¡Por las escaleras! ¡Por las escaleras!

¡Por las escaleras! ¡Por las escaleras!
¡Por las escaleras! ¡Por las escaleras!

No invento nada cuando digo que,  por regla general, las películas de terror se reducirían a una mera anécdota si sus protagonistas se comportaran de una forma más o menos lógica. Y ya no hablo del típico “si oyes un ruido en el sótano y sabes que hay un psicópata merodeando no bajes”, porque esto ya es de bofetada. Me refiero a tomar decisiones coherentes en el momento en que el sentido común te indica que están comenzando a pintar bastos. Pongamos por caso un clásico como Poltergeist (1982). La decisión de dejar la casa e ir a pasar la noche en el motel se debería haber tomado cuando las sillas de la cocina se empezaron a apilar solas (razón más que suficiente para mudarse, a mi modesto entender). No hay que dar lugar a que la tele absorba (literalmente) a tu hija y se te llene el salón de muertos. De acuerdo, la cinta de Tobe Hooper sería menos interesante si a la media hora el padre gritara: “Hala, a tomar por saco de aquí, todo el mundo fuera”. Pero yo no puedo evitar pensarlo.

Se pueden ordenar las películas de miedo en una pirámide “del mérito” según el esfuerzo que deben realizar los protagonistas para ser masacrados por el ente criminal de turno. Por supuesto, en los estratos inferiores se encuentran los centenares de adolescentes hormonados y/o drogados que se obstinan en copular en cabañas abandonadas y coches aparcados en miradores. Pero la punta de la pirámide está mucho menos poblada. Allí están los personajes que tienen que tomar decisiones activas para que les maten. Decisiones conscientes y meditadas, totalmente contrarias al instinto de supervivencia.

Este es mi top 3, de menos a más. En el tercer puesto, Hellraiser (1987), en la que para invocar a unos demonios sadomasoquistas de otra dimensión que dejarán tu culo hecho trizas hay que activar una caja-llave-puzzle que es preciso ir a buscar a la otra punta del mundo. Mucho trabajo para tanto sufrimiento, sí. Pero lo aceptamos porque eres un tipo muy raro y te lo mereces. Dicho de otro modo, “si vas de casa al trabajo y del trabajo a casa, seguro que esto no te hubiera pasado”.

Un paso más allá está, en el número dos, Candyman (1992). Aquí aún tienes que demostrar ser más tonto para que te maten. Si te plantas delante del espejo y dices tres veces su nombre, Candyman aparecerá y te destripará con un garfio. Ok. Un error lo tiene cualquiera, pero a partir del primer fiambre ya no hay excusa para buscarte la muerte de una forma tan gratuita. Simplemente no lo hagas. Y se acabó el problema.

Pero la reina indiscutible, en la punta de la pirámide, es El ascensor (1983), la obra cumbre del director Dick Maas. En ella, un ascensor enloquecido aniquila a la gente que se sube en él. Quizá el malvado con más mérito de toda la historia del cine de horror, teniendo en cuenta que el portero del edificio puede desactivar su amenaza con solo colgarle el cartel de “NO FUNCIONA”, y listos. Aún recuerdo aquel póster en el cine del pueblo durante mi niñez. Su título no era demasiado terrorífico: “El ascensor”. Así que los publicistas se habían devanado los sesos para aumentar el canguelo con la siguiente frase-reclamo: “¡Por las escaleras! ¡Por las escaleras! ¡Por amor de Dios! ¡Sube por las escaleras!” Bueno. Pues vale.

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