El toro como símbolo

La silueta negra del toro se ha extendido como símbolo español, principalmente mediante pegatina en el coche. ¿Por qué nos reconocemos en un toro? El primer calificativo que sus amantes lo dan es el de noble. Su nobleza es morir, sin escapatoria, tras una larga tortura.

Si el toro de lidia fuese una raza que viviese feliz en las dehesas, no sería nuestro símbolo. Es su drama final lo que lo convierte en pegatina reivindicativa («yo también soy un toro», dice ésta). Su vida, pues, es de estupidez que termina en tragedia inútil. ¿Debemos identificar esto con el carácter español?

No me estoy metiendo con las corridas (me la traen al pairo) ni con la tortura de animales (de momento, me preocupa más la otra). Lo que pretendo es señalar que, al adoptar el toro como símbolo, nos estamos traicionando. No hemos elegido un perro san bernardo (inteligente, sociable)  ni una ballena (grande, fuerte y longeva), ni siquiera un borriquillo, como los catalanes (trabajador y productivo). Podríamos haber elegido un pollito o un huevo, para recordar los estudios de Ramón y Cajal del sistema nervioso, o un autogiro (La Cierva) o un submarino (Isaac Peral). O simplemente símbolos que recordasen a compatriotas que nos hayan traído bienestar (les desafío a publicar aquí una lista, a ver cuántos conocemos). Pero no. Reivindicamos la estupidez y la tragedia, la España cañí. Pues mira, visto así, sí: el toro nos representa bien.