Crucificados como despojos de carnicería

Óscar Esquivias
ÓSCAR ESQUIVIAS ESCRITOR

En el Museo Picasso de Málaga hay una exposición extraordinaria titulada Bacon, Freud y la Escuela de Londres, con pinturas procedentes de la Tate de Londres. Los autores de esta Escuela, de edades, técnicas y estéticas muy diferentes, tienen en común haber practicado el arte figurativo (cada uno a su manera) en momentos en los que la vanguardia artística iba por caminos muy diversos (así sucedía cuando muchos de ellos empezaron a pintar profesionalmente, a mediados del siglo XX). De los diez artistas seleccionados, siguen vivos Frank Auerbach, Leon Kossoff y Paula Rego.

Yo siento debilidad por los retratos psicológicos y el mundo carnal y simbólico de Lucian Freud, que a menudo me traen el recuerdo de su abuelo Sigmund, pero hoy me gustaría fijarme en una obra de Francis Bacon expuesta en Málaga. Se titula Second Version of Triptych 1944 y se trata de un conjunto de tres cuadros pintados en 1988 que recrean una obra suya anterior, los Three Studies for Figures at the Base of a Crucifixion, de 1944, también propiedad de la Tate (esta se pudo ver en España en la retrospectiva que dedicó el Museo del Prado al pintor en 2009). Sobre un suntuoso fondo purpurado, Bacon representa unos seres monstruosos muy inquietantes, dotados de bocas dentadas que coronan sus cabecitas, casi al modo de lampreas. Estos bichos, según Bacon, están pensados para figurar al pie de una crucifixión.

Lo monstruoso y lo sagrado siempre han andado cerca, y la historia del arte nos da ejemplos sobrados de ello. En muchas de nuestras iglesias románicas encontramos relieves con formas repugnantes, demoniacas. Las gárgolas góticas nos muestran seres que abren sus fauces, nos escupen y parecen simbolizar que todo lo creado, incluso lo espantoso, está al servicio de Dios y de su voluntad.

Lo monstruoso y lo sagrado siempre han andado cerca, y la historia del arte nos da ejemplos de ello

Pero Francis Bacon no era un artista medieval ni su arte tenía una finalidad teológica. De otro modo, sus monstruos podrían haber representado al pecado vencido por la cruz (aunque, tradicionalmente, al pie de la cruz se colocaba la calavera de Adán, cuyo sepulcro se creía que estaba en el monte Calvario). Las crucifixiones del ateo Bacon están desprovistas de toda sacralidad: una de ellas (que también se pudo ver en el Prado) muestra crudamente un cuerpo colgado cabeza abajo, abierto en canal. Allí no hay ningún cuerpo hermoso, sino un despojo, una res. Y hasta hace unos meses, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se pudo ver una exposición de dibujos de Bacon con crucificados que mostraban cuerpos gruesos, completamente desnudos, que exhibían enormes penes.

Esta línea expresionista en la representación del crucificado nace en el arte medieval, con los cristos del siglo XIV y sus cuerpos torturados y sanguinolentos (hiperrealistas, diríamos hoy). A principios del xvi, Grünewald recogió esa herencia y pintó el retablo de los antonianos de Isenheim, con un crucificado lacerado. Esta obra tendrá, curiosamente, una gran influencia en el arte contemporáneo. Picasso, que apenas se interesó por lo religioso, en 1930 pintó una Crucifixión que recuerda al políptico de Grünewald. Y esta extraña obra de Picasso (una especie de Guernica sacro) fue decisiva para que Bacon pintara esos seres misteriosos («furias» los llamó) que ahora se exhiben en Málaga.

Otro pintor que, como Bacon, también estuvo interesado en la representación del cuerpo y del dolor fue el español Luis Sáez, fallecido en 2010. A Sáez está dedicada ahora mismo una exposición en Valladolid, en las Cortes de Castilla y León. Allí se puede ver su impresionante y terrible Crucifixión, en la que, de nuevo, se muestra crudamente un cuerpo desamparado, desnudo y torturado.

Quién le iba a decir a Grünewald que la semilla que plantó en el siglo XVI iba a dar tantos frutos en el XX y se iba a convertir en un referente para los artistas contemporáneos.

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