Carme Elías desgrana cómo es vivir con alzhéimer en su libro 'Cuando ya no sea yo'

La actriz catalana, ganadora del Goya por 'Camino', fue diagnosticada a los 71 años.
La actriz Carme Elias, Gaudí d'Honor 2021
La actriz Carme Elias
MARTÍ PUJOL/ACADÈMIA DEL CINEMA CATALÀ
La actriz Carme Elias, Gaudí d'Honor 2021

Carme Elias empezó a sentir que algo iba mal en 2017, rodando Quién te cantará. Episodios de pánico y olvidos que, en un principio, ella atribuyó al mero hecho de estar trabajando bajo las órdenes de Carlos Vermut, por quien sentía gran admiración. Los médicos no le dieron importancia y le recetaron tranquilizantes para sobrellevarlo.

Después de aquello, hizo dos obras de teatro y otra película. Antes de actuar, la actriz entraba siempre en un estado de tensión inhabitual que provocaba en ella un exagerado temor a fallar. “Subía el telón, se bajaban las luces, aparecía la escenografía y era como si me lanzara a un precipicio”, ha dicho. “Si me estrellaba, todo me llevaría al desastre”.

La cosa no fue más sencilla mientras hacía Las consecuencias (2021), dirigida por su amiga la directora Claudia Pinto, donde le tocó rodar un monólogo intenso. “Me sentí extrañamente insegura”, ha dicho, “con mucho miedo a equivocarme y a quién sabe qué. El resultado es que no conseguí verbalizar el texto entero y no lo recordaba bien. Tuvimos que hacerlo desmenuzando la actuación en pequeños bloques. Naturalmente, en pantalla no se nota”. Al poco, fue diagnosticada de alzhéimer.

El diagnóstico

“La primera sensación que evoco sobre el diagnóstico fue de descanso”, ha confesado. “Lo que me pasaba, me pasaba realmente. ¡No eran imaginaciones mías! Había quedado al descubierto que lo mío no se trataba de ideas descabelladas o momentos de desconcentración. En aquella consulta, todo se mostró con un terrorífico nombre”, confiesa en el libro Cuando ya no sea yo (editorial Planeta), que, en sus propias palabras, reúne “regalos de mi fugitiva memoria y de los diarios que he escrito a lo largo de muchos años”.

Cuando no sea yo, Carme Elias
Cuando no sea yo, Carme Elias
Planeta

Tras el aparente alivio, inmediatamente después llegó el inevitable llanto. Pero el pasado año Elias se armó de valor y, animada por su amiga Silvia Marsó, compartió su enfermedad con el mundo en el Brain Film Fest de la Fundación Pasqual Maragall. Quería dar visibilidad a una enfermedad de la que, en España, cada año se diagnostican unos cuarenta mil nuevos casos (según la Sociedad Española de Neurología).

“Me he dado cuenta”, apunta, “de que el enorme impacto público de mi secreto también puede haber sido beneficioso para tantas y tantas familias que viven y sufren atrapadas por su amigo Al [así llama ahora al alzhéimer], personas que asisten impotentes al deterioro que produce esta enfermedad. Sí, a veces hay que hablar de lo que queda escondido en la intimidad, abrirse e, incluso, honrarlo”.

Una vida de recuerdos

Puede que haya empezado a perder la memoria a corto plazo, pero Elias todavía recuerda perfectamente que ha sido actriz de vocación. “Actuar ha sido mi profesión”, escribe en sus memorias, “me ha acompañado desde pequeña, desde que el día de Navidad recitaba la poesía aprendida en la escuela subida en una silla tal y como marcaba la tradición de la Cataluña de aquel momento”.

La intérprete catalana, que también anda preparando una película documental sobre su convivencia con la enfermedad, decidió estudiar para actriz en el Institut del Teatre. “Había entrado Boadella y la gente que hizo avanzar el oficio”, contó. “El primer día, Fabià Puig­cerver nos tumbó en el suelo. Allí conocí a Antonio Chic, que me llevó a Televisión Española para hacer teatro en Estudio 1. Empecé con papeles de una frase y terminé protagonista”.

