Nunca es tarde

Todos los días de lunes a viernes se cuelga la cartera con dos o tres cuadernos al hombro. Uno de cuentas, otro de dictados y otro de actividades. Es mi madre, que con 81 años va a un centro educativo para adultos. Aunque para ella su escuela fue el campo, dice que nunca es tarde para ir al colegio. Solo puedo decirla que estoy muy orgulloso.

Que me alegro mucho de que sea mi madre. Cuando llego a casa por las noches, como una niña pequeña me trae sus cuadernos para que se los lea y la diga lo bien que escribe y hace cuentas. Durante su vida no pudo escribir una carta a su madre. Se las escribían a ella.

Es por ello, que ahora las escribo en los periódicos para que ella misma las lea. Cuando va a acostarse, me mira a los ojos. Esos ojos preciosos y vidriosos que vieron mucho sufrimiento de lo cruel que fue la vida con ella. Empapados de lágrimas me dice buenas noches para irse a la cama. Yo la cojo de su cabecita pequeña con ese pelo blanco y suave. La miro, la traigo hacia a mí, pegándola a mi pecho, la digo... Buenas noches mi vida y con un beso en su cabecita, me despido de ella.