Ciencia-ficción: dos hitos de mi vida

Ciencia-ficción: dos hitos de mi vida
Ciencia-ficción: dos hitos de mi vida

¿En qué momento se da uno cuenta de que va a vivir una vida atrapado por el cine de ciencia-ficción? Yo lo tengo claro. Si echo la vista atrás me encuentro con dos hitos que marcan a fuego mi memoria cinéfila. Y ambos se producen en dos momentos claves: la infancia y la adolescencia.

La primera vez que vi Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Una copia en Betamax o Video 2000, no tengo claro cuál. Sí que recuerdo a mi padre diciendo que había que escoger entre uno de los tres formatos existentes (él no dijo “formato”, por supuesto: en los años 80 emplear esa palabra en mi pueblo te podía costar un disgusto). Él apostaba por el 2000, sin duda el que tenía más futuro por delante. Era evidente: se podían usar las dos caras.

Ocurrió una tarde de sábado. Aún conservo flashazos en mi memoria. Mi padre y mi tío cargando un cajón metálico enorme, ataúd futurista para un enano. Un reproductor de vídeo de carga superior (concepto hoy relegado a las lavadoras), con ruidosos botones-palanca. Y aquella película, que llegó en un estuche con la foto de un huevo raro medio cascado sobre fondo negro. “Alien, el octavo pasajero”. Mi padre llamando a reunión familiar. Las cortinas cerrándose dejando la sala a oscuras. Las sillas de la cocina y el comedor puestas en fila. Mis tíos, un par de vecinos. Y yo, con unos 8 años.Recuerdo a alguien preguntando: “¿De qué va? ¿El niño puede verla?”. Y mi padre: “Es de naves. De las que le gustan al chiquillo”. Por lo que se ve a ningún adulto de mi familia le pareció sospechosa la leyenda bajo el título: “En el espacio nadie puede oír tus gritos”.

En efecto: naves espaciales y astronautas hollando planetas desconocidos. Miel sobre hojuelas. Algún comentario del tipo “es un poco rollo” se escapa en el salón. Hasta que pasa lo que pasa. Todos enmudecen. El niño de 8 años se levanta de la silla en silencio, se va a su habitación, se sube a su cama, hunde su cabeza en la almohada y comienza a gritar. Y “en su casa, todos pudieron oír sus gritos”.

Ocho años después tengo 16 y estoy viendo la tele en el sofá. Es una noche especial. Mis padres y mi hermano han salido. He acabado de amarme fuerte a mí mismo hojeando un ejemplar de Interviú y me dejo llevar por la programación de la Segunda Cadena (nada de La2, es 1990). Me encuentro con Proyecto Brainstorm (Douglas Trumbull, 1983). Christopher Walken y Natalie Wood en una trama rarísima pero muy sugerente en la que unos científicos logran grabar sus vivencias en unas cintas que después pueden ser reproducidas en la mente de otras personas. Un poco la misma idea de Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995) pero en un formato anterior (“formato”, ahora sí). Chachi. Noche completa. De repente, en la película, aparece mi segunda escena clave. Un tipo agarra una cinta en la que alguien se ha grabado mientras tenía sexo y se la reproduce haciendo un bucle en la parte del orgasmo. Cuando encuentran al hombre horas después está tan hecho polvo por el desgaste que supone para su cuerpo un orgasmo contínuo que se lo llevan al hospital medio muerto. Vi reflejado en el celuloide el sueño de cualquier adolescente: una paja infinita.

Fan de la ciencia-ficción para siempre.

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