La mímesis cinematográfica

La mímesis cinematográfica
La mímesis cinematográfica

No sé si mi caso es un único, distinto e irrepetible copo de nieve o hay más como yo. Aquejados por la “mímesis cinematográfica” debe haber cientos o miles, estoy seguro. Pero habiéndola llevado prácticamente al límite de la agresión física… Eso, amigos es solo patrimonio de un selecto grupo de gilipollas entre cuyas filas tengo el honor de contarme.

La “mímesis cinematográfica” dura entre una y tres horas tras el visionado, dependiendo del impacto emocional causado en el cinéfilo. Es un acto reflejo de imitación de la conducta y la actitud del protagonista de la película con el que más identificado te hayas sentido. El “mimético cinematográfico” después de ver En busca del arca perdida camina más decidido por la calle, arquea un poco las piernas y saca del bolsillo las llaves del coche agitándolas como si fueran un pequeño látigo. Tras ver El últimatum de Bourne se mueve como un gato, lanza miradas rápidas y certeras a su pareja y su entorno, fija la vista en las ventanas de los edificios en busca de posibles tiradores y conduce de forma agresiva. Es más ingenioso y mordaz en sus comentarios tras la última de Woody Allen y se balancea al caminar después de ver Cantando bajo la lluvia.

Con dieciséis años salía yo del cine de ver Uno de los nuestros. “Que yo recuerde, siempre he querido ser un gángster”. Tony Bennett. Rags to Riches. ¡Cómo salí de la sala, había que verme! El cuello del abrigo alzado, el paso firme, la barbilla alta. Cuando pasé junto a un portal, Ray Liotta, sin dejar de apuñalar al tipo del maletero, clavó su mirada magnum en mí y escupió: “vamos, a qué cojones estás esperando?”. Así que llamé a un telefonillo al azar y apreté el paso. Qué jóvenes éramos y qué locos estábamos. Al pasar junto a un coche me vine un poco más arriba aún y le di un toquecito con el talón. Se disparó la alarma.

Y en estas que veo que sale de un bar del final de la calle un tipo flechado hacia el coche. Y también un par de amigos detrás de él. Si sigo caminando cantaré un huevo porque no hay nadie más entre ellos y yo. Por el otro lado de la calle va viniendo más gente que estaba conmigo en la sala y seré el único que se marcha. Y quizá me vean girar sobre mis pasos. Rápido, rápido, piensa. Sentido arácnido.

Me meto detrás de unos contenedores de la basura. Llega el grupo salvaje. Discuten animadamente las ventajas e inconvenientes de unos cinco métodos distintos para dejarme sin dientes. Muerto de miedo decido pasar a la acción antes de que les dé por buscarme. Amparándome en la penumbra y aprovechando el paso de un grupo por la calle, salto a un portal cercano. Saco las llaves del bolsillo y golpeo la puerta, simulando que la estoy cerrando porque salgo. Los tres me preguntan si he visto a alguien que le ha dado un golpe a su coche y yo les digo que no, pero que no me extraña porque el barrio está lleno de hijos de puta.

Ese día me escapé de una buena hostia, la verdad que sí.  Como cuando Indy no acierta con el peso del ídolo y le echan la piedra rodando.

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