El retorno del rey: Víctor Erice sobrecoge con 'Cerrar los ojos' en Cannes 2023

El cuarto largometraje de Víctor Erice busca en el cine de otro tiempo un camino de vuelta a casa ya imposible.
'Cerrar los ojos' de Víctor Erice
'Cerrar los ojos' de Víctor Erice
Tandem Films
'Cerrar los ojos' de Víctor Erice

"En el cine ya no hay milagros desde que murió Dreyer". Lo dice uno de los mejores personajes de Cerrar los ojos, el particular milagro que ha experimentado el cine español en este Cannes 2023 con el regreso a la gran pantalla del más legendario de sus cineastas vivos. Víctor Erice no vino a la Croisette a presentar el brillante cuarto largometraje de su carrera, 31 años después de la anterior El sol del membrillo, pero le habrá llegado el eco de la merecida ovación que ha provocado.

De ecos, imágenes y estímulos procedentes de otros tiempos trata precisamente Cerrar los ojos. Un guion del propio Erice y Michel Gaztambide (No habrá paz para los malvados) que tiene como protagonista al esquivo director de cine y escritor Miguel Garay (interpretado por Manolo Solo) que décadas atrás se retiró cuando no pudo terminar de rodar su segundo largometraje: el actor principal, Julio Arenas (encarnado por Jose Coronado), desapareció en medio de la producción sin dejar rastro.

El misterio vuelve a adquirir actualidad cuando un programa de televisión se interesa por el caso y se pone en contacto con Garay para rememorarlo. A raíz de la emisión empezarán a aflorar nuevas pistas sobre lo que sucedió y el posible paradero desconocido de Arenas. Suena a trama detectivesca, y lo es, pero de un modo que no tiene ninguna prisa por avanzar investigación alguna, sino que se desvía por placenteros meandros de la vida cotidiana de Garay y los ecos de su quebrado pasado.

Jose Coronado en 'Cerrar los ojos'
Jose Coronado en 'Cerrar los ojos'
Cinemanía

Lo que no se ve

Erice es un gran zahorí. Un director magistral de lo invisible: todo lo que no se podía nombrar en El espíritu de la colmena (1973), lo desconocido en El sur (1983) o el paso del tiempo a través de la luz en El sol del membrillo (1992). Cerrar los ojos está repleta de imágenes inexistentes a las que se alude o intenta invocar. Como esa película imposible por inacabada, La mirada del adiós, de la que Garay solo llegó a rodar inicio y final, pero a la que vuelve como un fantasma del pasado.

Los primeros mágicos minutos de Cerrar los ojos pertenecen a La mirada del adiós y decir que son una delicia sería rebajar el sobrecogimiento que provocan. Es como acceder de repente a material inédito de El sur y descubrir que contiene un relato pulp (con un Josep Maria Pou de presencia escénica montañosa que mastica y degusta la escena), o poder asomarnos a esa adaptación de El embrujo de Shanghai que no llegó a existir pero aquí Erice la ha revivido. 

El cambio de plano a la actualidad duele, como duele abandonar la arcadia feliz de las películas, esas historias reconfortantes con aventuras emocionantes y bien definidas dentro de la ficción, donde señores adinerados fuman puros y te mandan a la otra punta del mundo. En cambio, en la vida real tenemos el Metro Ligero de una Madrid gris y lluviosa. Cerrar los ojos escenifica tanto el deseo de regresar como su imposibilidad.

O su necesidad, ya puestos. Lo pregunta Ana Torrent, en el papel de la hija de Arenas, cuando surge la posibilidad de que su padre no haya muerto. ¿Por qué ir a buscarle? ¿Por qué intentar recuperar algo que donde más ha existido realmente es en el terreno de la imaginación? Garay le contesta que, al menos, merece la pena intentarlo. Quizás Erice concluyera lo mismo al embarcarse en Cerrar los ojos: iba a contar esa búsqueda en sus propios términos

Pero ya no podemos volver a casa, como decía Nicholas Ray en los años setenta. Si el cine clásico y los relatos cerrados llevan tiempo más que sepultados por el peso de la historia, no tiene sentido llorar por los restos del naufragio. Cabe regresar a ellos para cerrar círculos, como los ojos bien abiertos de Ana Torrent que resuenan desde El espíritu de la colmena bajo los párpados de su personaje en Cerrar los ojos, pero, al fin y al cabo, el poder de una película antigua llega hasta donde llega.

Eso puede ser muchísimo o un mundo entero, como el poder de una mirada. Una mirada concreta, la de su hija perdida, buscaba el magnate de La mirada del adiós, y una mirada concreta quiere conseguir Garay de Arenas. Puede que la imagen sublime en teoría esté en el contraplano de una película capaz de revelar la identidad completa de un espectador concreto.

Pero en realidad lo más importante de la vida puede estar en otro lado. Puede ser el reencuentro con una antigua amante, el recuerdo de tu hijo fallecido, la manera de hacer nudos marineros o una noche entre amigos cantando My Rifle, My Pony and Me. Escenas puras, construidas con la sensibilidad de un Erice que se sobrepone a que el cine hoy sea otra cosa. El zahorí perfecto para hacer visibles todas esas cosas ocultas que se ven con los ojos cerrados.

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Coordinador web 'Cinemanía'

Crítico de cine que ve demasiadas series, licenciado en Periodismo y posgraduado en Semiótica en la Universidad Complutense de Madrid; cayó en una marmita de Nouvelle Vague cuando era pequeño y lleva mucho tiempo acostándose tarde en festivales de cine.

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