la coca), ingería litros de alcohol, o esnifaba cocaína (su consumo llegó a los 2.500 euros por semana).

Las adicciones de Belushi estaban acabando con su relación con Judy, con la que se había casado en 1976. El actor no quería acudir a un centro de rehabilitación, pero sí que recurrió a la fuerza de voluntad (que pocas veces funciona a largo plazo), probó a cambiar de ambiente (encontró un refugio en la isla de Martha's Vineyard), habló con doctores que emitían funestas advertencias y le recetaban tranquilizantes, y hasta se sometió a disciplina con 'entrenadores' que debían vigilarle durante las veinticuatro horas del día.

Un día, poco antes de la gira nacional que inició con los Blues Brothers en junio de 1980, Belushi pareció realmente dispuesto a moderarse con las drogas. “Incluso pronunció un discurso antidrogas entre las risas y el recelo de los miembros de la banda. ‘Si os drogáis, os largáis’, les dijo, y explicó que su tarea consistía en dar a la gente de cada ciudad aquello por lo que habían pagado, y más. Había mucho en juego, dijo, como para arriesgarlo con las drogas”, explica Woodward en su libro.

El comediante apareció en 1981 en la comedia romántica Continental Divide, donde, alejándose bastante del tipo de roles que había interpretado con gran éxito hasta ese momento, pudo dar vida a un reportero que es enviado a Colorado para entrevistar a una mujer especialista en águilas americanas. Para preparar aquel papel, Belushi evitó consumir drogas duras, perdió algo de peso y entrenó todos los días bajo la dirección del artista marcial Bill Wallace.

Aquel mismo año, estrenó también Mis locos vecinos, una floja comedia ambientada en un barrio residencial. Pero el filme de John G. Avildsen (Rocky) no tuvo tanto éxito comercial como Belushi esperaba, lo que cayó como un jarro de agua fría sobre sus expectativas. Según comentó luego Aykroyd, la mayor parte del equipo de Mis locos vecinos consumió cocaína durante el rodaje, lo que llevó a que Belushi volviera a verse inmerso en la adicción que había intentado dejar.

A principios de 1982, Belushi lidiaba con la presión (y las drogodependencias), padecía de obesidad y estaba lleno de inseguridades. Como sentía que su carrera estaba estancada y quería que lo tomaran en serio como actor, contactó con la Paramount para pedirles producir Noble Rot, una comedia romántica que había escrito y que, al menos a él, le parecía el mejor guion de la historia. 

Tras leerlo, la Paramount opinó que aquello era horrendo y que no iba a hacerse una película así en su estudio. A cambio, le ofreció a Belushi rodar The Joy of Sex, una comedia cruda en la que el actor repetiría prácticamente su exitoso rol de Bluto y debía aparecer en pañales.

Sus últimas semanas de vida transcurrieron en Los Ángeles, capital del espectáculo y ciudad de las tentaciones. Belushi pasó la primera semana de marzo de 1982 alojado en un bungaló de dos dormitorios en el Chateau Marmont de Sunset Boulevard, tratando de reescribir el guion de Noble Rot, abusando de las drogas, malcomiendo y apenas durmiendo.

La noche en la que la fiesta terminó

La madrugada del 5 de marzo, el actor estuvo charlando y tomando cocaína en su bungaló junto a Robin Williams y Robert De Niro. Cuando ambos se retiraron a descansar, el de Chicago siguió drogándose. Pero la fiesta estaba a punto de terminar. Aquella noche andaba con él Cathy Smith, una ex cantante de rock canadiense que ejercía como distribuidora de drogas de Belushi (quien siempre se mostró aprensivo con las agujas). 

En un momento dado, el actor sacó algo más de coca de su bolsillo. Smith la mezcló con algo de heroína para un speedball y, tras inyectarse el primer chute, preparó uno para Belushi con un decigramo de heroína y otro de cocaína. Acto seguido, Belushi se dio una ducha y se acostó.

Hacia las diez y cuarto de la mañana, Smith fue a verle a su dormitorio. “Parecía estar bien y roncaba fuerte”, relata en su libro Woodward. “Se puso la jeringuilla y la cuchara que habían utilizado en su bolso: podía venir la camarera a limpiar, y no quería que las viera. Se fue del bungaló, cogió el coche de John y se dirigió al bar Rudy’s, en Santa Mónica, para tomarse un brandy y apostar 6 dólares a un caballo”. 

Al cabo de un rato, Bill Wallace se presentó en el bungaló y se topó con el cuerpo sin vida del actor, quien estaba recogido en ovillada posición fetal bajo la manta y con la cabeza tapada por un almohadón.

“Wallace incorporó el cuerpo gordo y desnudo de John sobre su espalda”, añade Woodward. “Con el corazón latiendo aceleradamente, alcanzó la boca de John con dedos temblorosos y sacó flema, que lanzó hacia la sábana encharcándola con una mancha espesa. (...) Con un gesto casi involuntario, trató de reanimarle mediante la respiración boca a boca. Lo intentó durante varios minutos, e iba horrorizándose más a cada intento. El cuerpo estaba frío, los ojos vacuos. No había movimiento, ni un amago de respuesta, una respiración leve, un nervio, un quejido. John estaba muerto”.

Cuando Aykroyd recibió la llamada que le informó de que Belushi había muerto, se encontraba trabajando en el guion de una película para él y su mejor amigo —el filme se convirtió en Los Cazafantasmas (1984)—. "Recibí la llamada de que había muerto, pero aunque él ya no estaba, terminé la película", relataría luego el actor y guionista, que quiso que el fantasma Moquete estuviera inspirado en el comediante.

El forense que realizó la autopsia de Belushi concluyó que el actor había fallecido por intoxicación aguda de cocaína y heroína. El hecho de que Cathy Smith concediera al poco una entrevista al tabloide National Enquirer en la que se la citaba confesando “Yo maté a John Belushi” favoreció la reapertura de la investigación. Al final, Smith resultó condenada por un tribunal de Los Ángeles por homicidio involuntario (admitió que ella le inyectó al actor veinte dosis de speedball) y estuvo quince meses entre rejas.

En el verano de 1982, la cuñada de Belushi, Pamela Jacklin, contactó con el Washington Post, donde entonces trabajaba Bob Woodward, para sugerirle al periodista (conocido por haber destapado el caso Watergate) que investigara el caso. Cuando la viuda de Belushi leyó Como una moto, sintió que el libro ofrecía una visión sensacionalista del actor. En respuesta a aquello, comenzó a grabar entrevistas con amigos y familiares del comediante, con la esperanza de poder ofrecer una visión diferente. En 2005, con la ayuda del escritor Tanner Colby, publicó el libro Belushi: A Biography.

Pero si hay algo claro es que la muerte de Belushi acrecentó el mito de un hombre talentoso que, con el tiempo, se convirtió en sinónimo de hedonismo y exceso. Tal y como John Landis comentó en una carta, diez meses después de la muerte de Belushi, el comediante formaba parte de un grupo de jóvenes personalidades del mundo del espectáculo que nunca serán comprendidas porque “no son sencillas. Ni trágicas ni gozosas ni estúpidas, aunque extraordinarias a su manera compleja, triste y también divertida”.

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