Los batracios de Peñalara

El sábado fui de excursión con mis hijos a la Laguna Grande de Peñalara, en la sierra de Madrid. Para quien no lo conozca, la laguna se encuentra dentro del Parque Natural de Peñalara, un espacio protegido de 714 hectáreas recorrido por 4 rutas. Hicimos la que llaman ruta 3, una subida constante de tres kilómetros con un desnivel de unos 200 metros y la posterior bajada. La ruta es un camino agreste de apenas un metro de ancho, cuya mitad final es una estrecha pasarela de madera intercalada entre pedregales que asciende y acaba en un roquedal abrupto junto a la laguna.

Nos hemos apartado tres metros de la pasarela, nos hemos zampado un montadito de tortilla... y en un santiamén apareció una vigilante No he sido un ejemplo para mis hijos. Faltando apenas un suspiro para llegar a la laguna nos hemos apartado tres metros de la pasarela de madera y, apoyados sobre una roca, nos hemos zampado cada uno un montadito de tortilla. En un santiamén, una vigilante que no sé por dónde ha venido, nos ha llamado la atención porque estábamos fuera de la pasarela de madera, pisoteando la pradera que es el hábitat de los batracios de Peñalara. Rápido se ha ido a reprender a otros excursionistas que parejos a nosotros no eran conscientes de que estaban acabando con las ranas y los sapos autóctonos por comerse tan ricamente un bocata fuera de la estrecha pasarela de madera

Avergonzado, se me ha atragantado el último bocado, he subido a escape a la laguna y he dudado en acercarme a la orilla por si quizás la valla que circunda el perímetro estuviera electrificada, he tropezado en el roquedal y me he torcido un tobillo, no he gritado de dolor por si el ruido perjudica la copulación de los batracios, y he bajado la cuesta a tumba abierta aguantándome las ganas de orinar porque, visto lo visto, si para mear con cierta intimidad me retiro del camino unos metros y pateo el prado de Peñalara salgo corrido a gorrazos por algún proteccionista.