[IFFR 2020] 'Tal día hizo un año' y 'Armour': cuando el paisaje habla por ti

Dos películas del Festival de Rotterdam en las que no se habla nada pero se dice todo: el primer largo de Salka Tiziana y el nuevo corto de Sandro Aguilar.
[IFFR 2020] 'Tal día hizo un año' y 'Armour': cuando el paisaje habla por ti
[IFFR 2020] 'Tal día hizo un año' y 'Armour': cuando el paisaje habla por ti

Las chicharras de Sierra Morena atruenan más que ningún grito humano en Tal día hizo un año. El primer largo de Salka Tiziana, cineasta alemana que pasó parte de su infancia junto a sus abuelos agricultores en Córdoba, propone una inmersión sensorial absoluta en los paisajes del monte andaluz, empapado de sol y sudor. La película de 16mm crepita en cada plano cuidadosamente encuadrado y cortado con un montaje (también obra de la directora) preciso y, muchas veces, inclemente.

Porque la historia que cuenta Tal día hizo un año, germinada en los recuerdos de infancia de la autora, es de contornos domésticos y alcance familiar. Hay una madre y una hija, que viven en el campo. Aguardan la visita del hijo de la familia, que tiene previsto ir con su mujer Larissa(Melanie Straub, única actriz profesional del elenco) y sus gemelos de nueve años. Un retraso en su vuelo causa que sean solo estos tres quienes lleguen a la casa.

Mientras que los chavales no tienen muchos problemas para disfrutar del tiempo libre y la piscina, la integración de Larissa, atemperada por la barrera idiomática y cultural, resulta más peliaguda. En cualquier caso, ahí termina el drama explícito que decide mostrar Tiziana, dejando muchas otras ramificaciones de la situación en fuera de campo, en las elipsis que va tejiendo cada historia familiar, hasta su eclosión final.

Un desenlace que no supone ningún clímax o catarsis fuera de tono con lo anterior. Tal día hizo un año es una película de silencios atronadores, economía verbal extrema y puesta en escena inclemente, que encuadra los cuerpos descentrados y oculta constantemente los rostros; el escorzo es prácticamente lo más cercano que estamos de ver la cara de los personajes, ni hablemos de primeros planos.

En cambio, son los paisajes (naturales y domésticos) los que hacen todo el trabajo de expresión. Remitiendo al trabajo de maestras del cine actual como la argentina Lucrecia Martel o la alemana Angela Schanelec, Tiziana se muestra rigurosa y distanciada, pero también inmensamente preocupada por la textura sonora de su película, de tal modo que la fisicidad del ambiente es casi palpable; y solo queda deslucida por el punteo de unos planos cenitales rodados con drones, recurso que ya ha caído en el cliché del sobreabuso.

Armour, del portugués Sandro Aguilar, también es una narración de distanciamiento familiar que cede toda la carga dramática a los paisajes por los que transita su protagonista, aunque de manera si cabe más radical.

En este mediometraje de 45 minutos apenas vemos en un par de instantes al personaje humano (ataviado, sin motivo discernible alguno, con la armadura medieval que le da título) y, en cambio, somos bombardeados por brevísimos planos de los lugares por los que él ha pasado. Su presencia en pantalla es mínima, apenas suficiente para formar una persistencia retiniana y permitir leer una línea de texto que, a modo de pie de foto, contextualiza geográfica y temporalmente cada lugar; o dice lo que se le pasaba por la cabeza al personaje cuando pasó por allí.

Armour sigue el periplo errático de un hombre afectado por el alcohol, cuyo padre se encuentra en el hospital y su hijo de 11 años vive con su exnovia. Vemos los espacios que visita, habitualmente despoblados, como ocurría al final de El eclipse, de Michelangelo Antonioni: despojados de presencia humana, solo habitados por ecos, recuerdos y fantasmas.

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