[IFFR 2020] 'Adoration' es un cuento de hadas tan perverso como el 'amour fou'

El belga Fabrice du Welz concluye una trilogía ambientada en los bosques de las Ardenas con una huida adolescente que pasa de cuento de hadas a pesadilla.
[IFFR 2020] 'Adoration' es un cuento de hadas tan perverso como el 'amour fou'
[IFFR 2020] 'Adoration' es un cuento de hadas tan perverso como el 'amour fou'

Fabrice du Welz lleva dos décadas siendo uno de los secretos guardados más satisfactorios del fantástico europeo; o del cine de género a secas. El belga saltó a la primera línea de atención de los aficionados al terror con su primer largo, el descenso a los infiernos de la extrañeza y el dolor propuesto por Calvaire (2004). Desde entonces, su escueto ritmo de producción (cinco títulos en más de 15 años) le han distanciado progresivamente de los circuitos comerciales internacionales, incitando a la búsqueda de sus nuevas películas.

Afortunadamente, en Rotterdam pudimos ver Adoration tras su estreno en el Festival de Locarno. El sexto largometraje de Du Welz supone el cierre de una trilogía –iniciada al principio de su filmografía con Calvaire y proseguida diez años después por la celebrada Alléluia (2014)– que hace de la ambientación en los frondosos bosques de las Ardenas su eje central. Lo hace con una nueva historia de amour fou, motivo habitual de su repertorio dramático, donde la atracción entre dos personajes alcanza cotas de devoción que nublan cualquier giro y conducen, irremediablemente, hacia la salvación, la destrucción mutua asegurada o una síntesis de ambas.

En Adoration son dos adolescentes los protagonistas de lo que comienza con los mimbres para convertirse en un cuento de hadas con historia de amor al fondo para acabar convirtiéndose en una pesadilla. Como si una revisión de Hansel y Gretel con los elementos de huida de Los amantes de la noche Malas tierras fuera el fruto onírico de una fiebre causada por sobredosis de ansiolíticos.

Así se vive la angustiosa historia de Paul (el pobre Thomas Gioria de Custodia compartida, que se le da fetén sufrir), un chaval que vive feliz rescatando pajarillos heridos en el bosque que rodea el centro clínico donde trabaja su madre. Un día se cruza en su destino Gloria (Fantine Harduin, feral y más peligrosa aún que bajo la batuta de Michael Haneke en Happy End), una paciente psiquiátrica que busca fugarse del centro. La conexión entre ambos es inmediata, uno por su deseo de protección, la otra por su deseo de escapar, y ambos se lanzan a la fuga.

La experiencia sensorial de Adoration no estaría completa, ni sería tan visceral a pesar de la inclemencia desoladora del avance narrativo, sin la aportación de dos viejos compinches de Du Welz. Por un lado, la música inmersiva de Vincent Cahay, que no cesa en prácticamente ningún momento; por otro, la fotografía fantasmagórica de Manuel Dacosse, un festival en 16mm hinchadas hasta su máxima expresividad, que se pega tanto a los cuerpos de los personajes que parece asfixiarlos con su abrazo. Exactamente igual que el amor loco entre Paul y Gloria.

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