15 cosas que (probablemente) no sabías de Peter Sellers

Ferozmente divertido en la pantalla, y terríblemente trágico fuera de ella: recordamos al intérprete del inspector Clouseau en el 88 aniversario de su nacimiento. Por YAGO GARCÍA
15 cosas que (probablemente) no sabías de Peter Sellers
15 cosas que (probablemente) no sabías de Peter Sellers

Si no hubiera dejado este mundo, víctima de un infarto, el 24 de julio de 1980, Peter Sellers cumpliría hoy 88 años. Otra cosa es saber si a él le hubiera gustado cumplirlos: el actor inglés, nacido en Southsea (Hampshire) en 1925, se distinguió siempre por un talento descomunal para hacer reír al público, y por una capacidad igual de arrolladora para convertir en un infierno las vidas de quienes le rodeaban, y la suya propia. Aunque adentrarse en sus intimidades lleve a pisar terrenos morbosos, y a veces desagradables, nosotros siempre estaremos en deuda con esa torpeza tan entrañable como calculada que desplegaba frente a la cámara. Por eso aprovechamos la efeméride para dedicarle este completo reportaje.

Una infancia a salto de mata

Uno de los detalles más presentes en las biografías de Peter Sellers (incluyendo la película Llámame Peter, con Geoffrey Rush en el papel titular) es la extrema dependencia que siempre le unió a su madre, Agnes Sellers. Pero esa relación resulta hasta cierto punto explicable si la miramos más de cerca: hijo de un matrimonio de actores, con una infancia itinerante que fomentó un carácter ya de por sí insociable, nuestro hombre se refugiaba en su progenitora cuando su padre, William, le espetaba frases tales que “tendrás un brillante porvenir como barrendero”. Por no citar cierto detalle, más morboso, en el que nos centraremos a continuación.

A la sombra de su hermanogeoffrey_rush_peter_sellers

En realidad, Peter Sellers no se llamaba Peter, sino Richard Henry. El nombre con el que sus padres insistían en referirse a él, y con el que se hizo famoso, correspondía a un hermano nacido muerto unos años antes de que él llegase al mundo. Al igual que Philip K. Dick, otro insigne chiflado, Sellers tuvo que aguantar esa presión sobre su psique durante su infancia, su juventud y toda su vida, en general. No nos extrañe, pues, que saliera con un carácter tan inestable.

¡Que suenen los tambores!

Aunque, siguiendo con la tradición familiar, nuestro hombre cultivase la interpretación desde bien jovencito, la auténtica pasión de sus años mozos no fue el arte dramático, sino la música. Más concretamente, la batería: Sellers aprendió a coger las baquetas bajo la tutela de Joe Daniels, una leyenda del jazz británico, y pronto se reveló como un virtuoso, hasta el punto de ganarse comparaciones con Gene Krupa. Spike Milligan, su compañero artístico en los comienzos de su carrera, afirmaba que, de no habérsele dado tan bien lo de actuar, hubiera podido ganarse la vida mejor que bien como percusionista.

La guerra, en la India

Además de obligarle a dejar los estudios, la II Guerra Mundial tuvo otra consecuencia importante para Peter Sellers: le hizo emprender su primera gira como cómico de escenarios. Nuestro hombre fue reclutado a la fuerza con 15 años escasos, pero como su miopía le volvía poco apto para pegar tiros (y no digamos para pilotar un avión de caza, como pretendían sus superiores), el ejército le destinó al Gang Show, una troupe que entretenía a los soldados en el frente. Durante este período, Sellers fue destinado a Asia, recorriendo India, Ceylán (actual Sri Lanka) y Birmania, una experiencia que le serviría para dotar de verosimilitud a Hrundi V. Bakshi, su personaje de la película El guateque.

Actividad paranormal

Otro lugar común sobre Peter Sellers es su condición de supersticioso extremo, tan cargado de fobias (su aversión a los colores verde y púrpura era legendaria) como propenso a afirmar que Stan Laurel, Napoleón o Leonardo DaVinci le poseían (en el sentido espiritual, claro) cuando necesitaba inspiración para un papel. Maurice Woodruff, su astrólogo de cabecera, tenía esto bien presente, y no reparaba en aceptar sobornos a cambio de sugerir a Peter que aceptase tal o cual papel. En cierta ocasión, el vidente advirtió a Peter de que una persona con las iniciales “B. E.” sería muy importante en su vida: por supuesto, el astrólogo se refería al director Blake Edwards, que le había pagado una generosa cantidad… Pero Sellers se tomó la sugerencia en otro sentido, casándose de inmediato con la actriz Britt Ekland, su segunda esposa, a la cual hizo ferozmente desgraciada.

