10 películas que te quitarán las ganas de probar las drogas

¿Echas de menos esos anuncios antidroga que tanto se prodigaban en TV hace unos años? Pues revisa cualquiera de estos filmes, que además son mucho más eficaces.
10 películas que te quitarán las ganas de probar las drogas
10 películas que te quitarán las ganas de probar las drogas

Hemos de admitirlo: en CINEMANÍA hemos sido demasiado indulgentes (hasta el momento) con el tema de las drogas. Que si un especial sobre películas para ver colocado, que si un censo de estrellas de Hollywood que le dan a la marihuana con fruición... Es el momento de arreglar eso. Todas las películas que listamos en este informe tienen algo en común: en ellas, las sustancias tóxicas (legales o no) sirven como eje de la historia, y sus efectos (físicos y sociales) aparecen retratados de una forma totalmente negativa. Vamos que estos 10 filmes podrían servir como alternativas a esos anuncios antidroga que tanto se prodigaban en TV hace unos años, sólo que mucho mejor escritos y dirigidos. Dónde va a parar.

Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989)

La adicción: Tranquilizantes, anfetaminas y otros productos disponibles en las farmacias de los 70. Y si cae algo más en el menú, pues oye...

El adicto: Matt Dillon, líder oficioso de una banda dedicada al atraco al por mayor de boticas. El chico, todo hay que decirlo, es un poco paranoico.

Momento tóxico: Tan paranoico, de hecho, que cuando el personaje de Heather Graham la espicha de sobredosis a nuestro antihéroe le importa un pimiento la defunción. Tan sólo reacciona cuando descubre que la difunta escondía su propio alijo de drogas a espaldas de sus compañeros, y que (para colmo) se había dejado un sombrero encima de la cama. Algo que en EE UU se considera de mal agüero.

El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955)

La adicción: Heroína por vía intravenosa, igualito que Charlie Parker.

El adicto: Frank Sinatra, prometedor batería de jazz que sacrifica su porvenir en la música y su amor por Kim Novak en el altar de los chutes.

Momento tóxico: Encerrado en casa con el propósito de quitarse del vicio, Sinatra interpreta un feroz mono de narcóticos con precisión escalofriante. Si le echas un vistazo a la escena, contenida en el vídeo de arriba, entenderás por qué 'La Voz' fue nominado al Oscar al actor principal gracias a esta película.

Diario de un rebelde (Scott Kalvert, 1995)

La adicción: De nuevo nos encontramos con la heroína, sazonada por pastillas de toda índole.

El adicto: El público que se familiarizó con Leonardo DiCaprio gracias a A quién ama Gilbert Grape y a la serie Los problemas crecen se quedó pasmado con la convincente que resultaba el angelito en el rol de Jim Carroll, poeta, músico y yonqui adolescente.

Momento tóxico: 'Leo' se presenta en casa de su madre (Lorraine Bracco) llevando a cuestas un síndrome de abstinencia del tamaño de King Kong. Asustada por el encanallado semblante de su hijo, necesitado a todas luces de dinero para una dosis, la buena señora acaba llamando a la policía para que se lo lleven.

Días sin huella (Billy Wilder, 1945)

La adicción: Una de las drogas más adictivas, y también de las más fáciles de conseguir: el alcohol.

El adicto: Ray Milland, un escritor en horas bajas en pleno proceso de rehabilitación. Para su desgracia, no consigue librarse de la necesidad de tomar "una última copa".

Momento tóxico: Tras gastarse hasta su último céntimo de bar en bar, Milland toma la decisión de empeñar su máquina de escribir. Pero se lleva un chasco, porque es Yom Kippur y las tiendas de los prestamistas están todas cerradas. "Por cortesía con los bares, también cerramos el día de San Patricio", dice el propietario de una, y de este modo el judío Wilder demuestra que puede ser tan ofensivo hacia sus correligionarios como hacia los irlandeses, si le apetece.

El pico 2 (Eloy de la Iglesia, 1984)

La adicción: Si, en la primera parte de esta dupla, el kamikaze De La Iglesia combinó el jaco con el terrorismo (el de estado, y el otro), en la secuela ameniza el potaje con copiosas dosis de corrupción policial.

El adicto: José Luis Manzano, hijo gandalla de un comandante de la guardia civil con el rostro de Fernando Guillén.

