La rosa púrpura del fútbol

Carlos Marañón Director de CinemaníaOPINIÓN
La rosa púrpura del fútbol
La rosa púrpura del fútbol

Han tirado al pobre Cervantes. Y no sé de qué nos extrañamos. En el fútbol llevamos un siglo y pico derribando monumentos de futbolistas y entrenadores a los días de haberlos erigido por suscripción popular. A Di Stéfano le silbaron, existen los culés anticruyffistas, y mi Espanyol llevaba dos buenos resultados post pandemia, les subimos a un pedestal, y en un mediodía aciago ya queríamos cargarnos a medio equipo y hacerles comer la placa.

Hemos vuelto a las viejas costumbres con las caras de Bélmez proyectadas en las tribunas vacías y esa especie de Milli Vanilli del sonido ambiente en la banda sonora, y así vamos aguantando el tirón. Pero a mí me está pasando como a Mia Farrow en La rosa púrpura de El Cairo, estos partidos sin público, desangelados, multiplican mis ganas de atravesar la pantalla para saltar al campo a jugar con mi equipo, o con cualquiera que esté en apuros. Por eso he buscado en Woody Allen alguna explicación al sentido más hondo del fútbol: empecé en estos tiempos oscuros sin fútbol, y he encontrado algunas pistas, ya en plena sobredosis diaria de partidos, leyendo su autobiografía.

Lo más cerca del fútbol que ha estado nunca el genial gafotas de Manhattan, aparte del día que un amigo mío le puso a su estatua en Oviedo una bufanda del Sporting, fue cuando él y Soon-Yi fueron invitados a una fiesta de quien pensaron que era su colega Roman Polanski. Resultó que el tal Roman de la Costa Azul que tantas ganas tenía de verle era Abramovich, el milllonario ruso dueño del Chelsea. Pero Woody, que pese a su imagen de alérgico al deporte es un fanático de los Yankees y de los Knicks, tiene alguna idea de por qué el fútbol nos puede salvar. La filosofía alleniana se basa en que la única resistencia a lo inexorable de la vida está en distraerse: magia en cualquiera de sus formas cinéfilas o beisbolísticas para Woody, belleza para los filósofos cursis, goles para los futboleros, qué más da. Todo para no pensar en la muerte. Y eso, lamentablemente, no incluye que tu equipo descienda.

Artículo publicado el 24 de junio en AS

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