La ventana discreta

La ventana indiscreta (Aldred Hitchcock, 1954)
La ventana indiscreta (Aldred Hitchcock, 1954)
Cinemanía

Me he hecho un esguince en un pie. Desde que sucedió, consumo diariamente media tableta de chocolate con escamas de sal al día. Desde que sucedió, tengo que pedirle a mi marido que me traiga las bragas. Él rebusca en mis cajones mientras yo, recién duchada, tumbada en la cama, inutilizada como una cucaracha boca arriba, le describo las que quiero ponerme. Leo, trabajo, escribo, mando mails a familiares a los que hace años que no veo, a compañeros de colegio a los que pensaba que caía mal. Paso horas mirando un punto fijo en la estantería, un punto fijo en mi memoria, un recuerdo nimio que ondula. 

Pienso en James Stewart con el mismo vendaje que ahora ostenta mi pierna descubriendo tramas intrincadas en las ventanas de sus vecinos. Y entonces, cuando el interior y alrededor más inmediato me han ofrecido todo, miro hacia fuera. Los balcones vacíos, los gorriones pardos, un trapo mojado que el viento agita: nada. Unas manos sacuden las migas de un mantel, pero desaparecen antes de que tenga tiempo de aguzar la mirada con la sospecha de algo. Una madre y una hija comen sopa frente a frente, en un silencio que parece aburrido, pero no amenazador. Si vislumbro un cuchillo, es uno de cocina que parte champiñones inofensivos en dos mitades. Se oye un disparo, pero proviene de un Netflix lejano. Me desespero.

Cojeando, me acerco a la estantería y, con una de las muletas, voy tirando uno por uno los libros al suelo. Vuelco una maceta. Rasgo mi pijama y me tumbo en el suelo. Mi pierna se estira con el meneo del estertor. Me esfuerzo por ofrecer un digno rigor mortis. Mi espalda se estremece cuando me doy lo que deseo: una hermosa escena del crimen. Entreabro los ojos, esperando a que alguno de los vecinos se parta una pierna, se aburra, me busque, me encuentre.

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