También allí conoció a Joan Potau, que luego fue su marido. Con el guionista y director de cine intentó montar un café teatro en la por entonces plaza Real de Barcelona. “Queríamos seguir el ejemplo de lo que habíamos visto en Madrid: pequeños espacios en lugares impensables donde se hacían espectáculos más o menos transgresores”, ha dicho. “Aunque sí pudimos dedicarlo a bar de copas, jamás pudimos conseguir los permisos para disponer de actividad teatral”.

Su autobiografía aborda su escapada a Nueva York, donde asistió como oyente a los talleres para ver cómo se trabajaba en Estados Unidos, y cómo se fue abriendo paso en la gran pantalla. Su primera película fue La orgía (1978), de Francesc Bellmunt, donde le tocó un papel que básicamente consistía en llegar y desnudarse.

Aunque esta barcelonesa del Clot tuvo su primer gran éxito a los treinta años. Según cuenta, eso le daba rabia, porque “todo llegaba demasiado tarde y aunque todo lo que me sucedía era un sueño, hubiera deseado estar en el sitio de otra actriz que consiguió un personaje por el que yo luché (como tantas otras) y cuya repercusión sería más grande (que así fue)”.

No lograr lo que deseaba la hacía sentir insegura en el escenario, a pesar de la positiva reacción del público con sus trabajos. “Imaginaos, tener éxitos y no disfrutarlos”, reflexiona. “No eran bastante para mí. La inseguridad también se traducía en parones de trabajo y escapadas a otras ciudades en busca de formación. Y, a veces, cuando por fin llegaba la oportunidad soñada, me entraba miedo, una emoción que yo disfrazaba de mil excusas, y aquella gran ocasión se me escapaba de las manos”.

Popularidad y premios

Durante la década de los ochenta, Elias se convirtió en un rostro popular gracias a series como Turno de oficio (1986), de Antonio Mercero, y Anillos de oro (1983), estrenada poco después de que se aprobase la ley del divorcio en España, que fue una apuesta revolucionaria. Allí le tocó rodar con José María Rodero, quien le advirtió de que lo más importante no era ser el más alto, el más guapo o el más talentoso, sino persistir y ser fiel a uno mismo.

La actriz, de 72 años, aceptó aquel consejo y en los años siguientes se curtió trabajando con gente como Pedro Almodóvar, Fernando Fernán-Gómez, Isabel Coixet y Pere Portabella. Tras muchos años compaginando teatro, televisión y cine, ganó el Goya por interpretar a una madre del Opus Dei en Camino (2008) —también tiene un Gaudí y una Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes—.

"Ese papel en Camino fue un gran regalo”, dijo en una ocasión. “Qué sensibilidad tiene Javier Fesser. Yo sabía que tenía que estar rota todo el rato: tu hija se está yendo. Y eso solo lo consigues conectando con tu dolor. Fesser entendía que no podía ponerme a fingir. Respetaba el tiempo de las actrices. Nos protegía. Vamos, el Goya es de él".

Por desgracia, el alzhéimer cortó en seco la vida profesional de Elias y se apoderó de su existencia. ““Siempre creí que acabaría representando a las ancianas en los escenarios”, relata en el libro. “Pero no decidimos sobre nuestras vidas. Los últimos tiempos, cuando todavía no había sido diagnosticada de alzhéimer, fueron tan duros que sentía que el lazo que me unía a mi profesión era tan inestable como una cuerda floja para un equilibrista. En mi caso tampoco había elección posible. Así que lo acepté, sí o sí”.

Ahora, tal y como asegura en Cuando ya no sea yo, ya no echa de menos su profesión y procura vivir el aquí y el ahora. De momento, sigue oficiando de ama de casa, recibe visitas, procura no faltar a sus sesiones de pilates y cocina para ella y para su familia, que, como todas, ha superado momentos muy difíciles. 

“Muchos ya no están, pero siguen estando como ejemplo y memoria, y seguirán viviendo en nuestro corazón”, explica. “También permanecen aquí, porque la vida trae tragedias que se repiten, aunque en distinto formato. ¡Vivir es eso! Aprender de lo aprendido y aplicarlo a lo que sucede. Si has podido aprender, claro… Porque no siempre se puede. Ni todo el mundo quiere hacerlo”.

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