La radio de la risa

Lector, ¿te suena el nombre de The Goon Show? Seguramente, no, pero este equipo de cómicos supuso el gran salto a la fama de Sellers y de sus compañeros Spike Milligan y Harry Secombe desde su creación en 1951. Tras batir récords de audiencia con su programa radiofónico en la BBC, los goons se pasaron a la TV cuando el medio todavía balbuceaba, amén de rodar tres películas en las que nuestro protagonista brilló con luz propia. Tras su disolución oficial en 1959, los tres compañeros volvieron a encontrarse para grabar especiales televisivos y actuar en directo, contando a veces con un tal John Cleese (de los Monty Python) como invitado especial.

Experto en desdoblarse

Desde Penny Points to Paradise (1951), Sellers intervino regularmente en películas, con papeles secundarios que aprovechaban su capacidad para las payasadas y las caracterizaciones extremas. Pero, por mucho que El quinteto de la muerte (1955, su primer rol importante) o El pequeño gigante (1958) le mostrasen en plenitud de facultades, el primer filme que aprovechó del todo su talento fue Un golpe de gracia (1959), cinta en la que se hizo cargo de los tres papeles protagonistas, uno de ellos femenino. Esta capacidad para las metamorfosis no tardó en llamar la atención de cierto ex fotógrafo metido a director de cine, cuyo nombre ya te estarás imaginando…

El factor Kubrick

Sobre el talento interpretativo de Peter Sellers pueden decirse muchas cosas, pero nosotros creemos que basta con una: fue el único actor al que Stanley Kubrick permitía improvisar en sus películas. El genio del Bronx se quedó pasmado con el trabajo de Peter en The Battle of the Sexes (1959), y acudió a él para dar vida a Clare Quilty, el personaje más deleznable (que ya es decir) de Lolita. Tras su trabajo en el escandaloso filme, Sellers y Kubrick emprendieron una labor aún más extenuante en Teléfono rojo: ¿Volamos hacia Moscú?, cinta en la que Sellers debía haber interpretado cinco papeles, pero en la que finalmente se hizo cargo de ‘sólo’ tres debido a un accidente en el rodaje. El rodaje de esta última película resultó tan agotador que el intérprete y el cineasta partieron peras, lo cual no les privó de elogiarse mutuamente en los años sucesivos.

Su mejor herramienta: la grabadora

Como ya hemos dicho, Sellers afirmaba que su capacidad interpretativa era un resultado de su condición de médium. Nosotros, sin embargo, tenemos otra explicación menos sobrenatural y más tecnológica: el actor se compró su primera grabadora en 1958, y desde entonces la cinta magnetofónica fue su más fiel aliada a la hora de registrar, y replicar, acentos y modismos. Sin ir más lejos, para Teléfono rojo… estudió las voces del ex presidente de EE UU Adlai Stevenson, del aviador inglés Douglas Bader y del alto cargo de la NASA (y ex oficial de las SS) Wernher Von Braun, a fin de dar personalidad al inepto presidente Muffley, al coronel Mandrake y al inenarrable doctor Strangelove, respectivamente.

La conexión Beatles

Siendo la voz su principal instrumento de trabajo, era normal que Sellers fuese uno de los primeros comediantes en grabar discos con sus actuaciones. Y no sólo discos: en 1961, una canción cantada a dúo con Sofía Loren se convirtió en un hit en el Reino Unido. Todo esto tuvo una consecuencia inesperada, porque Sellers solía trabajar con un productor discográfico llamado George Martin, más conocido por supervisar las grabaciones de cierto cuarteto de Liverpool. Tras conocer a George Harrison y Ringo Starr, con quien acabaría compartiendo plató en Si quieres ser millonario, no malgastes el tiempo trabajando (1969), el actor rindió homenaje a sus nuevos amigos grabando una versión burlesca de la canción A Hard Day’s Night en 1965. Y, dice la leyenda, los Beatles confiaban tanto en su oído musical que él fue el primero en escuchar las maquetas del ‘Álbum Blanco’.