Momento tóxico: De La Iglesia, que de adicciónes sabía lo suyo, nos ofrece un viaje tan inolvidable como dantesco por las peripecias carcelarias del protagonista. Aparte de la sodomía forzada y de las peleas a navajazos, destacamos un intento de fuga mediante automutilación, que acaba con la imagen de un travesti desangrado en un jergón del talego de Carabanchel.

Más poderoso que la vida (Nicholas Ray, 1956)

La adicción: El maestro Ray, otro experto en dependencias en la vida real, llama nuestra atención hacia los tratamientos recetados por médicos poco escrupulosos.

El adicto: Especializado en encarnar a señores de orden con un lado oscuro (véase Lolita), aquí es James Mason quien recibe un tratamiento experimental con corticoides para librarse de una enfermedad mortal. Lo malo es que el susodicho tratamiento conlleva efectos secundarios como alucinaciones y estallidos de cólera.

Momento tóxico: Víctima de un brote de paranoia, el protagonista cree que su obligación es matar a su hijo, y cita la historia bíblica del sacrificio de Isaac para justificarse. Cuando su esposa le recuerda que Dios eximió el patriarca de degollar a su vástago, Mason responde: "¡Se equivocaba!".

Inseparables (David Cronenberg, 1988)

La adicción: Aquí tenemos nuestras dudas: ¿se ensaña más Cronenberg con los barbitúricos y derivados, o con una relación fraternal a la que la palabra "codependencia" le viene corta?

Los adictos: Sí, aquí tenemos ración doble, aunque los gemelos (y ginecólogos) Elliot y Beverly estén interpretados por un Jeremy Irons duplicado. El caso es que 'Bev', el más débil de la pareja, se engancha a los tranquilizantes tras un desengaño amoroso, y su hermano no tarda en seguirle.

Momento tóxico: Los últimos veinte minutos de la película, con los protagonistas encerrados en su apartamento, chutándose morfina sin parar y víctimas del síndrome de Diógenes, nos cuadran para este apartado. Ahora bien, lo que bate todos los récords de la dentera son dos escenas de cirugía: la primera (vídeo de arriba) tiene lugar en un quirófano, y la segunda en el piso de marras, pero ambas cuentan con instrumentos algo peculiares.

Trainspotting (Danny Boyle, 1996)

La adicción: Cuando Danny Boyle era aclamado como "el Tarantino británico", algunos críticos vieron en su segundo largo una apología de la adicción al caballo. Craso error...

Los adictos: Ewan McGregor (protagonista titular), Robert Carlyle, Johnny Lee Miller y Ewen Bremmer, una panda de yonquis de Edimburgo.

Momento tóxico: Hay donde elegir, empezando por la inmersión a pulmón libre en "el peor retrete de Escocia" y terminando ese dantesco mono sufrido por Renton (McGregor) en casa de sus padres. Ahora bien, que levante la mano quien no sintió una punzada en el estómago con la muerte del bebé...

Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000)

La adicción: Bueno, "las adicciones", más bien: por un lado, las pastillas para adelgazar, y por el otro nuestra vieja conocida la heroína. Las primeras son legales, la segunda no, pero todas ellas pueden echar tu vida por el desagüe.

Los adictos: En el campo de las drogas con receta tenemos a Ellen Burstyn, ama de casa obsesionada con perder kilos para salir guapa en TV. En el de los trapicheos con la aguja, a Jared Leto, Jennifer Connelly y Marlon Wayans, camellos ocasionales que (como suele pasar) acabarán enganchados a su propia mercancía.

Momento tóxico: Toda la película cuadra como un anuncio gigante de "dí 'no' a las drogas", pero el festival de degradación (mental y física, con gangrena incluída) que supone el último tramo de la historia se lleva la palma. Todo ello, para mayor abundamiento, al son de los violines de Clint Mansell.

El almuerzo desnudo (David Cronenberg, 1991)

La adicción: Digamos que, en la vida real, el escritor William S. Burroughs padeció una voraz adicción a la heroína durante casi toda su vida. En esta alucinada autobiografía en clave, los opiáceos se convierten en insecticida, pero todos cogemos la idea..

El adicto: Peter Weller, muy lejos de Robocop y muy cerca de la locura total mientras alucina a destajo. Tratándose de una adaptación de esta novela, y estando Cronenberg tras la cámara, qué te esperabas...

Momento tóxico: En pleno cebollón, el protagonista contempla cómo su máquina de escribir se convierte en un insecto gigante que habla por el ano y emite gemidos orgásmicos cuando se pulsan sus teclas. Se nos ocurren metáforas más sutiles del acto de escribir, la verdad.

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