A Federico Trillo

Cuando escuché su alegato para justificar su actuación en el caso del Yak-42, sentí vergüenza ajena, porque sus planteamientos eran tan faltos de verdad como pueriles e indefendibles.
Cuando una persona sincera se halla en una situación como la suya, frente a los familiares de las víctimas, lo único que puede y debe hacer es pedir perdón con humildad.


Si no tenía responsabilidad sobre la contratación del viejo avión ruso ni sobre los acontecimientos derivados de una falsa identificación de las 21 víctimas, que fueron clasificadas con nombres «supuestos» que no coincidían con la identidad de los fallecidos, usted tenía el deber moral de dimitir por irresponsable.


Me imagino que el espectáculo bochornoso que dio usted a la salida, cuando algunos familiares de las víctimas pedían su dimisión, tardará mucho tiempo en olvidarlo.


Creo que el ministro José Bono tiene mucha razón cuando le pide a usted que deje a los militares tranquilos, y además apela a su conciencia, porque la conciencia es, a la vez, testigo, fiscal y juez.