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Mateo Jiménez: el joven que empezó con una comunidad y acabó lanzando negocios digitales para expertos

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Contenido creado para una empresa, marca u organización que ha pagado su producción y publicación y que cuentan con su aprobación.

El proyecto se ha extendido a comunidades de Skool para expertos de perfiles muy diferentes y, según su fundador, la compañía ha participado ya en más de 500 lanzamientos.

Aprender inteligencia artificial, mejorar en fútbol, practicar calistenia, dibujar, cuidar la salud o adiestrar perros son intereses muy distintos alrededor de los que han surgido comunidades digitales impulsadas por especialistas. Algunas propuestas llegan incluso a nichos tan específicos como el cuidado de loros o la formación para bateristas de iglesias. Detrás de parte de estos lanzamientos está Mateo Jiménez, que empezó construyendo una comunidad para su propia audiencia y acabó convirtiendo aquel experimento en Skool Scaling.

Desde aquella primera experiencia, el proyecto se ha extendido a comunidades de Skool para expertos de perfiles muy diferentes y, según su fundador, la compañía ha participado ya en más de 500 lanzamientos. El origen, sin embargo, fue mucho más sencillo: descubrir la plataforma como usuario y decidir probar el modelo con su propia audiencia. De descubrir Skool a construir comunidades para otros expertos

La historia de Mateo Jiménez

Mateo Jiménez
Mateo JiménezCortesía

Mateo conoció Skool hace alrededor de tres o cuatro años al descubrir a un creador estadounidense que utilizaba una comunidad dentro de su proceso de venta. Le llamó la atención que, entre el contenido y la oferta, existiera un espacio gratuito en el que se compartían recursos y coincidían personas interesadas en una misma materia. Decidió trasladar aquella lógica a sus propios conocimientos y puso en marcha su primera propuesta.

Por entonces, Mateo Jiménez contaba con alrededor de 2.000 suscriptores en YouTube. La respuesta de aquella audiencia relativamente pequeña le permitió comprobar que la fórmula podía funcionar sin partir de una gran base de seguidores. “Ahí vi que realmente esto funcionaba”, recuerda. Durante el año siguiente centró buena parte de su trabajo en mejorar el producto y publicar contenido para atraer a nuevos miembros. “Me enfoqué durante un año en hacer esas dos cosas muy bien”, explica.

Las preguntas de otros profesionales abrieron la siguiente etapa. Querían saber cómo había creado aquel proyecto y Mateo comenzó a aplicar lo aprendido en comunidades de terceros. Un caso llevó a otro y trabajar con perfiles diferentes le permitió reconocer patrones que se repetían pese a la distancia entre sectores. Ese aprendizaje acabaría convirtiéndose en la metodología de Skool Scaling.

La metodología de Skook Scaling

Desde entonces, el modelo se ha aplicado a proyectos relacionados con inteligencia artificial, fútbol, baloncesto, calistenia, educación canina, salud y otras especialidades mucho más concretas. La variedad también permitió observar algo que iba más allá de la temática: qué hacía que un grupo no se limitara a sumar miembros, sino que consiguiera mantenerlos activos. La implicación del creador, más allá del número de seguidores

“La diferencia suele ser la implicación del fundador”, explica Mateo Jiménez. Tras trabajar con perfiles muy distintos, señala la participación de quien impulsa el proyecto como uno de los factores que más condicionan su actividad. Junto a ella aparecen otros elementos que considera relevantes, como la autoridad en una materia, el tamaño de la audiencia, la conexión con los seguidores o las particularidades del nicho.

El trabajo tampoco termina con la llegada de los primeros miembros. “Lo primero es que la comunidad tenga dinámicas y que la gente esté activa”, apunta Mateo. En las primeras etapas, esa dedicación pasa por generar movimiento, aportar contenidos y favorecer que las personas reunidas encuentren motivos para participar.

Después, parte del valor puede empezar a surgir de los propios integrantes. El fundador de Skool Scaling habla de “aprendizajes nuevos” y “conclusiones”, además de experiencias sobre aquello que ha funcionado o no. Nuevos contenidos, llamadas o invitados pueden alimentar ese intercambio y dar continuidad a la actividad una vez superada la novedad inicial.

Cuando ese movimiento ya existe, la presencia constante del creador puede reducirse. La clave, según lo observado por Mateo Jiménez en proyectos de sectores muy diferentes, no está simplemente en abrir un espacio y sumar miembros. Una comunidad funciona cuando dentro ocurren cosas: hay participación, circula conocimiento y quienes forman parte de ella encuentran razones para seguir estando ahí.

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