Ataques y polarización: ¿quién se beneficia realmente con los escándalos de cine en redes sociales?

El revuelo organizado en torno al panda gigante y peludito de 'Red' ha convertido a los medios en altavoz para soflamas de extrema derecha. Y no es la primera vez que ocurre. 
Imagen de 'Red', de Disney/Pixar.
Imagen de 'Red', de Disney/Pixar.
Cinemanía

Vaya tiempos que nos ha tocado vivir. Mientras el este de Europa se convierte en campo de batalla y el planeta se encamina hacia el colapso ecológico, la cuestión que revoluciona la opinión pública en Occidente es… una niña chino-canadiense transformada en panda rojo gigante. Es decir, Red, la nueva producción de Pixar estrenada en Disney+, que ha puesto muy nerviosos a muchos opinantes conservadores. 

Si bien la cinta de Domee Shi resulta, en la pantalla, un relato de fantasía bonachón, con detalles autobiográficos y sin apenas ningún elemento escandaloso, algunas voces en redes sociales la han presentado como una bomba propagandística concebida para socavar los valores de Occidente. 

En Twitter, en YouTube o en la base de datos IMDB abundan las voces que denuncian al filme por abordar la pubertad femenina ("Los niños no están preparados para ver esto") o por su descripción de Toronto como una ciudad multicultural ("Demasiados turbantes y hiyabs"). Incluso pueden encontrarse con facilidad clips que argumentan, con citas bíblicas y todo, que Red ha sido inspirada por Satanás para corromper mentes infantiles. 

Todas estas narrativas son relativamente familiares. Básicamente, porque algunos colectivos, y no digamos ya los todólogos de internet en busca de seguidores y visitas, necesitan crearse enemigos y llamar la atención como el respirar. Pero, si uno busca voces más razonables, se encuentra con mensajes como este del crítico Scott Mendelson (Forbes).

En su mensaje, Mendelson se refiere a la polémica acerca de Red como "artificial, en su mayor parte", recuerda que la cinta ha tenido buenos resultados entre crítica y público y deplora, finalmente, la forma en la que voces normalmente confinadas a los círculos del extremismo religioso en EE UU han ganado una atención no merecida gracias a ella. 

En tuits posteriores, el crítico y sus seguidores desarrollan este argumento. Y sus conclusiones, nos tememos, son bastante acertadas. Porque, si bien un reverendo del condado de Pensacola o un tuitero adolescente de Saint Olaf (Minnesota) pueden volcar en redes todos los exabruptos que quieran acerca de Red y su hipotético mensaje satánico-woke, dichos exabruptos nunca llegarían a los titulares de no ser por la complicidad de los medios. 

Todos sabemos que el SEO (siglas en inglés de "posicionamiento en motores de búsqueda", es decir, el caso que te va a hacer Google) es hoy el único valor de un contenido en un medio de información digital. Nos guste o no, además, dicho patrón exige que los contenidos ofrezcan resultados con rapidez para así obtener cifras de cara a los anunciantes. Sumemos a eso el atractivo inextinguible de los insultos y la mala sangre, y lo tendremos todo hecho. 

Cuando webs ultraderechistas de EE UU atacaron a Mad Max: Furia en la carretera (2015) antes de su estreno, dio comienzo el Apocalipsis clickbait en las noticias de cine. Un cataclismo que reveló todo su potencial al año siguiente,  con la reacción frente a la Cazafantasmas de Paul Feig, y llegó a su cénit con la tormenta de asteroides que se cernió sobre Star Wars: Los últimos Jedi en 2017.

Más allá de su calidad (que a nosotros nos parece excepcional al menos en dos casos), todas estas películas se vieron sujetas a ataques por parte de un sector del fandom que las acusaba, no solo de faltarle al respeto a mitos de la cultura popular, sino también de transmitir interesadamente mensajes de tipo 'socialista' o 'progre' que desvirtuaban dichos mitos. 

La interpretación política de contenidos de masas no es algo nuevo, ni de lejos, como tampoco lo es que esa interpretación no sepa por dónde le da el aire: ya en la España de los 70, medios de izquierdas acusaban al anime Mazinger Z de ultraderechista con argumentos tan sólidos como que la barba de su villano, el doctor Infierno, se parecía a la de Karl Marx. Lo novedoso, en el siglo XXI, ha sido la rapidez con la que una prensa ansiosa de contenidos ha catapultado dichos argumentos a la fama. 

Asimismo, estos casos revelan otro factor crucial: la retroalimentación. Debido a este fenómeno, el emisor de un mensaje extremista obtendrá cada vez más ingresos (debido a la monetización en YouTube, por ejemplo) conforme sus proclamas se vuelvan más agresivas, satisfaciendo así a unos medios que, a su vez, recibirán más visitas al hacerse eco de ellas. 

Así pues, todos los partícipes de este círculo vicioso saldrán beneficiados… salvo el espectador, que se topará con una información de cada vez peor calidad y más viciada por interpretaciones delirantes, teorías de la conspiración, dogwhistles de extrema derecha y otras alharacas. Las cuales estarán motivadas, en parte, por la ideología, y en parte por el deseo de acaparar likes, visitas, suscriptores y donativos en Patreon.  

Volviendo al caso de Red, uno de los detonantes de la polémica ha sido la crítica de Sean O'Connell (Cinemablend), duramente atacada tras su publicación y después retirada por el propio medio. Tachada de sexista y racista, la crítica en cuestión fue un ejemplo de cómo no debe reseñarse una película, y menos aún una comedia: si O'Connell no supo verle la gracia a las aventuras de Meilin y sus amigas únicamente por tratarse de chicas de origen diverso y residentes en Canadá, le recomendamos que se lo haga mirar. 

Pero, dicho esto, tenemos claro también que Cinemablend no fue nada inocente cuando retiró el contenido. Para empezar, porque debió haber cargado con la vergüenza de haber publicado tamaña bosta (¿cuál será la opinión de su autor sobre Sopa de ganso, un filme protagonizado por cuatro neoyorquinos judíos y ambientado en un país imaginario? Mejor no pensarlo mucho). Y, para seguir, porque haciéndolo ofreció a los portavoces del extremismo una excusa para hacerse los mártires. 

Esto último cobra importancia al detectar que, en todos los discursos que hemos mencionado, las quejas por la llamada "cultura de la cancelación" son frecuentes. Unas quejas que, además, siempre señalan dicha cancelación como el resultado del 'marxismo cultural' y sus pérfidos manejos, y no del interés económico de la industria cuando un producto deja de ser rentable. 

Manda narices, además, que tantos de esos mensajes señalen a Disney, una empresa a la que no le duelen prendas en aliarse con lo más rancio de la derecha estadounidense cuando le conviene. Valga como prueba de ello las recientes protestas de sus empleados ante la connivencia del estudio con la aprobación de leyes homófobas en Florida y otros estados. 

Nosotros, por nuestra parte, preferimos interpretarlo de otra manera: no hay nada que le guste más a un abusón que una excusa para hacerse la víctima. Así pues, conviene evitar todo lo posible facilitarle esas excusas, porque sus quejas y lloriqueos estorban lo suyo a la hora de ver, y de juzgar, las películas que nos gustan. 

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