La muerte de Rita Barberá, el silencio y la cacería

Carlos Santos
CARLOS SANTOS PERIODISTA

Desde hace años vengo advirtiendo que los partidos políticos no cuidan bien a sus heridos, como antiguamente hacían los buenos ejércitos. Es el caso del PSOE, donde los cosen a puñaladas, y es el caso del PP, donde llevan unos días debatiendo a pecho descubierto sobre este asunto y reabriendo, de paso, el debate clásico sobre cuál es el momento procesal oportuno para apartar de la política a los investigados por corrupción. De todos los debates que han seguido a la muerte de Rita Barberá, es el más interesante. En los demás da pudor entrar, vistos los tribalismos y oportunismos que los han contaminado. En pocos días hemos visto a demasiada gente repartiendo alegremente culpas y alimentando instintos primarios, sustituyendo la templanza por la ira, la sensibilidad por el rencor, la razón por el odio; pasa mucho últimamente, sobre todo en las redes sociales, y los líderes de la izquierda emergente, que en esas redes tienen parte de su sustrato, deberían estar atentos: aunque no le pertenezca en exclusiva, la izquierda siempre ha tenido entre sus banderas la de la razón.

De todo lo que he leído y he oído estos días me quedo con lo que escribió en Twitter el escultor Utande, que ha dedicado su vida al ejercicio de la medicina: "La muerte es una tregua. El ser humano no puede fracasar como especie".

No quiero entrar en disputas políticas ajenas, pero no entiendo que tras una muerte por infarto se busquen culpables ni entiendo que se niegue un minuto de silencio a quien ya habita para siempre en el silencio. Me he criado en una sociedad donde los hombres se quitaban la gorra, las mujeres se santiguaban y todos inclinaban la cabeza al ver pasar un féretro, sin saber quién iba dentro. He participado en centenares de minutos de silencio, que alguien pedía en actos colectivos, sin saber a ciencia cierta quién era el fallecido; puedo retirarle la palabra a alguien que no me cae bien, pero ¿cómo voy a retirarle el silencio? No juzgo a quienes actúan de otro modo, pero me sumé en espíritu al minuto en recuerdo de Labordeta, que no llegaron a darle, y me he sumado al de la senadora Barberá que estaba de cuerpo presente en un hotel al otro lado de la calle.

Donde no hay más remedio que juzgar y ser beligerante es en el otro debate, el de la ‘cacería mediática’. En una enloquecida búsqueda de culpables algunos han señalado a los medios de comunicación. Eso sí que no. Además de ser un desatino buscar culpas a un infarto, que no es un hecho político sino médico, hablar de ‘cacería’ y de ‘hienas mediáticas’ es faltar a la verdad para atenuar las propias responsabilidades. No. Ni es justo culpar al PP de la muerte de Barberá, por dejarla sola, ni es justo que se señale a los medios por denunciar la corrupción. Si no fuera por el buen trabajo de esos medios y de unos cuantos funcionarios públicos seguiríamos anegados por esa corrupción. Ante la pasividad de las instituciones y de las direcciones de los partidos, ahí estaban: informando, investigando, denunciando.¡

Aunque algunos, estos días, han llegado a negar la existencia de corrupción en Valencia, si el PP dejó de gobernar en ese ayuntamiento y esa comunidad no fue por méritos ajenos sino por deméritos propios: fomentar, amparar o no atajar a tiempo los abusos e irregularidades que ahora investiga la justicia. Porque no fueron los periodistas quienes entraron en el ayuntamiento: fue la Guardia Civil, por órdenes de un juez y de un fiscal anticorrupción. En lugar de demonizar a los medios deberían felicitarlos por hacer bien su trabajo y desear que lo sigan haciendo con eficacia. Como la muerte no condena ni absuelve, la justicia también tendrá que seguir haciendo el suyo sobre ese magma de sospechas en el que llegó a convertirse Valencia. Comparto el pesar de sus allegados y siento de corazón que Rita Barberá, que es un personaje irrepetible, no pueda estar ahí para defender su verdad, fuera la que fuera.

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