No dejes de creer

Los Soprano
Los Soprano
Cinemanía

El último episodio de Los Soprano se emitió en 2007; la serie me gustaba tanto que, en un arranque de romanticismo desmedido, dejé de verla cuando faltaban dos capítulos para su conclusión. Mi explicación, sólida y sin fisuras, era que solo tenía una ocasión en la vida para ver ese final por primera vez. Solo existía un descubrimiento y, a partir de él, todo serían revisionados. Mi sacrificio era un acto de amor. No estaba preparado para quedarme sin ‘sopranos’. Esto último no sé si lo pensé entonces o lo construí con el tiempo. Me solapo en la cronología de mis propios argumentos.

Mi vida se convirtió en esquivar el último spoiler. No haber visto los dos últimos capítulos era una especie de cápsula del tiempo: mientras no viera la serie, yo era aquel que dejó de verla. Si alguien sacaba el tema me veía en la tesitura de explicar mi anomalía y tanto esclarecimiento empezó a resultarme cansino. Aun así, se me colaban pistas: algo de una jukebox, Carmela y Tony en un restaurante, qué sé yo, por lo visto había confusión en la interpretación del final y eso me ayudó a hacer oídos sordos.

Pero el otro día, acabé de ver How to with John Wilson (ya hablaremos de esa maravilla) y, de repente, me apareció en pantalla la pestaña de Los Soprano. Hacía trece años que la había dejado, y con el mismo ímpetu, de manera fluida y natural, decidí en ese mismo instante ver esos dos capítulos. Podría hablar de su vigencia técnica y narrativa o de la arrolladora fuerza de su dramático costumbrismo, pero sé que guardaré en mi memoria la construcción de la tensión en los minutos finales y esa abrupta irrupción de los últimos diez segundos que me cortaron la respiración. No lean el final de esta frase si quieren evitar levísimas trazas de spoiler sobre lo que ocurre con Tony Sopr...

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