El reino de la desigualdad

España es un país, cuyo oropel mediático viste a la nación de igualdad, con un Ministerio de apariencia y con el mismo número de ministros que de ministras. Ahí acaba la igualdad de nuestra nación. O si no, que me expliquen por qué, si todos somos iguales, ante la llegada de una señora extranjera, se tienen que cerrar playas públicas o impedir el acceso de cualquier visitante que va a pagar religiosamente su entrada a La Alhambra por otras visitas de "más alta alcurnia".

Sin embargo, por encima de las órdenes injustas, lo que más indignación me causa es la resignación, e incluso el contento, con que un gran número de sufrientes de la situación se lo toman. Son ese tipo de personas que, como diría Elvira Lindo, "ven al prójimo y no se comparan. Y se alegran cuando los Reyes de España saludan desde el yate en verano porque no son capaces de hacer una mínima reflexión, no son capaces de decirse a sí mismos, qué pasa aquí, qué pasa conmigo, Dios mío, tú que todo lo ves, por qué a mí no me llega el sueldo ni para ir a un cámping de Benidorm. Indignaos, que no tenéis sangre en las venas".