Ruido de sotanas

No provengo de Islandia, de Madagascar ni de Marte, quiero decir que me he criado en esta España nuestra desde los años sesenta.

Pertenezco a familia católica practicante. Cuando era niño, asistí a un colegio de curas y, para colmo, hice la mili en Burgos, donde se decía que sólo había uniformes y sotanas.

Creo, por tanto, estar legitimado para opinar al respecto. No estoy en contra de Cristo, pero sí de la Iglesia católica y sus gobernantes, de sus incoherencias, de sus abusos, sus pretensiones, de sus anacronismos, de sus represiones, sus crueldades, de sus hipocresías, sus incoherencias, sus cinismos, sus prepotencias y sus decadencias.

Los tuve que sufrir durante la niñez y todavía hoy, ya de mayorcito, los oigo patalear a lo lejos, resentidos por su pérdida del poder de antaño, dictando a los cuatro vientos pesos y medidas a propios y extraños.

Ya ha pasado el tiempo en que me sentía ofendido o indignado por sus disparates. Ahora, me es indiferente que digan que la noche es día, que no hay que usar condones o que los burros vuelan; lo que me irrita es que se sigan arrogando el derecho de dictar sus mandamientos hacia el cosmos, en lugar de hacerlo sólo en sus reservas correspondientes.

Es como escuchar un molesto e insano ruido de fondo que me inquieta porque tal vez podría dañar a algún espíritu puro o inocente.