Adiós a La ley del embudo

Me contaba un testigo presencial el inmenso asombro que se pintaba en la cara del gran maestro de Luís Roldán en el robar lo público, Gabriel Urralburu, atónito el día que comenzó su juicio. No podía comprender que él, el señor y cacique navarro, doblemente sagrado por sus orígenes y por ser del partido dominante, se tuviera que sentar en el mismo banquillo de acusados que antes estaba reservado a los pobres ladrones de gallinas.

En modo, por desgracia, aún demasiado parecido, encontramos ahora a un cazador ilegal que, habiéndose movido en las altas esferas de sus "señorías", apenas podía creer que, siendo ministro de Justicia, le exigieran cumplir con la ley que él creía era sólo para los de abajo, y balbuceaba excusas tan increíbles como que no sabía que tal pueblo estaba en Andalucía.

Por supuesto, como Urralburu, es evidente que había perdido pie, no sabía el terreno que ya pisaba: el de un Estado realmente de derecho y una sociedad democrática que, poco a poco, se está imponiendo a la vieja España de los caciques, señores de caza y justicia, sin más ley real que la del embudo.