Cierto detective francés…

Puede que Blake Edwards no pudiera ganarse a Sellers sobornando a su astrólogo, pero finalmente consiguió ficharle para que participase en una comedia de robos y enredo titulada La Pantera Rosa (1964). Pese a hallarse a cargo de un papel secundario, Peter se tomó tan en serio la construcción de su personaje que este acabó siendo el mayor atractivo de la película: había nacido el mito del inspector Clouseau. Aunque Edwards y el actor se llevaron cada vez peor (hasta el punto de comunicarse sólo por escrito), prolongaron la saga a lo largo de otras cinco películas, con la notable excepción de El rey del peligro (1968), en la cual Sellers fue reemplazado por Alan Arkin. La cicatería del cineasta llegó a su punto máximo en Tras la pista de la Pantera Rosa (1982), filme en el que usó descartes de películas anteriores para compensar la ausencia de un Sellers ya fallecido. Sobre los intentos de Edwards por revivir la franquicia con Dudley Moore y Roberto Benigni, mejor correr un tupido velo. Y, por favor, no nos menciones aquí a Steve Martin.

¿La familia? Mal, graciasbritt_ekland_peter_sellers

Pese a ser un sujeto, en general, insoportable, Sellers tuvo una gran reputación como seductor durante su vida. Además de cuatro matrimonios (con Anne Howe, Britt Ekland -foto-, Miranda Quarry y Lynne Frederick), cada uno de ellos más tormentoso y trágico que el anterior, podemos mencionar un brevísimo lío con Liza Minnelli y una presunta relación con Sofia Loren que la diva italiana desmintió tajantemente. En cuanto a la relación con sus tres hijos, mejor no entrar en muchos detalles: la autoestima de Peter era tan baja que llegó al extremo de desheredar a sus tres vástagos cuando la menor (Victoria, de quince años por entonces) tuvo la osadía de llamarle “gordo” durante el rodaje de Bienvenido, Mr. Chance.

Woody y Welles, archienemigos

Suponemos que, cuando conoció a Woody Allen en el rodaje de ¿Qué tal, Pussycat? (1965), Sellers debió experimentar un considerable ataque de nervios: por primera vez en toda su carrera, tenía que enfrentarse a alguien tanto o más gracioso que él mismo. Nuestro protagonista emprendió desde entonces una auténtica guerra psicológica contra el genio de Manhattan, quien (para colmo) también ejercía como guionista del filme. En Casino Royale (1969), Sellers y Allen volvieron a encontrarse… Pero, en dicha película, Peter se dio de bruces con un rival de su tamaño: nada menos que Orson Welles. El autor de Ciudadano Kane y el británico se llevaron mal desde el principio, y su relación complicó de tal manera un rodaje ya de por sí caótico que Sellers fue despedido antes de su conclusión.

Mr. Chance: la página en blanco

“Yo no existo: estoy vacío. Me extirparon el ego quirúrgicamente”, confesó Sellers a la rana Gustavo durante su intervención en The Muppet Show (1979). Y, si nos atenemos a los testimonios, aquello estaba muy cerca de la verdad. Tal vez por eso, un Sellers ya muy enfermo puso todo su empeño en adaptar Desde el jardín, la novela de Joseph Kosinski que acabó pasando al cine con el título (en castellano) de Bienvenido, Mr. Chance. Gracias a su interpretación de un jardinero autista, Sellers consiguió que la crítica volviera a elogiar su trabajo tras una década de vacas flacas, y se llevó la tercera de sus (infructuosas) nominaciones al Oscar. Lástima que, al año siguiente, El diabólico plan del doctor Fú Manchú recibiera unas críticas desastrosas.

La gran broma funeraria

Decir que Peter Sellers pasó sus últimas dos décadas coqueteando con la muerte sería inexacto: más bien, la buscó sin parar, tanto a través de un consumo de drogas desaforado como de un ritmo de trabajo estajanovista. Estamos hablando de un recordman de los infartos que llegó a sufrir trece ataques al corazón seguidos durante el rodaje de ¡Bésame, tonto! en 1964, algo que le llevó a abandonar el rodaje y a afirmar, desde entonces, que había visitado el Más Allá personalmente. Cuando su decimoquinta crisis cardíaca le hizo abandonar este mundo en 1980, el actor destinó a sus deudos una última broma pesada: durante el funeral no paró de sonar In the Mood, de Glenn Miller, la canción que Sellers detestaba más.

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