Qué hacer con las imágenes terribles

Qué hacer con las imágenes terribles

Álex Grijelmo
ÁLEX GRIJELMO ESCRITOR Y PERIODISTA

Los códigos éticos se elaboran en frío para su aplicación en caliente.

A la hora de redactar una ley o unas normas profesionales, se estudian los pros y los contras, se analizan las investigaciones académicas conocidas, se consulta a sabios y expertos. Y así queda establecido con detenimiento y con rigor intelectual un marco razonable para cuando llegue el momento de cumplirlo.

La profesión periodística cuenta con unos cuantos códigos que han previsto cómo se debe actuar ante las imágenes escabrosas tras desgracias como un atentado, un accidente o un terremoto. Casi todos ellos imponen fuertes restricciones para la publicación de fotografías desagradables, si bien exceptúan aquellas que añadan información o respondan a un claro interés general. Así se indica, por ejemplo, en los libros de estilo de la BBC (Pág. 63), El Comercio, de Lima (Pág. 70), Clarín, de Buenos Aires (Pág. 121), El País (Pág. 34), agencia Efe (Pág. 58), El Mundo (Pág. 91) o el código de los periodistas italianos (capítulo I punto 11), entre otros muchos.

A esas razones éticas se añade, como advierte el profesor y periodista Roger Jiménez en su libro La ética periodística en tiempos de precariedad, que el morbo y las atrocidades “suscitan el rechazo y la repulsa de muchos lectores, que no les encuentran ningún valor añadido” (pág. 211).

La mayoría de los medios informativos han evitado esas imágenes macabras tras los atentados de Barcelona, igual que había sucedido en los casos de las Torres Gemelas, los trenes de Atocha o los atropellos de Niza, entre otros. Pero durante el debate en caliente han surgido voces críticas hacia esa actitud. Entre ellas, el razonable artículo de Iñaki Gil en El mundo del sábado 19, titulado Publicar fotos terribles es nuestro deber.

Darse una vuelta por los periódicos que informaban en 1983 sobre los dos accidentes de aviones ocurridos en Madrid o sobre el del monte Oiz en 1985 permite observar cómo la sensibilidad general se ha hecho más restrictiva desde entonces. En aquellos días aparecieron fotos con imágenes espeluznantes, que ahora nadie publicaría (que de hecho nadie publica). Por tanto, cada tiempo y cada circunstancia invitan a establecer criterios diferentes, y parece difícil fijar una norma universal y duradera.

La inolvidable imagen de Irene Villa y de su madre, María Jesús González, heridas tras sufrir la despiadada acción de ETA en 1991, supuso tal vez un aldabonazo más en la conciencia de muchos vascos aún no comprometidos contra el terrorismo; del mismo modo que la foto de las niñas que corrían desnudas para huir de las bombas de napalm contribuyó a detener la guerra del Vietnam. Pero, de otro lado, la reproducción de cuerpos destrozados (anónimos o reconocibles) puede servir a los intereses de los terroristas: porque con ello se esparce el miedo, se logra que la gente esculpa esa imagen en su cerebro y se provoca que el atentado reaparezca cada día en la memoria.

El director de un medio debe resolver esa disyuntiva ética cuando la noticia le estalla en las manos, y decidir si las imágenes añaden información respecto a lo que se cuenta en el texto o si, por el contrario, sólo causarán dolor a las familias de las víctimas, vulnerarán la intimidad de los heridos o de los difuntos (también los fallecidos tienen intimidad) y alimentarán el morbo de una parte del público.

En cualquier caso, estará más arropado y más seguro en ese dilema quien disponga de un código elaborado con frialdad, experiencia, conocimiento y mesura; y lo aplique sin contravenir lo que marca ese espíritu ético ya establecido y conforme a una cultura profesional acreditada durante años.

En estas ocasiones, más que nunca, hay que respetar los criterios colectivos elaborados con inteligencia y frialdad. Los terroristas no nos derrotan si morimos, nos derrotan si cambiamos.

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